Aquella muerte de Atahualpa

-“La Muerte de Atahualpa”

“La muerte de Atahualpa”, cuyo autor, Bernardo Roca Rey, acaba de morir, fue uno de los más bellos y espectaculares montaje del teatro peruano. Y tanto, que probablemente superó a la obra misma (que ha pasado discretamente al olvido).
Poca justicia ha hecho “El Comercio” a su autor, Bernardo Roca Rey, que estuvo casado con ese torbellino con faldas que era “Viruca” Miró Quesada. La pareja era realmente desigual. Amable, fino, casi delicado, Bernardo pronunciaba las palabras justas y con cuidado y vestía como se espera de todo un diplomático aunque a veces, en las noches, más parecía un poeta parisino arrebujado en una gruesa chalina.
“Viruca”, en cambio, era una verdadera agitadora que bailaba, cantaba , coqueteaba, rajaba y reía de todo. No eran el uno para el otro y pronto se divorciaron.
En la Asociación de Artistas Aficionados de los años 50 brillaba su hermano Ricardo, que había elegido la exótica ingeniería civil para el sustento y la dirección teatral para el alma.
Ya Bernardo había revelado su talento de dramaturgo y hasta de cineasta con el film “La Lunareja” y ganado un Premio Nacional de Teatro con el drama “Loys”.


Pero mi historia va hacia 1957. Por segunda vez Bernardo había obtenido el Premio Nacional con su drama “La Muerte de Atahualpa” y esta ves su talentoso hermano Ricardo asumió escenificarla en las hermosas ruinas recién recuperadas de Puruchuco por Arturo Jiménez Borja.
Ricardo había admirado el renovado palacio de Puruchuco y se le ocurrió convertir su explanada en tablado y tomar el ambiente y hasta el cerro como un gran escenario natural.
Fue un trabajo arduo de los animosos jóvenes que lo secundaban, como Luis Alvarez, Ricardo Blume, Américo Valdez y muchos otros que olvido. Y hasta yo participé pero solo en las gestiones para conseguir bancas para el patio de espectadores pero, sobre todo, para convencer a mi hermano menor,Victor, para que oficiara de tamborilero en el momento de la “ejecución” de Atahualpa (Víctor redoblaba en la banda de guerra del colegio San Agustínn, vecino a la AAA).
El estreno fue sensacional. Un camino de teas alumbraba la ruta a los asistentes, dando una imagen espectral del conjunto y se debió superar una rabiosa pataleta de Jiménez Borja que protestaba a gritos por los daños que, decía, estaban haciendo a sus preciosas ruinas.
El juicio se realizaba en el centro y de pronto se iluminaban hogueras en los cerros y varios “indios” estratégicamente repartidos lanzaban ayes que el eco repartía en el valle, estremeciendo a los valientes pocos espectadores del soberbio espectáculo.
Cuando se acercaba el momento de la ejecución, mi hermanito Víctor repicaba su tarola con ritmo dramático hasta que el brusco cese del ruido indicaba que Atahualpa acababa de morir.
No recuerdo el argumento de “La muerte de Atahualpa” pero evoco ahora aquellos instantes dramáticos en que cesaba el persistente tambor y callaban los indios de los cerros, haciéndose un silencio sepulcral que Ricardo Roca Rey prolongaba de manera genial.
No sé si el fino Bernardo persistió en el teatro pues parece que se dedicó de lleno a su profesión de diplomático pero nos dejó, junto con su hermano Ricardo, aquella muerte del último Inca como remembranza inolvidable.

Tio Juan

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