En una lejana ciudad de Brasil, una enorme torre de acero es pintada y repintada todos los años, desde 1936. Sirve para recibir zeppelines.
¿”Zeppelines”? preguntarán ustedes y me imagino que con cierto, digamos, escepticismo. Efectivamente, zeppelines. Y eso no es nada. Un poco más allá aguarda también un enorme hangar que hasta hace pocos años abría el techo de par en par para recibir aquellos enormes aparatos aéreos de casi 300 metros de largo, los fabulosos Zeppelines, símbolo y orgullo de la aviación alemana de preguerra.
Hoy no existe ninguna de esas naves. Aquella torre del norte de Brasil es la única que es capaz de recibirlos y todo indica que jamás volverán. “Pero nunca se sabe” dijo una vez el alcalde de Recife para justificar el gasto de mantenimiento. Tales reliquias están en el extremo del aeropuerto de Jiquiá, en la calurosa Recife, estado de Pernambuco.
Todos los testimonios revisados concuerdan en que ver pasar un zeppelín por el cielo era un espectáculo inolvidable, casi como si hoy corriéramos a la azotea para avistar una nave extraterrestre.
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Esperando al Zeppellin
12 Noviembre 2006 · Dejar un comentario
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