-¡Bandera roja! –gritaba mi hermano Alberto, y todos corríamos a los balcones de la vieja casa de madera. Desde allí, aferrándonos a las barandas, estremecidos, contemplábamos las enormes olas que se lanzaban contra el muelle, allá abajo, reventando con un ruido de miedo y lanzando espuma casi hasta nosotros.
Momentos antes, un marinero se había jugado la vida izando el banderín indicador de peligro, ante el aliento y aplauso de los vecinos.
Las grúas, los famosos “donkes”, huían de la súbita y traicionera braveza, tratando de no ser alcanzados, mientras los enormes lanchones escapaban a mar abierto a refugiarse junto a los remolcadores y los barcos que aguardaban condiciones favorables para bajar su carga.
Mollendo fue aparentemente el lugar menos indicado para un puerto pero así lodecidió Henry Meiggs cuando lo prefirió entre Islay y Mejía como terminal del ferrocarril que llevaría mercancías hacia el sur y Bolivia. El primero fue abandonado y el segundo quedó relegado a balneario.
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Adiós Mollendo (I)
21 Noviembre 2006 · Dejar un comentario
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