México: El nuevo grito Zapatista (3)

En San Cristóbal de las Casas, cuna del movimiento zapatista, el EZLN, se hacen los desentendidos. Y hasta parecería que el famoso subcomandante Marcos nunca hubiera estado allí.
-Y, dime, ¿dónde crees que estará Marcos?
El lustrabotas extendió el brazo hacia el horizonte y señaló con resolución:
-Allá, abajo, en la selva, por allá…
-Dígame señorita, ¿y los zapatistas?
La amable joven mesera hizo un gesto de fastidio ante mi pregunta pero luego susurró, despacio:
-Mire, acá no hablamos de los zapatistas, malogran el turismo, la gente cree que van venir los indios otra vez y no, eso ya pasó, ya se acabó…
Sin embargo, en la primera noche que pasé en San Cristóbal de las Casas, en el corazón de Chiapas, al sur de México, encendí la radio como a las 5 de la mañana y el mensaje zapatista llegó claro y fuerte:
“Aquí, Radio Libertad, en los 92 punto 3, transmitiendo desde algún lugar en las alturas de Chiapas”.

La presencia del zapatismo no puede ocultarse tan fácilmente. Muñecos de lana con pasamontañas, postales, videos, compactos de los himnos zapatistas y libros, muchos libros con la historia del movimiento pero, sobre todo, con los textos de Marcos, el caudillo indiscutido.
La historia de los zapatistas es intrincada y antigua y por tanto difícil de resumir. Para hacerla corta, bastará contarles que el 1ro de enero de de 1994 un numeroso ejército de indios ocupó varias localidades en el pobrísimo sur mexicano y desde San Cristóbal de las Casas lanzaron el grito revolucionario para forzar un nuevo régimen reemplazando al gobierno. La Comandanta Ramona tomó San Cristóbal y pasó el micro al subcomandante Marcos, líder de la rebelión, que convocó a los pueblos indígenas nahua, zapoteca, wixárika, mazahua, amuzgo, cuicateco, kumiai, kikapu, purhépecha, tlahuica, chocholteco, chinanteco, ñu saavi, hñahñu, tenek, maya, totonaco, mayo, tlapaneco, coca, trique, tepehua, rarámuri, ch’ol, tzeltal, guachichil chichimeca, zoque,
matlatzinca, mixe y popolucas, a todos, a unirse a la Revolución marchando hacia la capital, el DF.
Fue un fracaso militar. En muy pocos días el ejército -50 mil soldados, tanques, aviones- los apabulló y obligó a internarse nuevamente en la densa selva lacandona, iniciándose una intensa persecución. Muertos, muchos heridos, cientos de presos… pero no lograron capturar al misterioso Marcos y sus comandantes y comandantas que se replegaron y seguros de que habían cometido un error.
Pero no resultó así. En primer lugar, la figura del subcomandante y sus oficiales indígenas con sus negros pasamontañas cautivaron a los medios masivos y las imágenes ya románticas de esta revolución imposible dieron la vuelta al mundo llamando la atención sobre las condiciones de explotación, pobreza y abandono de los indios. El gobierno no pudo detener tampoco al ejército de periodistas que inició el otro asedio de Marcos, buscando fotos, entrevistas, razones, haciendo análisis.
Luego, la sociedad civil mexicana decidió apoyarlos reclamando a gritos el cese del fuego. Todas las organizaciones de derechos civiles, los estudiantes, todos los mexicanos decentes obligaron al gobierno del PRI a suspender las hostilidades y conceder lo inimaginable: el diálogo, la negociación con los indios.
Ese fue el triunfo del subcomandante y el movimiento, una mezcla de marxismo, guevarismo, indigenismo, zapatismo pero, sobre todo, con un anhelo de reivindicación como no se había visto nunca antes en la historia de México.
“Ganamos la esperanza, que no es poco porque ni siquiera existía” dirían más tarde los zapatistas.

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