Todos reclaman a Sebastián Salazar Bondy. Los dramaturgos dicen que siempre fue suyo; los periodistas alegan que nunca salió de la redacción; los poetas no dudan en colocarlo en sus filas; los críticos de arte lo pretenden; los políticos de izquierda alegan que fue, por sobre todo, hombre de filiación y de fé, socialista ardoroso. Y él mismo decía que hubiera preferido ser actor.
Todos tienen razón. Lástima que siguió el destino de los igualmente precoces Mariátegui, Valdelomar y murió en 1965 a los 41 años escasos, convertido ya en el más importante periodista y animador cultural que hemos tenido.
La noticia de su muerte sacudió a Lima y su entierro fue multitudinario. Las notas periodísticas lamentando su desaparición se sucedieron en diarios y revistas hasta sobrepasar el centenar. Todos se sintieron obligados a decir algo.
José María Arguedas era el director de la Casa de la Cultura en esa época y no halló mejor manera de rendirle homenaje que llevar sus restos a su local, en la plazuela San Francisco, a una antigua casa colonial restaurada (hoy el Tribunal Constitucional). El principal biógrafo de Salazar Bondy, Gerald Hirschhorn, se quejaría de la decisión: “…Qué lugar menos apropiado para el hombre que fustigó el mito de la Arcadia colonial! ¡Qué mentira para el hombre que simbolizaba la integridad cultural del Perú…”.
Delante de su féretro hablaron Alberto Ruiz Eldredge, por el Social Progresismo; Abelardo Oquendo y José Miguel Oviedo, por sus amigos; Alberto Tauro del Pino, por la Biblioteca; Estuardo Núñez, por San Marcos. Y por la Sociedad de Escritores, de la que Sebastián era vicepresidente, habló Washington Delgado, quien lo describió así:
“Todos los géneros pasaron por su pluma inagotable: la comedia, la tragedia, la farsa, el ensayo, la crítica literaria; el cuento, la novela, la fábula, la poesía rimada, el verso libre, la prosa poética. No solo escribió para la escena o para el libro, se prodigó también en la revista y el periódico, y tuvo tiempo, todavía e inexplicablemente, para dictar conferencias y asistir a congresos y encuentros de escritores donde siempre brilló su ingenio, la belleza de sus palabras y la hondura de sus ideas…”.
Conocí a Sebastián (lo llamaremos así de ahora en adelante) en el Colegio San Agustín, en el año 1951, si no recuerdo mal. Los mayores editábamos la revista “Mundo Agustiniano” reunidos en una pequeña habitación con estantes donde reposaba la colección de “Mundos” anteriores.
Un día entró el padre Benito, el director, acompañado de ese joven flaquísimo y elegante y nos dijo que era un exalumno, poeta y periodista, que había hecho la revista hacia años y que quería buscar algo.
-“Aquí publiqué algunos versos… vengo a ubicarlos” –nos contó el visitante luego de saludarnos con cordialidad inesperada. En “Mundo Agustiniano” también habían publicado su hermano, el filósofo Augusto y el poeta Alejandro Romualdo Valle.
Nunca me olvidó. Las pocas veces que volvimos a conversar me saludó, afable, diciendo “Ajá, el agustino”.