¿Cuándo descubrió la televisión la alta rentabilidad de las lágrimas en vivo y en directo y como noticias abridoras de sus noticieros centrales?
Los melodramas del cine primero y los radioteatros después fueron eficaces bombas lacrimógenas para todos pero había una diferencia fundamental: nosotros “sabíamos” que eso era mentira y que los guionistas apelaban a lo que se llama periodísticamente “fibras íntimas” para convocar un par de lágrimas y, porqué no, hasta un sollozo.
Pero hay un momento en la historia de la TV (punto de quiebre que no ubico pues no soy especialista) en que los periodistas se convierten en una especie de guionistas y transforman lo que antes era una noticia en un espectáculo que se rige más por los ritos y códigos de la dramaturgia que por los simples y venerables de la información.
Ningún noticiero local de hoy que se respete abrirá su escenario anunciando lo que ha pasado de importante y significativo en el país y mucho menos en el mundo, porque aquí de lo que se trata es de mostrar cómo lloran los demás por la muerte de sus seres queridos.
“¿Tenemos un buen velorio?” es probable que pregunte un editor a sus reporteros, a juzgar por las imágenes que nos ofrecen.
La política, la economía, los movimientos sociales, que antes eran las nuevas principales han sido definitivamente postergadas por el desfile de dolientes de padres de familia asesinados, niñas secuestradas, madres mal atendidas en hospitales, jóvenes secuestradas, desconocidos atropellados y muertos, autobuses desbarrancados, obreros abaleados por sicarios, empleados infortunados ultimados por “marcas”…
Y cuando no hay imágenes reales está la solución de la Dramatización del hecho en que actores reconstruyen el suceso.
El periodismo solía tener una respuesta ante reclamos por exageraciones: “solo somos mensajeros… ustedes ponen los hechos y nosotros los contamos como noticia”. Y es verdad pero solo parcialmente porque el buen periodismo jerarquiza, escoge y difunde lo significativo.
Es, en suma, el dolor como espectáculo.
Y en este orden de cosas hay también que llamar la atención sobre la pobreza convertida en atracción televisiva. Una vez por semana un programa de televisión lleva a alguna figura conocida para que comparta las penas y pesares de una familia que debe ser lo más mísera imaginable, y escogen tan bien que los pobres se sienten reconfortados de ver como hay más pobres que ellos…
Esto es lo que tenemos aquí: una televisión trivial, empobrecida, que –salvo raras excepciones- ha abandonado su rol informativo para convertirse en un espectáculo de miserias.
Juan Gargurevich
Periodista, Decano de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica del Perú. También profesor en la Universidad Nacional de San Marcos. ¿Especialidad? Periodismo y su historia. Autor de varios libros sobre el tema. ¿El último? "Introducción a la Historia del Periodismo".Archivos
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