Claroscuros de la Sociedad Interamericana de Prensa

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que se apresta a realizar una reunión en Lima, es una de las muy pocas organizaciones “interamericanas” que han sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial y a la Guerra Fría. En tantos años de vida, en paralelo con la Asociación Interamericana de Radio y Televisión (AIR), ha tenido momentos de cierto brillo y etapas dignas de ser piadosamente olvidadas pero que forman parte ineludible de su historia.
Ambas organizaciones reúnen a empresas y empresarios de la comunicación y no tienen nada que ver con el gremio de periodistas, con el que tiene solo algunas coincidencias. Es ni más ni menos que un antiguo grupo de presión ideológico empresarial que asegura que su fin último es defender la libertad de expresión en el Continente.
Esta organización empresarial nació en los años 20 en los Estados Unidos y fue robustecida durante la gran contienda de los años 40 cuando hacía falta un sólido frente antifascista.
En esos tiempos los periódicos, o emisoras, se reunían en una asociación por país y en las Asambleas la votación era multilateral como en las Naciones Unidas, esto es, un país un voto. Pero ya derrotados los países fascistas se inició la confrontación Washington-Moscú también conocida como la Guerra Fría y entonces los Estados Unidos decidieron forzar su influencia en la SIP.
Así fue como en la Asamblea de Quito de 1949, con la ayuda de socios latinoamericanos afectos a los intereses estadounidenses plantearon remover la vieja votación y establecer como sistema “un diario un voto”, dejando la aprobación final para la siguiente Asamblea al año siguiente, en Nueva York, donde los norteamericanos, para usar un término deportivo “jugaban de locales”.
Y lo primero que hicieron fue negar la visa a los socios que consideraron incómodos o sencillamente negarles el ingreso a las sesiones (como sucedió con los delegados cubanos).
Por el Perú asistieron las empresas de siempre, La Crónica, El Comercio, la Prensa y solo un periodista manifestó su deseo de participar en el gran cónclave destinado a sentenciar la primacía norteamericana.
Era el legendario Genaro Carnero Checa, peleón y animoso, que fue a la Embajada a pedir su visa. Y el Embajador se la negó alegando que como era un conocido comunista, representaba un peligro para los Estados Unidos.
Total, allá en Nueva York la SIP cambió sus estatutos, consagró “un diario un voto” y al aceptar el ingreso masivo de cientos de periódicos estadounidenses aseguró el control de la institución que a partir de entonces se convertiría en caja de resonancia de la diplomacia de los Estados Unidos.

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