Para papelones… ¿la Marina?

Para papelones nuestra Marina, sin duda. La historia es simple: al sentenciado y encarcelado en la prisión más segura del país, a cargo de la Marina, le permitían el uso libre sin problemas de varios teléfonos. Así fue como Vladimiro Montesinos armó otra conjura que, aunque tenía visos de chifladura, fue recogida por los medios, denunciada y escandalizada. Pero el golpe más duro fue para la Marina, que pasó por la vergüenza de admitir a medias su clamoroso error.

El famoso caricaturista Carlos “Carlín” Tovar del diario La República recogió la historia el 1ro. de julio en una graciosa y oportuna viñeta en la que, como vemos, muestra a Montesinos instalado con toda frescura en la oficina de un alto miembro de Marina, ambos, oficial y delincuente, sonrientes, contentos… Pero al lado del oficial Carlín había colocado el estandarte de la institución. ¿De la institución? Sí, de la institución, de la Marina.

No tardó la institución en protestar.

La República del 3 de julio La República publicó cumplidamente una carta del Director de Información de la Marina en la que, cortésmente, protestaba por “la representación de la Marina de Guerra del Perú, afectando la imagen institucional”. Y al final decía: “Agradeceré a usted rectificar, en un plazo prudencial, dicho gráfico por el mismo medio”.

 Los colegas recordarán que hemos sido testigos de casos parecidos en los que se hizo la “rectificación” y los presuntos afectados terminaron haciendo el ridículo. Quizá algunos recuerden el caso de la hoy fujimorista Patricia Juárez, en El Comercio. También recordamos un caso en Ecuador cuando un caricaturista de oposición protestó con una viñeta en la que se veía a los soldados saqueando agresivamente su casa “en busca de pruebas”. El Ejército exigió rectificación y entonces el artista publicó otra en que se autorretrataba acogiendo a los soldados y pidiéndolos “por favor, tengan la bondad, llévense todo, muchas gracias, disculpen lo poco que hay.”. Por supuesto todos rieron… menos los militares.

Eso ha pasado con don Carlín. Rectificó al día subsiguiente retiró la insignia institucional pero la reemplazó con una justificada “K” porque la Marina al consentir los teléfonos a Montesinos estaba de alguna manera avalando sus maniobras profujimoristas. Y la bandera que se merecía aquel oficial era la “K”.

Alvarez Rodrich apaleó sin compasión a la Marina: “El que hoy proliferen políticos golpistas… o unos marinos fachos que no disimulan su entusiasmo por un putsch, no justifica que la gloriosa marina de guerra del Perú se manche con embates antidemocráticos, pidiendo la insólita rectificación de una caricatura”.

Luis Jaime, el periodista

 A pocos días de la muerte de Luis Jaime Cisneros, en el 2011, publiqué en este blog el texto “Luis Jaime, el periodista”, y que luego apareció en mi libro “El Juez de Uchuraccay y otras historias”. Se ha recordado en estos días al gran maestro Cisneros al cumplirse cien años de su nacimiento y publicado muchos textos sobre su vida y obra pero se ha recordado poco su importante paso por el periodismo. Entonces aquí repito mi homenaje del 2011 y con el mismo título.

-”El Observador”, hace 30 años

No hubo canillitas para gritar que aquella mañana había aparecido un nuevo diario, “El Observador”, pero no hacía falta porque una profusa campaña que incluía páginas enteras de El Comercio lo había anunciado. Todos los esperaban. Era el 22 de Octubre de 1981.

Y quizá la novedad más importante es que su director era Luis Jaime Cisneros, quien había aceptado volver una vez más a la espinosa tarea de dirigir un diario, algo que  conocía muy bien tanto por la sobremesa familiar como por experiencia propia. Entre 1976 y 1978, algunos recordarán, había dirigido el diario “La Prensa” expropiado por el gobierno militar, y adversarios del régimen y algunos colegas lo habían criticado con rudeza por aceptar el cargo.

Es verdad que Cisneros era desde que se inició en la docencia un gran filólogo y así ha pasado a la historia pero es cierto también que el periodismo siempre fue su vocación principal y nunca dejó de escribir para algún periódico porque tenía una fe porfiada en la importancia de la difusión para la educación.

En aquel número inicial de “El Observador” inauguró “Mi Columna” que firmaba simplemente “Cisneros” de puño y letra.  Leamos parte de aquel primer texto:

“Cuántas conjeturas cruzaron por mi mente cuando me propusieron incurrir nuevamente en la tarea. Y es que creo que hay una función pedagógica hasta hoy desatendida por la prensa. Cada día se me antoja más clara. Hay que contribuir a mejorar los cuadros juveniles en el Perú, y ya no bastan para ello los libros de la escuela, ni satisfacen los concursos, ni hemos de lograrlo recurriendo a la metáfora y a la retórica. Hay que realizar una vasta tarea de formación cívica. El periodismo está llamado a lograr esos frutos”.

Los políticos, los periodistas, vieron con desconfianza al diario recién llegado porque no era secreto que pertenecía a un controvertido promotor y organizador, el movedizo y parlanchín Luis León Rupp, promotor del Grupo Vulcano que manejaba el Banco de la Industria de la Construcción (BIC), la empresa de aviación Faucett, los hoteles Bolívar y César, varias inmobiliarias, a lo que añadía ahora la Empresa Editorial Vulcano. Lástima que todos eran negocios frágiles, endeudados, frutos de su malabarismo empresarial.

Cuando lo entrevistó poco antes del lanzamiento de “El Observador”, Elsa Arana Freire, exagerando, comentó que se podía hacer una analogía con el magnate Luis Banchero Rossi, o con los hermanos Romero. La periodista le preguntó, claro, sobre sus motivos para fundar un diario y la respuesta de León Rupp fue un parrafazo de lugares comunes en el que solo destacó que tratarían de hacer un diario de opinión, “distinto a los de tipo informativo”.

Debe recordarse que aquel final de 1981 era presidente con  olor de multitud el arquitecto Belaunde y la inflación golpeaba a los peruanos. El nuevo diario costaba 100 soles.

-Convocando periodistas

Optimista, Luis Jaime Cisneros anunció ese 9 de mayo de 1981 que el nuevo diario se llamaría “El Observador”, añadiendo que sería “el periódico que observará el diario acontecer más allá del año 2000”.

Fue el día de la primera reunión con los redactores iniciales, en las oficinas del BIC, el Banco de Luis León Rupp en la avenida Larco, como ha contado María Angela Sala quien llegó a la cita con Juan Vicente Requejo y otros. 

“Seremos pluralistas, independientes, defenderemos los derechos humanos, la libertad de expresión” insistía Cisneros, contagiando de ánimo al grupo que iba creciendo. Pablo Truel, experimentado y sereno, fue nombrado jefe de redacción, en las jefaturas de información Jaime Marroquín y Nelvar Carreteros, en Economía Raul Wiener, en Deportes el solvente y experimentado Roberto Salinas, en Cultura Federico de Cárdenas y Luis Freyre, Juan Vicente Requejo en la sección Editorial.

Como la idea de los organizadores era privilegiar la opinión invitaron a un grupo de periodistas a redactar columnas. Y aparecerían textos de profesionales tan conocidos como Jorge Donayre, Jorge Moral, Laureano Carnero Checa, Jorge Luis Recavarren, César Miró, Alfonso Tealdo, Enrique Bernales, Ricardo Napurí, Luis Pásara, Justo Linares y hasta Luis Alberto Sánchez. La lista era realmente plural.

Andando las semanas se unirían Carlos Tovar, Hernán Zegarra, Alfredo Donayre, Homero Zambrano, Gilberto Miranda, César Arias Quincot, César Humberto Cabrera, y, como dijo la colega Sala un puñado de excelentes redactoras como Marlene Polo, Cecilia Manzini, Ana María Byrne, Fietta Jarque, Nelly Apaza, Margarita Muñoz, Marina Robles y otras.

Todo un equipo sólido, experimentado, instalado en el edificio de la avenida Pershing que ya lucía en la fachada “Empresa Editora Vulcano. Diario “El Observador””.

Pero poner a punto un diario es una tarea compleja que requiere niveles óptimos de organización pues debe concordarse la producción de la redacción con la marcha de los talleres (diagramación, fotocomposición), el horario exacto de impresión y el recojo por los distribuidores que los llevarán a los puntos de encuentro con los vendedores, los antiguos canillitas. Si esa maquinaria no está afinada, no hay periódico.

Pero lo peor era que la Policía Fiscal los acusaba de no pagar los impuestos de la flamante rotativa Harris y cuando todo estaba ya a punto ordenó la inmovilización y el embargo, justo una semana antes del lanzamiento.

Todos lamentaban el retraso porque se sabía que Guillermo Thorndike, que también había reunido un buen equipo periodístico se aprestaba a lanzar La República, aunque aliviaba saber que pretendía ser vespertino, como en los antiguos tiempos.

En el Diario Marka, fundado un año antes, se seguía con atención ambos procesos y entrevistaron a Cisneros preguntándole, claro, si Luis León Rupp realmente editaba un vocero de su grupo económico. “Si ese fuera el objeto de este periódico, no veo porqué me hubieran buscando a mí”, contestó.

Pero ese diario estaba herido de muerte desde el principio porque el Grupo Vulcano tenía pies de barro.

 -Los Cisneros y el periodismo

“Los Cisneros nacen con el periódico bajo el brazo” bromeó una vez un veterano colega al hacer la lista de los miembros de esa extensa familia que han estado, o están en el periodismo.

La historia se inicia con el laureado poeta Luis Benjamín Cisneros (1837-1906). Parlamentario, diplomático, decano del Colegio de Abogados, fundó La Gaceta Judicial cuando era fiscal adjunto. Fue, en suma, uno de los más celebrados intelectuales del siglo XIX,

Su hijo Luis Fernán Cisneros Bustamante (1882-1954) optó temprano por el periodismo y la política y se hizo ferviente pierolista y militante del Partido Demócrata. El diario La Prensa era el vocero y desde sus páginas y con su pariente tío Alberto Ulloa Cisneros, hicieron periodismo de combate participando en importantes episodios de la vida nacional y sufriendo persecución, cárcel y destierro (para una biografía completa de Luis Fernán Cisneros remitimos al lector al libro de Manuel Zanutelli “Periodistas Peruanos del siglo XX”).

Su columna “Ecos” ha pasado a la historia del periodismo por su estilo coloquial, irónico y divertido. Sin duda, José Carlos Mariátegui tomó prestado parte del estilo de Cisneros para su igualmente famosa columna “Voces”.

Don Luis Fernán se casó dos veces. Primero con la señora Diez Canseco y luego, al enviudar, con la señora Vizquerra. De ambas ramas surgieron periodistas.

Por ejemplo, Benjamín Cisneros Diez Canseco optó por el periodismo deportivo. Se conoce poco de su actividad pero lo hemos encontrado como fundador de la fugaz revista “Grass” en 1947 y luego en Deportes del diario La Prensa. Fue el promotor de que la empresa Backus comprara el Club Tabaco y lo convirtiera en “Cristal”.

Luis Jaime Cisneros Vizquerra, en cambio, abandonó los estudios de medicina por el estudio de la literatura y la docencia a tiempo completo. Pero no olvidaría al periodismo de cuyas historias había bebido en su juventud, en la mesa familiar. Y no dudó en aceptar cuando su amigo el general Francisco Morales Bermúdez le ofreció la dirección de uno de los diarios expropiados por el gobierno militar en 1974.

“Elegí La Prensa, a diferencia del diario cuya dirección me ofrecía, porque me pareció que era lo que me correspondía como línea biográfica. Pedí libertad absoluta y la tuve”,  dijo hace un año en una entrevista que le hizo Ernesto de la Jara. Alcanzó a estar dos años en el periódico de Baquíjano.

Pero hubo más de la familia en este viejo oficio, como “Niko” Cisneros, periodista de farándula, tradicionalista (La Crónica, Caretas); el gran ilustrador Paco Cisneros (La Noche, Jornada). Y están con nosotros Antonio Cisneros (El Caballo Rojo, El Buho), Claudia Cisneros (Somos) que pasó a la TV, Renato Cisneros (El Comercio).

Dejamos para el final a Luis Jaime Cisneros Hamann, el hijo mayor de nuestro personaje, quien dirige la corresponsalía de la agencia France Presse en Lima y continúa así la tradición familiar.

El afán por el buen periodismo es el común denominador de la familia y Luis Jaime soñaba con hacer de “El Observador” una especie de aula de papel en la que no debía faltar la literatura. Por eso dijo en días previos a la salida:

 “Pensamos poder editar un libro mensual para divulgar los grandes libros formadores… Pensamos producir en épocas escolares una serie de textos que ofrezcan la información que no tienen los textos. El día que los novelistas nuestros acepten lanzar sus novelas en folletos, así como han nacido las grandes novelas clásicas, habremos cumplido toda la tarea… es un lindo reto. Un reto difícil pero que creemos que se puede hacer”.

 -El periodismo de cada día

El flamante “El  Observador” se sumó de inmediato a la oposición al gobierno del presidente Belaunde y enfiló sus mejores armas hacia el Premier, Manuel Ulloa, el propietario del diario “Expreso”. Las razones eran múltiples, como por ejemplo la presencia importante del APRA en el directorio y la redacción del diario; y la reacción lógica del propietario, Luis León Rupp, a quien le acababan de intervenir su Banco, el BIC, haciendo tambalear al resto del Grupo Vulcano.

Pese a las dificultades, incluso para pagar los sueldos, todos estuvieron de acuerdo en seguir adelante y procurar hacerse un espacio propio en el escenario periodístico que parecía ya excesivo pues estaban “El Comercio”, “La Prensa”, “Expreso”, “Correo”, “Ojo”, “La República”, “Marka” y hasta el discreto “Guido” del popular Guido Monteverde.

Pero lograron diferenciarse enfatizando el plan original de Cisneros, buena información y pluralismo en la opinión. Y el propio Luis Jaime aportaba casi diario con “Mi Columna” con buenas viñetas de Adrián Arias.

En los meses que tuvo a su cargo la dirección debió hacer frente al boicot publicitario del Gobierno belaundista que prodigaba anuncios en los diarios, menos en “El Observador”.  Y soportó las amenazas constantes de suspensión de provisión de papel, embargo de la rotativa, etc.

Luis Jaime seguía atentamente las novedades y les dedicaba su columna. Escribió de todo. Sobre los héroes, parques, jóvenes, ajedrez, medicina, playas, universidades, Iglesia, trazó perfiles breves y perfectos de personajes, todo ligado estrictamente a la actualidad y con visión crítica.

Lo acompañaban con sus columnas Raul Wiener (“El Observador” Ecónomico), Rodney Espinel (“El Observador” Sindical), Justo Linares (Sube y Baja), César Miró (Linterna de Diógenes), Mario Belaunte (Tal como lo Veo), Alfonso Tealdo (Mirador), Víctor Tirado (Paso a Paso), Jorge Donayre (Según pasan los Días)  y el joven caricaturista Eduardo (“Heduardo”), entre otros.

Todos ellos, mas analistas invitados como Rolando Breña, Alfredo Barnechea, Hugo Neira, Edgardo Mercado Jarrín, Sonia Luz Carrillo, Ulises Humala Tasso, construían una alternativa que efectivamente ofrecía un rostro distinto y se acercaba al ideal de periódico que debe dar a sus lectores material para decidir e interpretar por su cuenta.

Tuvo días duros como aquellos de abril del ataque inglés a Las Malvinas y lloró como muchos cuando torpedearon el crucero Belgrano. Y dijo en su columna:

“Pienso en esos quinientos jóvenes marineros argentinos que allá en el mar, bajo la inmensa sombra celeste de la patria, sucumbieron en instantes en que estaban realmente fuera del ámbito señalado por  el propio adversario como teatro de guerra. Pienso en todos los jóvenes bajo armas que esperan con justificada ilusión seguir el mismo camino con la frente alta y la puntería asegurada en todo barco inglés. Pienso en las mujeres argentinas que velaron orgullosamente esa jornada por el hijo que así aseguraba a su patria grandeza y libertad, y comunicaba su hondo regocijo con el mar. Pienso en Belgrano y en esa hermosa canción que todos entonábamos en las jornadas patrióticas: ‘Aquí está la bandera idolatrada, la enseña que Belgrano nos legó’.

Abrigados por esa bandera se hallan ahora esos quinientos jóvenes en el mar. Y una aurora radiante cubre el horizonte. No lloran por estos muchachos los jóvenes de América: los envidian y cantan su gloria”.

 -La renuncia irrevocable

“No va más, muchachos, se acabó… la empresa ha decidido suspender la edición del diario”, dijo Luis Jaime Cisneros a sus periodistas la tarde del miércoles 12 de mayo. “El domingo será la última” añadió. Y dice la crónica que publicó el propio “El Observador” que su director hizo el anuncio “con el rostro apesadumbrado y voz emocionada”.

Pero a la tristeza quizá se sumaba algo de alivio porque hasta entonces sostener la edición cotidiana había sido un esfuerzo enorme. 

Era un excelente diario pero no tenía los anuncios suficientes para sostener sus grandes costos y, como se dijo antes, ya el Grupo Vulcano estaba desfondado e incluso su promotor, Luis León Rupp, acusado de estafa, se había marchado a España en febrero dejando sus empresas y empleados al garete.

Pero había hecho esfuerzos por salvar al diario. Por ejemplo, junto con Cisneros, se reunió con los líderes políticos de la oposición aunque no pudo lograr ayuda sustantiva más allá de las promesas de siempre.

Al difundirse la noticia del cierre hubo un alud de expresiones de solidaridad de instituciones, partidos, políticos. Las Cámaras de Senadores y de Diputados emitieron pronunciamientos de respaldo –con el voto en contra de los gobiernistas belaundistas. Todos acusaban el Gobierno de socavar la economía del diario y en particular a Manuel Ulloa, el jefe del Gabinete.

Era verdad que “El Observador” se había convertido en un dolor de cabeza para el Premier porque pese a que no circulaba como otros, economistas como Manuel Moreyra lo criticaban sin descanso.

El jueves 20 de mayo el Grupo Vulcano anunció de manera formal su retiro de la empresa con un largo editorial en que acusó al Gobierno de maniobrar de manera constante en contra. Dificultó, dijo, el desembarque de maquinarias, marginó al diario de la publicidad estatal y agredió al resto de empresas.

Luis Jaime se despidió con tristeza de sus lectores: 

“Tal vez esta columna cierra un periplo. Me suele ocurrir de vez en cuando. Tener que cerrar la casa en que se ha vivido, la ventana que uno abría diariamente para observar el paisaje. Y no poder obtener que la casa se vaya con uno, ni el árbol vecino, ni las caras y las circunstancias que un día preciso sellaron una amistosa colaboración. Pero la vida está llena de estas lecciones. No hay virtud que no tenga su cono de sombra. No hay felicidad que no comporte un lado desgraciado. No hay empeño que no implique fatigas y desasosiegos…”.

Los periodistas formaron un Comité de Lucha para seguir editando el diario y le pidieron a Cisneros que se quedara; luego se organizaron en Frente Unico de Trabajadores y más adelante en Cooperativa.

Pero Luis Jaime ya no pudo acompañarlos y renunció en los primeros días de junio para reincorporarse a tiempo completo a sus tareas en la Universidad Católica.

¿Y “El Observador”? Su control fue disputado ardorosamente por su personal que siempre había sido políticamente disímil, y solo la gran autoridad de Cisneros lo había mantenido unido y su salida precipitó la división. Fue publicado en varias versiones hasta agosto de 1984. Hasta el final siguió siendo un buen periódico.

–FIN–

¿El Obituario del año?

La verdad, nunca habíamos leído un obituario como el que la familia, esposa, hijos dedicaron a don Hugo Saavedra Bustillos (El Comercio, 19.o4.21. p. 17) fallecido a los 85 años. La verdad, también, nos hubiera encantado conocerlo pues a juzgar por el tierno mensaje del obituario y sus antecedentes en la web, debió ser un tipo sensacional.

Leamos la descripción familiar: “Apasionado, romántico, aventurero, pirata cantante en el mundo, buen esposo y mejor padre; quien decidió irse como una bella melodía fantástica, dulce y triste, pero siempre bella, el domingo 18 de abril de presente. Descansa en paz tenor spinto, cacciatore, sampedrano lagartijero”.

Lo buscamos en Internet y encontramos su blog (sampedranolagartijero@hotmail.com) donde hay dos videos. Rodeado de amigos, canta con entusiasmo “Granada” y “Malagueña”, y sus paisanos lo aplauden y festejan. Pone otras fotos, las que firma como “DonCharlesAtlas” y es verdad que lucía un físico envidiable.

Don Hugo había nacido en San Pedro de Lloc y estudiado en el colegio Andrés Rázuri, manteniendo, parece, una estrecha relación con sus condiscípulos que seguramente festejaban sus talentos. Porque también escribía y en su blog cita varios títulos de sus relatos, como “El Espermatoide 3503”, “Los Perros Sedientos”, “A Caperucita de le ha muerto el lobo” y otros que demuestran que don Hugo cultivaba el buen humor.

No tenemos más información porque, repetimos, no lo conocimos, pero estamos seguros de que ese sampedrano lagartijero no será olvidado.

Concha… ¡como cancha!

“Asombro” y luego “¡Qué tal concha!” son las primeras expresiones que se me ocurren al terminar de leer “Plata como cancha” (Planeta, Lima,160 pp.) de don Christopher Acosta. Porque la lista de delitos que atesora don César Acuña, candidato a la Presidencia del Perú (¡nada menos!) es la siguiente (y cito al colega):

“Estafa, usurpación, defraudación de renta de aduanas, fraude en la administración de persona jurídica, falsedad genérica, falsificación de documentos, falsificación de documentos, asociación ilícita para delinquir, desobediencia y resistencia a la autoridad, contaminación ambiental, fraude electoral, ejercicio ilegal de la profesión, alteración de resultado electoral, corrupción de funcionarios, colusión, negociación incompatible, lavado de activos, maltrato físico y psicológico, abandono, usurpación de funciones, plagio y reproducción y difusión ilícita de obras”.

¿Y cómo es posible que no esté preso? -preguntará cualquier ingenuo connacional. Sencillo: es que don César Acuña… tiene plata como cancha (frase registrada en Indecopi y que pirateamos en esta oportunidad).

César Acuña pensando

El autor de la investigación que ahora, efectivamente, se debe estar vendiendo como cancha, tiene un curriculum notable. Periodista profesional, ha sido becado por la Fundación García Márquez,  el Lincoln Institute, la Georgetown University, ha ganado premios importantes por sus textos en la revista “Poder” y etc.

Acuña debe haber sido uno de los primeros lectores del libro, acudiendo de inmediato a sus acorazados legales, los Estudios de Ghersi y de Nakazaki, abogados que lo han librado de la cárcel por su astucia abogadil en el manejo de la parafernalia judicial y su habilidad para negociar con los afectados… que es el último extremo de Acuña cuando todo indica que hay que tomar una decisión: o la compensación económica, o “Sarita Colonia”.

Ahora los abogados tratarán de impedir la circulación del libro porque “plata como cancha” es una frase inscrita en Indecopi por Acuña hace hay varios años. Se enfrentarán a los abogados de la poderosa editorial Planeta que en su versión criolla dirige el no menos ilustrado periodista Jerónimo Pimentel.

Hay muchas historias de frases patentadas; y quizá la más famosa y controvertida sea “I have a dream” de un discurso que pronunció el célebre pastor protestante Martin Luther King en agosto de 1963y que fue patentado por la viuda. El discurso completo lo vende la familia en Dvd a módicos 20 dólares. También el entrenador del Atlético de Madrid, el “cholo” Simeone, ha registrado varias frases, como “Partido tras partido”, y otras.

Pero no dejamos de manifestar nuestro asombro por la velocidad con que don César Acuña ha logrado amasar una fortuna tan copiosa. Qué lástima que “Selecciones” esté ya tan desvalorizada porque Acuña sería, sin duda, un gran “Mi Personaje Inolvidable”.

Historias que deben ser contadas

“¡Coche a la vista!” pareciera nada más que la crónica de un fugaz episodio deportivo ya irrepetible pero es la historia de un puñado de automovilistas esforzados que debieron superar la incertidumbre provocada por el golpe militar del general Manuel Odría, en octubre de 1948. Habían sorteado muchos obstáculos desde su partida de Buenos Aires y los aguardaban en Caracas, pero nadie jamás imaginó que al llegar a Lima estarían en el medio de una tormenta política que por poco acaba con la gran carrera.

“Sendero Luminoso” llegó a poseer un periódico, “El Diario”, heredero lejano no deseado del “Diario de Marka”, una insólita aventura empresarial de unidad de la izquierda y que terminó en manos subversivas. Fue finalmente clausurado en 1989 y sus redactores perseguidos y algunos huyeron, como el director Arce Borja que estaba en Europa cuando la directora encargada, Janet Talavera, fue arrestada, juzgada y condenada. En abril de 1992 el presidente Alberto Fujimori ordenó el asalto de la cárcel de Lurigancho donde cumplían condena decenas de senderistas, hombres y mujeres. La policía desató una matanza irresponsable y desmedida asesinando a líderes y entre ella a la periodista Janet Talavera.

Efraín Ruiz Caro era político y periodista; había sido uno de los fundadores del vespertino “Ultima Hora” en 1950, luego diputado, militante destacado del Partido Social Progresista y en 1986 decidió volcar su enorme experiencia en un nuevo diario,  “La Voz”. Pero debió enfrentar a enemigos importantes como la desunión e incomprensión de las izquierdas y el boicot publicitario del gobierno de Alan García además de su desastrosa política económica. Batalló dos años. Fue el último diario de izquierda de la historia de nuestro periodismo.

Carátula de Juan Luis

La familia Cisneros ha tenido y tiene en sus filas a destacados periodistas, literatos y académicos. Es difícil decidir quién fue mejor o más influyente pero quien destacó en su porfía por manejar un diario que fuera serio y responsable fue Luis Jaime Cisneros. Lo que lo diferenciaba era su preparación académica pues era profesor importante de la Pontificia Universidad Católica del Perú y no vaciló en dirigir “La Prensa” expropiada por los militares para luego asumir con audacia la experiencia del diario “El Observador”.

Uchuraccay es el nombre de un lejano poblado ayacuchano que los periodistas nunca olvidarán porque allí fueron masacrados ocho colegas por campesinos azuzados por las fuerzas del orden en 1983, durante dura campaña contra “Sendero Luminoso”. El caso alcanzó niveles de escándalo nacional y el presidente nombró una comisión investigadora presidida por el ya renombrado Mario Vargas Llosa. Un año más tarde, un agresivo juez lo acusó de ayudar a ocultar la verdad.

En 1976 los militares revolucionarios dieron un nuevo verdadero golpe de estado, pero esta vez a la cultura cuando se concedió el importante Premio Nacional en la categoría de Arte a un gran artesano, el célebre retablista ayacuchano Joaquín López Antay. La decisión dividió al mundo del arte y se cruzaron múltiples quejas y hasta diatribas de quienes consideraban la artesanía como un arte menor.

El afán de conocer desde dentro mundos urbanos que suelen permanecer ocultos ha sido siempre un deseo de importantes periodistas. Y en nuestro medio recogimos tres experiencias tan inolvidables como enriquecedoras para los aspirantes a reporteros. Isaac Felipe Montoro pidió limosna en el centro de Lima, José María Salcedo simuló locura para introducirse en el manicomio y la intrépida Consuelo Chirre hizo de prostituta en la avenida Arequipa.

Siempre ha sido difícil reunir a los periodistas en una sola institución pero en 1917 el joven y talentoso reportero José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar, César Falcón y otros lograron fundar el Círculo de Periodistas granjeándose de inmediato la ojeriza de los dueños del influyente diario “El Comercio”. Cuando un grupo de periodistas acompañaron a la bailarina Norka Rouskaya a danzar en el cementerio, se desató una avalancha de insultos y desavenencias que condujeron finalmente a la disolución de la experiencia gremial. Nunca más se unirían los periodistas en una sola institución.

Los motines en las cárceles se han repetido con cierta frecuencia. No son novedad. Pero esta vez la psicóloga Amelia Ríos y sus compañeros de trabajo debieron soportar una experiencia distinta porque la televisión logró instalarse frente al penal El Sexto transmitiendo “en vivo y directo” escenas espeluznantes, que los propios reclusos también veían en un televisor de la cárcel.  Un feroz asalto policial puso fin a la aventura, pero las heridas persiguieron a la psicóloga hasta su muerte.

En la sureña Tacna donde el magnate pesquero Banchero Rossi había fundado en 1962 el diario “Sur”, el primero de su gran cadena, no pasaba nada, no había interesante que noticiar pero un día llegó al aeropuerto un gigantesco avión del que salieron soldados norteamericanos que armaron un helicóptero que se elevó hacia las cumbres andinas. Y es que se había estrellado un avión boliviano que llevaba, entre decenas de pasajeros, a dos diplomáticos cubanos que quizá portaban secretos en un maletín que la CIA quería descubrir.

Un apreciado periodista dividía en dos tipos las historias periodísticas: las que se contaban solas por la importancia o rareza del suceso, y las que según el cronicante merecían ser contadas para que se conocieran.

¿Ejemplos de historias imbatibles que siempre serán contadas? Citemos un puñado: el naufragio del insumergible Titanic, el asesinato del presidente Kennedy, la supervivencia de los jóvenes uruguayos en los Andes, la sorprendente salvación de la joven Koepcke, la captura de Abimael Guzmán, el rescate inverosímil de los mineros chilenos, las Torres Gemelas y un largo etcétera. De historias así se han ocupado periodistas famosos que desplegaron sus mejores herramientas literarias para contarlas.

Nosotros preferimos las segundas porque son episodios breves de historias mayores que cuando un especialista las aborde no podrá ignorarlos. Así entonces, lo que proponemos en este conjunto de narraciones son instantes decisivos que forman parte de un proceso histórico que conduce de manera inevitable hacia un final dramático.

Creemos que cada una de estas historias serviría para nutrir una narración mayor, un libro. Serán los lectores finalmente quienes juzgarán su valor. Nos alegraría mucho si cumplieran tal propósito.

Algo más. La mayoría de estas historias no han conocido la tinta porque fueron publicadas en forma de capítulos breves en mi blog y a lo largo de varios años, como puede comprobarse si lo visitan:

Juan Gargurevich … cosas del periodismo:  https://tiojuan.wordpress.com

 Juan Gargurevich Regal

Lima, 2

Periodista se calatea

“¿Qué haría usted si se encontrara un hombre desnudo en la calle? ¿Lo vestiría o lo denunciaría?”.

Así comenzó el relato de su divertida experiencia el reportero Francisco Castillo L. de la ya fenecida revista “Zeta” en marzo de 1981. Es probable que presionado por su director para que regresara a la redacción con una crónica digna de ser publicada, decidió que él mismo sería el actor de dicha historia. ¿Cómo? Desvistiéndose y saliendo semidesnudo a las calles principales de Lima, contando mentiras, recogiendo reacciones y opiniones, seguido discretamente por un reportero gráfico que perennizaría la aventura.

“Zeta” era un quincenario que pretendía ser audaz para su tiempo. Los militares la hubieran clausurado en el acto pero la democracia renovada de los ochentas abrió puertas a la libertad de prensa y “Zeta” encontró solitario el espacio para el erotismo y la irreverencia, además de fotos. Lástima que fuera tan insulsa y grosera. Por ejemplo, en la edición donde encontramos la historia del periodista calato había extensos artículos: “Sadismo, sangre y leche para el placer”, “Antipasto Gagá desde el 5 ½” con varias páginas de fotos de autos entrando a los ya desaparecidos “nidos de amor” pasajeros, “Travestis manejan mafia en París”, “Burdeles en La Victoria. Con los días contados”, “Arzobispo maricón hace misa”, “Un polvo en la vía pública”, etc. y abundancia de desnudos.

Provocando tumulto en el centro

El colega Castillo se desvistió en el auto de la revista y en calzoncillos y calcetines inició su aventura en la avenida Javier Prado.

Su primer abordaje fue en la puerta del otrora cine Orrantia a una guapa joven que le preguntó si lo habían asaltado. “No señorita… es que… yo estaba en una casa con una amiga, una señora… y resulta que llegó el marido ¿comprende? No tuve tiempo de coger nada… toda mi ropa se quedó ahí y tuve que salir por la puerta falsa ¿ve?”

La joven le contestó con energía. “¡Bien hecho, por vivo!” y se fue. En otro intento, una señora preguntó “Ajá, ¿y qué vecina era?

Luego tocó puertas y hasta le ofrecieron un café. Siguió entonces a Petit Thouars donde un ropavejero le regaló una camisa sucia luego de escuchar con paciencia una historia de asalto. Volvió a Javier Prado pero un grupo de jóvenes agresivos comenzó a insultarlo: “Maricón…báñate…cochino… cojudo… calzonudo…”.

Después Miraflores, la avenida Larco, donde solo atrajo sonrisas y curiosidad sin lograr que nadie lo escuchara. Cruzó entonces hacia el legendario Café Haití donde un joven le regaló cinco soles. Los turistas ni lo miraban siquiera.

Ya cansado, pidió que lo dejaran en la Plaza San Martín, en la puerta del cine Colón y comenzó a contar la historia del asalto pero aquí llamaba ya mucho la atención. Y cuando llegó a una tienda de camisas baratas la empleada lo amenazó con un palo convencida que estaba haciendo frente a un loco: “¡Si no sale lo agarro a palazos!”

“Señorita, ayúdeme, tuve que escapar de marido celoso”

Finalmente, un hombre pidió a los numerosos curiosos que hicieran una colecta para ayudarlo: “Desaparecieron como por encanto” dice el reportero que rechazó agradecido un billete del samaritano. Termina su crónica diciendo: “No se molesten amigos, son ustedes muy amables, pero ahí llega un amigo con su auto y me llevará. Gracias. Hasta pronto”. (Zeta. Lima, marzo de 1981. Nro. 20. Ediciones ZETA. Pp.3-13).

El Huáscar, chileno… (II)

-La epopeya del Manco Capac

Capturado por Chile, repetimos, el monitor Huáscar fue llevado primero a Antofagasta y luego a Valparaíso, donde fue recibido con ovaciones de una multitud, cañonazos, banderas, discursos, himnos, condecoraciones a los vencedores, ascensos…

No hubo necesidad de remolcarlo luego de Angamos pues, para suerte de los chilenos, las máquinas casi no sufrieron averías. Los daños principales estaban en la cubierta y los cañones, todo lo cual fue reparado con tanta prontitud que en pocas semanas pudo ser habilitado para combatir. Pero primero había que exhibirlo y entonces lo llevaron a varios puertos enarbolando una gran bandera que lo consagraba como chileno.

El Huáscar en reparación por los chilenos

Fue incorporado a la armada sureña bajo el comando del capitán de fragata Manuel Thompson, muy experimentado y orgulloso, claro, de ocupar el lugar de Grau.

Así, en febrero de 1880, se unió a la corbeta Magallanes para iniciar el bloqueo y ataque del puerto peruano de Arica, que tenía como defensa principal varios cañones en el Morro apuntando hacia el mar.

El cañoneo entre ambos bandos fue largo y fue evidente desde el primer día que los peruanos habían elegido como blanco principal al Huáscar.

El Perú había enviado al sur al casi inútil monitor Manco Capac, comprado hacía varios años a los Estados Unidos junto con su gemelo Atahualpa. Había sido una pésima adquisición pues tuvieron que ser remolcados desde la costa Este del país del norte tardando en llegar al Callao ¡16 meses!

Luciendo bandera chilena, el Huáscar en exhibición en puertos del sur

Al iniciarse la guerra lo llevaron a Arica para utilizarlo como batería flotante pues pese a que casi no podía navegar tenía poderosos cañones que bien podían hacer estragos en el enemigo, como veremos ahora.

El 27 de febrero comenzó temprano el cañoneo y para sorpresa general, el Manco Capac comenzó a moverse en dirección al Huáscar. El corresponsal del Mercurio escribiría “De repente se notó a bordo de la Magallanes que el Manco-Capac , anclado a la derecha del Morro, dejaba su fondeadero i se dirigía hacia el Huáscar, con el objeto evidente de arrastrarlo a un nuevo combate (…) El comandante Condell (de la Magallanes) fue inmediatamente  a bordo de su buque (…) y las dos naves chilenas levaron apresuradamente sus anclas”.

“El Manco-Capac, mientras tanto (continúa el periodista chileno) permaneció largo rato parado i en observación, al norte de la isla del Alacrán, esperando sin duda que se le acercasen nuestros buques; pero el Huáscar, aunque con su ancla izada i la máquina lista, no se movía, dejando que el Manco Capac se le acercase mas i mas a fin de separarlo de las baterías. La Magallanes hizo entonces rumbo a toda fuerza sobre el  monitor peruano, i de una vez a tiro rompió sobre él un vivo fuego con sus dos cañones de a 70 i el de a 115… pero el Manco Capac, desdeñando contestar los tiros de la cañonera chilena, que no podía hacer mella en su gruesa coraza, o conociendo que no podía alcanzarlo con sus cañones de ánima lisa, no contestaba los fuegos i continuaba navegando en dirección al Huáscar”.

(Debemos agregar que el Manco Capac solo lograba navegar a poco más de dos nudos, unos cinco kilómetros por hora).

Luego de varias maniobras, el monitor peruano logró colocarse a 200 metros del Huáscar “i con sus grandes cañones de bala esférica de 500 libras, lanzaba sobre su adversario repetidos disparos que resonaban con estrepitoso fragor contra los flancos de nuestra nave”.

A las dos de la tarde un cañonazo del Manco Capac acertó en la torre de control del Huáscar matando al comandante Thompson, de la misma forma que los chilenos mataron a Grau: “…La muerte fue instantánea -describe el periodista- no quedando mas restos del comandante del Huáscar que el brazo derecho y la cabeza. El cuerpo, reducido a menudos fragmentos, sembró de sangre la toldilla i parte de la cubierta, pero el rostro conservó la misma expresión serena que lo animó desde el principio del combate…”.

La batalla por Arica siguió por semanas y el Manco Capac castigó todavía más a los invasores, le acertó al blindado Cochrane matando algunos marinos, otro cañonazo casi hunde a la Covadonga, que tuvo que huir del combate. Y así hasta la toma del legendario morro el 7 de junio de aquel 1880. Entonces, el capitán del Manco Capac peruano, José Sánchez Lagomarsino, ordenó el hundimiento de su navío. Y allí, al pie del morro, yacen los restos del casco del monitor, que muchos años después fueron encontrados por buzos chilenos.

El Huáscar fue reparado y enviado al bloqueo del Callao en mayo del 81. El resto de la historia ya es muy conocido.

(Agregamos un breve reportaje chileno sobre el Huáscar. Vale la pena verlo y admirarse de como aquel pequeño navío, gracias al Almirante Grau, hizo temer a Chile):

El Huáscar, después… (I)

“En un rincón, hacia el lado de babor, vimos el lecho de Grau: este rincón, que se puede decir era el departamento de dormitorio, estaba sencillamente arreglado; a la derecha el lecho colocado sobre una especie de aparador o cómoda que le servía de catre; al lado i cerca de la cabecera, un humilde lavatorio de palo de álamo, barnizado de negro, el suelo estaba tapizado con un encerado de regular calidad; una elegante espada, quizás la de Grau o la de Bulnes -no alcanzamos a preguntarlo- colgaba de la pared junto con otras armas; por el piso se veían desparramadas las hachas de abordaje, sables mohosos i algunas lozas del servicio particular i doméstico del comandante del Huáscar. Frente al lecho i tocando con la escala para subir a cubierta, observamos varias ropas i un servicio de té; todo esto había pertenecido a Grau i era de su uso ordinario (…) Se nos refiere que recién que recién fue tomado por nosotros el monitor estaban colgados en la cabecera del lecho del comandante los retratos de su señora esposa, de sus hijos i de Prat”.

Los chilenos llevaron primero el Huáscar a Antofagasta y luego a Valparaíso. El 20 de octubre, temprano, tres cañonazos anunciaron la llegada del barco peruano.

El monitor Huáscar a pocos días de ser llevado a Valparaíso.

Por supuesto todos querían subir a soñada presa para conocer cómo era posible que aquel pequeño monitor había amedrentado a la armada chilena. Las autoridades dieron preferencia a los periodistas. Y fue Enrique Montt quien redactó la extensa crónica que publico el diario El Mercurio de Valparaíso el 23 de aquel aciago octubre.

Ese diario se caracterizó, durante toda la campaña marítima y luego en la invasión chilena, por sus reiterados insultos y mentiras. Pero esta vez el cronista fue discreto y no exageró en sus conocidas subestimaciones. Mintió sin embargo al inventar una escena en que Grau habría tenido en sus brazos a Prat: “Grau lloró, veía agonizar a un héroe”. Una historia falsa porque todos sabían que el disparo de un rifle Comblain peruano le voló los sesos al chileno y murió instantáneamente.

Montt, acompañado de un oficial, recorrió despacio todo el monitor tomando nota. Hizo relato largo de transcribir y que tomamos del importante acopio de la documentación que reunió el chileno Pascual Ahumada. “Guerra del Pacífico” (1982) Editorial Andrés Bello. Santiago de Chile. Tomo I y II. Pp. 521-522.

(…)

“…Las averías con que ha quedado el monitor son tan innumerables como espantosas. Subamos a la cubierta i pasemos al castillo de proa; una granada la ha perforado de banda a banda, dejando en cada uno de los costados de babor a estribor un agujero cilíndrico como de doce pulgadas de diámetro. Tiene muchas averías, se ven las señales de las balas de ametralladora i de otros cañones de mayor calibre. El castillo de proa es la parte que se puede decir ha salvado mejor, i está completamente despedazada…”.

(…)

“…Dos pasos más hacia la popa i nos encontramos en la torre del comandante. Una bala de a trescientos penetró por estribor, i según el decir de algunos marineros, fue la que acabó con la vida del comandante Grau. Por babor otra bala ha traspasado el blindaje i ha ido a reventar matando al segundo comandante. Toda la torre ha quedado en un estado desastroso”.

Y Enrique  Montt termina diciendo: “Hoi en este buque todo el movimiento y animación. Un centenar de obreros, instrumentos en mano, trabajan febrilmente en la reparación de las averías. ¡Quiera Dios que cuánto antes esté pronto para hacerse a la mar!”

Mañana: Retorno y venganza del Huáscar

Día del Canillita: Qué historia…

¿Por qué los canillitas, vendedores callejeros de periódicos, son, o han sido, tan populares? En muchas ciudades del mundo les han dedicado estatuas que muestran niños llevando bajo el brazo un paquete de diarios, a veces corriendo, y voceando su mercancía informativa.

Quizá sea por lo que significa de esfuerzo y hasta de sacrificio de niños obligados a trabajar desde la madrugada para intentar salir de la pobreza. Hay muchas historias de personajes notables que cuando niños debieron vocear y vender diarios para más tarde emprender esfuerzos mayores y a veces llegar a la fama. En los Estados Unidos vendieron diarios los futuros presidentes Truman, Eisenhower, el escritor Mark Twain, el inventor Edison. Y algunos afirman que el primer “newsboy” fue nada menos que Benjamin Franklin porque vendió voceando el “New England Courant” que editaba su hermano en 1721.

El único homenaje, en Arequipa

En el Perú solo conocemos la estatua del canillita que está en el pequeño jardín delantero del local del diario “El Pueblo” de Arequipa. (Hay otra estatua en Miraflores, de un joven que levanta un periódico en la mano en actitud desafiante pero no es un canillita como quisieran creer algunos sino un manifestante de la jornada histórica de rechazo a la toma militar de los diarios en julio de 1974 y que tuvo como epicentro el conocido Ovalo miraflorino).

Vocear noticias para venderlas tiene una historia antigua. En Roma, los legendarios “subrostani” ofrecían noticias cerca del Foro, nuevas que acopiaban de testimonios de pasajeros y marinos que arribaban al cercano puerto de Ostia. Batallas, prodigios, naufragios, milagros, pestes… todo lo que reclamaba la curiosidad o el negocio se conseguía allí. Y pese al derrumbe de la gran civilización romana la práctica siguió por toda la Baja Edad Media.

La imprenta del Renacimiento propulsó el salto hacia la noticia impresa y ya a partir del 1500 las “Relaciones” (una sola noticia) se imprimían en Cádiz, Sevilla, y se voceaban los domingos en las puertas de las iglesias.

Pero fue probablemente la rígida censura, especialmente religiosa, la que prohibió la práctica y obligó a la suscripción de tal manera que las autoridades sabrían quién leía porque se obligaba a publicar la lista de compradores. Así fue en Lima, por ejemplo, con la Gaceta de 1715, el Diario de Lima de 1790, el Mercurio Peruano de 1791, etc.

La suscripción fue la manera común en el Perú de adquirir un periódico hasta casi finales del siglo 19 cuando un nuevo diario ofrece el trabajo de venderlo en las calles.

-Los “newsboys” de los Estados Unidos

Es conocido que una de las novedades más importantes que aportó el diario “New York Sun” el primer diario de masas de bajo precio fue su salida a la calle, la venta por niños o jóvenes abandonando a medias el tradicional sistema de suscripción con reparto a domicilio.

Es el tiempo en que las masas proletarias de las grandes ciudades se convierten en apetecible mercado para las noticias. Y así, el primer nuevo periodismo confirma que una buena noticia es una mercancía capaz de atraer lectores y vocearla en la calle puede convertirse en buen negocio.

Es entonces a partir de 1833 que el grito de “¡Extra, extra…!!!”  resuena en las calles de la gran ciudad. Pero no fue el “Sun” de Ben Day el pionero sino el diario “New York Sunday Post” que fundaron Horace Greeley que tenía una pequeña imprenta y el médico David Sheppard.

…”Canillitas de Costa, Sierra y Selva…”

La historia, contada por Mark Peters, es así: Sheppard ambicionaba fundar un periódico en Nueva York y convenció a Greeley, quien más tarde sería famoso, de utilizar vendedores callejeros para el nuevo diario. Y es que había visto niños que vendían biscochos (cakes) en las calles voceándolos a un “penny” con éxito y pensó que sería la solución para vender su periódico que apareció el primero de enero de 1833 en manos de un centenar de niños. Pero tuvo mala suerte porque fueron días de invierno muy duro, con una profusión de nieve que impidió salir a la calle a los flamantes newsboys e hizo fracasar el periódico que solo soportó un par de semanas y debió cerrar porque solo vendió unos cientos de ejemplares.

Greeley fundó años más tarde el “New York Tribune” cuando ya los diarios de su tiempo habían acogido con éxito el método de venta de vocear la noticia principal.

-Los indispensables “newsies”

En setiembre del 2012 un investigador revisaba el inmenso fondo de fotografías del Museo de Nueva York cuando encontró una mala foto de un niño con periódicos bajo el brazo y que al reverso decía: “Hoy, en 1833, el niño de 10 años llamado Barney Flaherty, se convirtió en el primer vendedor de diarios respondiendo a un aviso del New York Sun”. Estaba fechada el 4 de setiembre de 1833.

Eran, como dijimos, tiempos de una verdadera explosión periodística y de la llegada del primer gran periodismo norteamericano que impuso prácticas distintas a todo el anterior: las buenas noticias como atractivo principal para vender, el sustento económico en base a la venta de espacios para colocar avisos (lo que permitiría abaratar el costo de venta del diario), el reporterismo policial, deportivo, judicial, político. El alejamiento de extremos religiosos y políticos basándose en el principio de que un periódico debe ser para todos. Y debemos agregar la ayuda de nuevas técnicas de impresión y fabricación de papel en grandes rollos que hoy llamamos bobinas que hicieron posible las rotativas que vencieron, por fin luego de 300 años, el método de Gutenberg.

Los “newsieus” neoyorquinos del siglo XIX

Las grandes ciudades norteamericanas y europeas adoptaron el modelo y la prensa de masas se hizo inmediatamente popular al lado de la prensa considerada seria, o de referencia.

Todo este formidable sistema de información, negocios, influencia comercial, política, tenía como eje la venta de ejemplares, fase crítica que estaba en manos de los “newsboys”, los canillitas, la mayoría niños que ni siquiera llegaban a los diez años y que solo en Nueva York eran más de 10 mil a mediados del siglo 19.

A las cuatro de la mañana se agolpaban en las puertas de los diarios esperando la salida y compraban los diarios que tenían como precio 25 o 35 centavos. La utilidad era de un centavo por diario vendido y al final la recompensa económica era escasa. Por esto corrían a sus lugares asignados y voceaban la noticia del día persiguiendo clientes todo el día porque debían procurar vender todo. Si no lograban deshacerse de todos los ejemplares la pérdida era importante.

-La huelga contra Pulitzer y Hearst

Los historiadores norteamericanos informan de varias huelgas de canillas en Nueva York, en protesta por malos tratos, cuestiones económicas, etc. Pero nunca habían podido soportar más de dos o tres días. Pero en el centro de la ciudad, en Manhattan, las cosas eran diferentes y los canillas ya tenían líderes.

El periodismo neoyorkino estaba en manos de dos gigantes del oficio y el negocio: el magnate William Randolph Hearst con su “New York Journal” y el menos acaudalado pero más influyente Joseph Pulitzer con sus “New York World” matutino y el “The Evening World” de la tarde.  Ambos competían con ferocidad por ganar más lectores y ambos sobrepasaban hacia 1895 el medio millón de ejemplares diarios y a veces, especialmente cuando la guerra con España proveía de buenas noticias, llegaban hasta el millón. Otros diarios vendían mucho menos.

En 1898 ambos diarios subieron el precio de ventas al público pero no el porcentaje para sus vendedores callejeros que entonces no reclamaron más ganancias porque los diarios se vendían mucho gracias a las noticias de la guerra y los extremos sensacionalistas a que llegaron. Cuando terminó la guerra con el triunfo norteamericano los canillas creyeron que las empresas bajarían el precio a su nivel original pero Pulitzer y Hearst no les hicieron ningún caso, estallando entonces lo que parecía imposible: los “newsies” decidieron no vender ambos diarios.

En la biografía de William Randolph Hearst “The Chief” de David Nasaw, hay un breve relato del episodio (en traducción nuestra):

“Cuando descubrieron un año después que Hearst y Pulitzer no tenían intención de revocar el alza de precios en tiempos de guerra, se declararon en huelga. Los editores del Journal y el World se rieron al principio de la huelga infantil. Pero se vieron superados cuando los jóvenes lograron organizar un boicot metropolitano de los diarios de Hearst y Pulitzer. Dirigidos por el líder de la “Brooklyn Union’s District”, Spot Conlon, vestido con tirantes rosados, los muchachos de Brooklyn cruzaron el Puente de Brooklyn para unir fuerzas con sus camaradas de Manhattan. Juntos, los muchachos no solo impidieron la circulación de los diarios de la tarde en Manhattan, Brooklyn, Long Island City y subieron y bajaron por la costa del Atlántico, sino que unieron al público en su cruzada organizando una serie de desfiles y una gran reunión masiva en el New Irving Hall.

A medida que el Journal y el World de la noche desaparecían de las calles y los anunciantes exigían descuentos, los editores de Hearst y Pulitzer tuvieron dos opciones: acceder a las demandas de los niños o usar tácticas de mano dura para que sus periódicos vuelvan a circular. Eligieron esto último, y ordenaron a sus gerentes de circulación que recorrieran los rincones de Bowery y reunieran una brigada de vagabundos para reemplazar a los muchachos en la calle. A instancias de Don Seitz, el principal administrador de Pulitzer, Hearst acordó dejar de criticar a la policía en sus páginas si ofrecían protección contra los huelguistas. Al final no lograron su objetivo porque los chicos persuadieron a los vagos de Bowery de guardarse las bonificaciones ofrecidas y arrojar los diarios a la basura. Hearst y Pulitzer, ya sin manera de sacar sus diarios a la calle, reconocieron la derrota y ofrecieron a los muchachos un acuerdo, que aceptaron”.

Eran más de 10 mil canillitas que marcharon por las calles enfrentándose a la policía, impidiendo que otros, los llamados ya ”delivery man”, entregaran los diarios a los suscriptores, provocando que las ventas cayeran vertiginosamente. El célebre “World” de Pulitzer cayó a poco más de 100 mil, y la misma suerte corrió el diario de Hearst.

Luego de dos semanas, los empresarios admitieron que debían negociar y los canillas obtuvieron un triunfo pues pese a que no quisieron aumentarles el precio de ganancia admitieron la devolución de los diarios no vendidos, inaugurando el sistema que rige hasta hoy, esto es, que los vendedores adquieren los ejemplares y si no venden algunos, al día siguiente los devuelven y la empresa les reconoce el gasto para la venta siguiente. Y así sucesivamente.

De los tiempos en que los newsboys compraban los diarios sin derecho a devolver los no vendidos surge la leyenda de su aguda perspicacia para intuir si la noticia de uno u otro diario era la mejor para vocear y vender. Y compraban más de los periódicos que mostraban nuevas interesantes para los sectores que los canillas controlaban. Todo Nueva York estaba rígidamente cuadriculado y repartido y ninguno podía irrumpir en la zona de otro bajo pena de ser castigado severamente por sus pares.

Un periodista dijo alguna vez a un estudiante de periodismo: “Si quieres saber qué es una buena noticia… pregúntale al canillita de tu barrio”.

Agregaremos que la gran huelga de 1899 fue llevada al cine por la empresa Walt Disney como “The Newsies” (en castellano le pusieron “La Pandilla”) estrenada en 1992 con éxito. El papel principal, del líder Jack “Cowboy” Kelly, fue interpretado por el talentoso y entonces muy joven Christian Bale, secundado por Ann Margret, Robert Duvall y otros. Broadway estrenó luego una versión que también obtuvo suceso.

– De “voceadores” a “canillitas”

El antiguo Canillita: ya no quedan

Existen varias versiones sobre el vocablo “canillita” para nombrar a quien la Real Academia llama “Vendedor callejero de periódicos”. Pero no hay dudas de que nació en Buenos Aires a principios del siglo 20.

El historiador argentino Néstor Pinsón nos cuenta que los primeros voceadores de periódicos de Buenos Aires circularon por las calles en enero de 1868 gritando “¡La República, a un peso!” Era un nuevo diario fundado por el destacado intelectual y político chileno Manuel Bilbao (que también residió en Lima y fundó periódicos) y el nuevo sistema fue un éxito. Y agrega el historiador:

“Lentamente se fueron instalando puestos callejeros fijos y rápidamente creció el número de muchachos ágiles y resistentes para correr las calles ganándole al tiempo, para dar cuanto antes el impacto de las noticias, muchas veces exageradas o a medias inventadas. Los muchachos vieron copada su actuación con la abundante presencia de niños; época de miseria, de falta alarmante de puestos de trabajo, y los pequeños daban la posibilidad a tantas familias de tener unos centavos más de ingresos. Además, eran requeridos porque eran más rápidos y arriesgados que los de mayor edad. Subir y bajar velozmente de los tranvías -su vehículo por excelencia-, dejar uno para abordar de inmediato otro, sin importar el rumbo que llevaban y valiéndose exclusivamente de su olfato para la venta”.

Pero siguieron siendo “voceadores” hasta que el escritor uruguayo Florencio Sánchez los bautizó como “canillas”.

La historia dice que era periodista y dramaturgo y que inspirado en el ambiente periodístico escribió una obra de solo un acto con tres cuadros que tenía como personaje principal a un vendedor de diarios. Buscando título para su trabajo recordó a un niño vendedor que se caracterizaba por sus piernas, las canillas, muy delgadas y entonces le puso a su obra el nombre de “Canillita”. La obra fue estrenada por una compañía de zarzuelas el 1ro de octubre de 1902 y tuvo éxito pues fue repuesta doce veces. El mismo elenco la presentó en Buenos Aires y siempre con el título de “Canillita”.

Pinsón agrega una sabrosa anécdota.  La obra tuvo tal éxito que los muchachos vendedores se identificaron con el nombre y lograron que les ofrecieran una función gratuita en el Teatro Comedia. El teatro fue colmado por los niños y jóvenes que festejaban las ocurrencias del Canillita pero ocurrió lo sorprendente: en la obra, un policía detiene al niño para llevarlo preso y entonces un grupo de muchachos exaltados saltó al escenario para defenderlo e impedir la prisión de su héroe.

Florencio Sánchez tuvo una vida difícil y murió joven el 7 de noviembre de 1910. Entonces los canillitas, organizados más tarde, fijaron esa fecha como “El Día del Canillita”.

-Los primeros en el Perú

Desde que circularon en el Perú las “Relaciones” de una sola noticia, los impresos, periódicos o no, se obtenían por suscripción en tiempos coloniales y más adelante, ya en la República, acudiendo a puestos de venta o la propia imprenta. No era entonces difícil porque Lima, por ejemplo, podía recorrerse fácilmente incluso a pie, aunque abundaban los coches tirados por caballos.

¿Y cuándo salieron los periódicos limeños a la calle? El acucioso historiador Agustín Cortegana fue quien encontró las huellas de los futuros canillitas criollos cuando trabajaba la historia del diario “La Patria” afecto a Nicolás de Piérola y que batallaba contra el civilismo y el pardismo.

Nos relata Cortegana que el 24 de enero de 1878 el diario “La Patria” (1871-1882) concedió espacio en sus páginas para anunciar que preparaba su salida el nuevo diario “Las Noticias” dirigido por el periodista español Eloy Perillán Buxó, algo aventurero y a quien encontraremos más tarde uniéndose a la causa peruana cuando la invasión chilena.

En la sección “A granel”, el diario pierolista publicó parte del Prospecto que Perillán había hecho circular:

“Como su nombre lo indica (“Las Noticias”) nuestro diario será esencial, absoluta y exclusivamente de noticias. Nada de doctrina, nada de política, nada de partidos. Estaremos al lado de todos, sin patrocinar los intereses peculiares de ninguno.

Escribiremos solamente para el público; y al que nos pregunte: ¿Cuál es la opinión política de este diario? Le contestamos: -Este diario no tiene opinión política”.

Las referencias que se conoce del nuevo diario son tomadas de “La Patria” porque no se han conservado ejemplares.

El 2 de febrero de aquel 1878 circuló “Las Noticias” con el subtítulo de “Diario universal, eco imparcial de la opinión y de la prensa. Pero por dificultades inició su circulación cotidiana un mes más tarde cumpliendo en efecto con su promesa de expresar opinión, sólo noticias.

Pero tenía problemas serios de distribución y de venta. Así que publicó en varios diarios un aviso que sería histórico para los canillitas criollos:

“Las Noticias” – Diario Popular – Continúa publicándose, plaza de la Inquisición num. 97.

REPARTIDORES

Se les pagará doble que en otra imprenta asegurándose en cualquier Banco a cambio de una garantía de buenos servicios, el sueldo de seis meses y 30 soles de gratificación a cada uno a fin de semestre.

MUCHACHOS, ANCIANO O MUJERES POBRES

Para vender el diario por las calles. Se les asegura una ganancia fija de ocho reales todos los días.

Los imposibilitados, los ancianos y las mujeres pobres quedarán habilitados con 5 soles para situarse todos los días en sitios determinados vendiendo ´Las Noticias”.

Pero había mucha competencia. La pequeña Lima contaba con “El Comercio”, “La Capital”, “La Patria”, “La Broma”, “La Opinión Nacional”, “La Perla del Rímac, “El Peruano”, “El Nacional”, “El Correo del Perú”, “El Semanario del Pacífico” así que a poco más de tres meses “Las Noticias” publicó su último número explicando que su director estaba enfermo y suspendía la impresión.

Pero dejó como valiosa herencia el sistema que utilizaban los diarios en muchos países del mundo, la venta callejera.

-Los canillitas en Lima

No sabemos cuándo adoptaron los voceadores limeños el mote de “Canillitas”. Solo encontramos una interesante referencia en un vals que compuso el gran Felipe Pinglo en abril de 1933, según el tradicionalista Gonzalo Quevedo. Aquí la letra:

“Anunciando los diarios que a la venta lleva,

Cruza el canillita sudoroso y fugaz. Corriendo fuerte para ser de los primeros en vender los diarios y vender el pan. Acaso mis ojos, tal vez hayan mirado, a un muchacho que lucha por el pan de su hogar; o también es posible que me haya inspirado en un Huérfano humilde, en un desamparado, sin padres que adorar.

El Comercio vocea con afán el pequeño, La Crónica interesante enseguida dirá;

El Callao, Suplemento, La Tribuna y La Noche, La Sanción y El Heraldo le oiremos pregonar.

Si muchos de nosotros auscultar pudiéramos, la verdad triste de este diario luchar; viviendo en un instante tan mortal desengaño, comprarámos los diarios para otorgarle el pan.

Canillita travieso, juguetón, bullanguero, de alma que ayer fue buena y siempre lo será, si cruzas muy temprano las calles de tu pueblo semejas a un obrero con rumbo a trabajar. Más tarde cuando corras pregonando los diarios, demuestras todo un hombre que lucha por el pan… y al llevar la ganancia a tus padres o hermanos, tu pequeñez gigante, tu grandeza de niño, unida a la crueldad”.

– Hacia el Sindicato

Al iniciarse el siglo 20 la venta de periódicos estaba en manos de los canillitas quienes ya sea voceando o en kioscos (y copio a un sociólogo) formaban del paisaje urbano de la ciudad y en especialmente durante la época que Basadre llamó “República Aristocrática”.

Eran tiempos de intenso debate político. Por ejemplo 1903 aparece “La Prensa” con dos ediciones en favor del Partido Demócrata de Nicolás de Piérola, “El Comercio” es abiertamente Civilista, pardista. El semanario “Variedades” de 1908 y “La Crónica” de 1912 apoyan a Leguía. Y circulan revistas que alcanzan popularidad como “Monos y Monadas” del talentoso Leonidas Yerovi que editó también otras revistas. En 1916 un grupo de periodistas se separa de “La Prensa” que había cambiado de partido y funda “El Tiempo”. Entre los más destacados que emigran al nuevo diario está José Carlos Mariátegui, quien fundaría su propio periódico “La Razón” en 1919. Hay más diarios de corta vida y fundados con fines políticos como “La Nación” de 1913 pro-Billinghurst, “La Patria” de 1914 pro-Pardo, “La Época” de 1915 pro-Javier Prado. Deben sumarse los periódicos obreristas, primero anarquistas, luego sindicalistas, que eran editados por sindicatos, uniones y que fueron muy populares como “La Protesta” de 1911 del grupo anarquista “Luchadores por la Verdad”.

Existe abundante bibliografía sobre esta importante etapa del periodismo limeño, tiempo en que destaca también el esfuerzo de los periodistas por organizarse y marchar hacia el sindicato, meta que no lograron.

Tal efusión de publicaciones estaba en manos de los vendedores callejeros que fueron quienes vocearon, por ejemplo, la catástrofe del “Titanic” acaecida pocos días después de la aparición de “La Crónica”, el primer tabloide que apuntó hacia el sensacionalismo y ganándose pronto el mote de “la mentirosa”.

Los canillitas limeños debían ser cientos o quizá pasar el millar en 1931 cuando el Partido Aprista Peruano, el APRA, participa en las elecciones de aquel año. El popular líder Víctor Raúl Haya de la Torre se enfrenta a Sánchez Cerro, y para promover la candidatura los apristas fundan el diario “La Tribuna” en mayo de 1931, organizado por Manuel Seoane. Y los canillitas tuvieron rol importante en dicho proceso que terminó con la persecución del partido y la clausura del diario en 1932.  Sánchez Cerro murió asesinado en 1933 y los apristas reanudaron la edición de “La Tribuna” pero el nuevo presidente, Benavides, lo cerró en 1934.

Recogemos la versión de un académico argentino sobre la importancia de los niños y jóvenes canillitas en esa época. Martín Bergel, en el artículo “De canillitas a militantes. Los niños y la circulación de materiales impresos en el proceso de popularización del Partido Aprista Peruano – 1930-1945”, ha recogido información sobre las tareas de distribución clandestina en que participaban los canillitas, tanto de folletos, proclamas o ediciones clandestinas de “La Tribuna”.

Esta valiosa ayuda fue más tarde reconocida por el Apra cuando llegó al poder en 1945 apoyando al presidente Bustamante y Rivero, logrando mayoría en el Parlamento. Fue entonces cuando Manuel Seoane, elegido senador, recordó las promesas a los canillitas y propuso una ley en su favor.

Debemos señalar que no fue el primero en atender los pedidos de los vendedores de diarios pues encontramos que en 1940 existía una “Sociedad Unión Vendedores de Periódicos de Defensa y Auxilios Mutuos de Lima” que fue favorecida con la donación de un terreno en la nueva urbanización del Fundo Lobatón (hoy Distrito de Lince). La Ley 9143, promulgada por el gobierno de Manuel Prado, estipulaba que el terreno que adquiriría el Estado sería “no menor de unos mil metros cuadrados” añadiendo que sería para que se construya “única y exclusivamente la Casa del Vendedor de Periódicos”. No hemos encontrado más información sobre la entidad y la donación del terreno.

Manuel Seoane dedicó espacio al tema de los canillitas en su “Discurso-Informe” al Tercer Congreso PAP del 3 de junio de 1957. Allí leemos:

“Me dolía ver, al filo de las húmedas madrugadas de esta Lima cargada de nubes durante el día y de neblinosa y mojada noche, como corrían de una imprenta a otra (…) Y ví como dormían en promiscuidad sobre el cemento frío de las imprentas insensibles aguardando la aparición del diario. Y frente a ese dolor, ya en 1931 (después de trompearme con uno de ellos) prometí a los canillitas que alguna vez iba a realizarse la Junta de Asistencia Social…”.

Y efectivamente el recordado “Cachorro” Seoane, considerado el sucesor de Haya de la Torre, presentó un proyecto de ley que fue aprobado y remitido al Ejecutivo el 25 de setiembre pero no obtuvo la aprobación presidencial en todos sus términos y fue necesario hacer algunos cambios al texto aprista. Así fue entonces que el cinco de octubre de 1946 el Congreso pasó la ley No. 10674 al Poder Ejecutivo para su promulgación.

La Ley promovía la creación de Juntas locales de asistencia a los vendedores de diarios, revistas y loterías. Debían estar conformadas por un delegado de los Ministros de Salud Pública y de Justicia y Trabajo, un delegado de las empresas periodísticas de la localidad, un delegado de la Beneficencia… y un solo delegado de los canillitas, quedando así estos en minoría para la toma de decisiones.

Un reclamo de las canillas que se había hecho permanente era el referente a los llamados “chicheros”, o intermediarios. Las empresas habían estado prefiriendo vender gruesas cantidades de diarios a dichos “chicheros” que luego los revendían a los canillitas que cada vez tenían menos acceso directo a las oficinas de ventas. Y así, el “chichero” ganaba un porcentaje del precio del ejemplar, reduciendo la ganancia del canilla. Era un sistema de explotación que pese a la ley continuó por muchos años más, como veremos más adelante en el caso de las grandes distribuidoras.

La ley ordenó también, entre otras cosas, que las empresas de Lima sirvieran desayuno a los vendedores de la mañana y “un servicio de té” a los de la tarde.

Lo que nunca se cumplió fue el artículo 13: “El Poder Ejecutivo previos los estudios del caso, y dentro del término de sesenta días (…) incorporará a los expendedores de periódicos y billetes de lotería en los beneficios del Seguro Social, teniendo en cuenta la relación jurídica sui géneris entre estos y las empresas editoras y Sociedades de Beneficencia”.

(La Ley 10674 completa, suscrita por José Gálvez, presidente del senado, puede consultarse en el archivo virtual del Congreso de la República).

-Del Sindicato a la Federación

A partir de 1947 los canillitas fundaron una serie de sindicatos por distritos y hasta por barrios luchando por el pleno cumplimiento de la ley y el aumento de porcentajes de ganancia. No pudieron eliminar los “chicheros”, verdaderos explotadores, hasta la modernización de las empresas que favorecieron los centros de acopio y distribución.

Paros breves y hasta largas huelgas se registran en la larga vida de los canillitas peruanos. Por ejemplo, dejaron de vender en 1956 por el alza de precios que hizo bajar la venta en forma considerable, perjudicando a los vendedores que reaccionaron llamando a la paralización. Y la huelga de dos semanas de 1967 que pedía 30 % de ganancia, la eliminación de los “chicheros” y la libertad de varios dirigentes que habían sido detenidos en la primera jornada de protesta.

(Nota personal: Debemos añadir aquí que, en equivocada defensa de la libertad de prensa, los periodistas de varios diarios salimos a la calle a vender nuestros periódicos, voceándolos en el centro, temiendo ser agredidos por los huelguistas que nos seguían con atención y manifiesta hostilidad. Pero nadie fue molestado y a los pocos días se firmó un acuerdo).

En 1973 por fin los numerosos sindicatos acordaron unir fuerzas y fundaron, el 24 de junio de ese año, la “Federación Unión Nacional de Expendedores y Voceadores de los Diarios, Revistas y Loterías”.

En 1975 cuando se debatía la entrega definitiva de los diarios a los “Sectores Organizados de la Sociedad”, los canillitas reclamaron haber sido marginados del proceso y que sus representantes debían ser incluidos. (Ver Informe del semanario “Marka” del 14 de junio de 1974 titulado “Los marginados de la transferencia”).

Una interesante historia del gremio ha sido contada por una distinguida alumna de la Universidad Jaime Bausate y Meza. Diana Flores Castro se graduó de Bachiller en el 2016 con la tesis “Organización Sindical de los vendedores de periódicos y su relación con los medios escritos”. Contiene una entrevista con un líder sindical que le explica que están divididos entre Kiosqueros, Exhibidores, Voceros y Repartidores, haciendo mención también a la competencia de los supermercados.

La historia es frondosa y merece más líneas que este apretado resumen. En los últimos años encontramos referencias parciales debido a diferencias comerciales, política, intervenciones de empresas, divisiones personales, etc. Pero siguen siendo los canillitas personajes indispensables en la cadena informativa que quizá decae en la venta de diarios, pero tiene horizontes favorables en revistas y libros.

Han surgido críticas por la reciente conversión de los Kioscos en casi las llamadas “tiendas de conveniencia” porque las empresas periodísticas se defienden de la crisis vendiendo desde ollas, cuchillos y sartenes, hasta carteras.

Queda en recuerdo de los mayores la parodia de canillita que hacía el gracioso comediante “Pantuflas” en la televisión, voceando “¡El Co!…¡La Pre!…¡La Cró…! ¡¡Hooora!!!”

-FIN-

Fuga, asesinato, horca…

Aprovechando que en estos días de pandemia están un poco desocupados, les voy a contar una historia terrible:

Era ya de madrugada en Lima cuando los presos de la celda principal armaron un tremendo alboroto y el guardia no se atrevió a despertar al Alcayde. Después de todo, quizá pensó, no eran sino una veintena de negros, mulatos… y un solo español. Rezongando y pidiendo calma, abrió la puerta, pero fue recibido por tres puñaladas en el pecho que lo dejaron muerto al instante. “¡Las llaves!” gritó Diego León, el caudillo del motín y tomándolas, encabezó al grupo que salió en tropel hacia la salida.

En la huida casi tropezaron con el Alcayde que aterrorizado retrocedió y se encerró en su despacho viendo como veintidós desalmados golpeaban al guardia de la puerta hasta matarlo y se desbandaban en la calle.

– “¡A las Iglesias, busquen refugios en las iglesias, en los conventos!” –gritó alguien y por lo menos tres lograron entrar en la Iglesia Mayor, acurrucándose detrás del Altar Mayor. Los demás hicieron lo mismo en los templos del centro, pero ya sonaba la alarma.

El Alguacil Mayor, el enérgico Melchor Malo de Molina, encabezó al grupo de arcabuceros que entraron a la Iglesia y sacaron a empujones a los amotinados. Otros grupos de alguaciles hacían lo mismo en otras iglesias y ya arrastraban por la calle a uno que estaba en el convento de la Merced.

El líder fue quien llegó más lejos pues fue sorprendido debajo de un altar de la iglesia de San Agustín, en el Callao, creyendo ingenuamente que así detendría al General Bernardino. Igual lo sacaron y embarcaron a Lima, donde fueron juntándolos en la Real Sala del Crimen, donde los sentenciaron inmediatamente.

Al día siguiente, dice la crónica: “… a las quatro y media, sacaron a ahorcar a la plaza a los reos, y tocando las campanas de la Metropolitana a entredicho, se executó la sentencia de muerte, a que acudió un concurso numerosísimo de gente…”.

¿Y cuándo pasó todo esto? El motín ocurrió el 23 de abril del Año del Señor de 1634 en la cárcel que había en la Plaza Mayor y los amotinados fueron colgados dos días después en el tablado que se construyó con cierto apresuramiento al lado de la Pila.

(Para más detalles, véase el Diario de Lima de don Andrés Suardo, mandado a redactar por el virrey Conde de Chinchón).

Y sigan descansando nomás.