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-Un amasijo de cadáveres

Decenas de periodistas aguardaban en la puerta del penal, pugnando por entrar apenas cesara la irresponsable e intensa balacera que desataron los guardias republicanos.
De pronto comenzaron a salir heridos y civiles que gritaban “¡Soy rehén, me rindo, soy rehén!” porque los policías los golpeaban con varazos y puntapiés creyendo que eran presos que trataban de fugar. Los gases lacrimógenos hacían llorar a todos, los familiares eran contenidos a duras penas y algunos heridos eran llevados a las ambulancias. Eran casi las once de la noche.

La prensa policial de entonces …

Finalmente cesaron los disparos y un tumulto de reporteros se precipitó al interior para comprobar el espectáculo macabro de un verdadero amasijo de cadáveres y heridos que casi cubría el patio. Solo se escuchaban ayes de dolor y uno que otro grito de rendición. De cuando en cuando un balazo anunciaba que un amotinado era ultimado por un policía.
Carioco y Pilatos todavía tuvieron tiempo de sujetar con fuerza a Amelia Ríos para usarla como escudo pero un oficial les disparó al reconocerlos. Pero la primera bala dio en el rostro de Amelia.
Algunos amotinados fueron apresados con vida pero luego aparecieron muertos. Y alguno, afirmó la policía, se suicidó.
El Ministro de Justicia, Alayza Grundy, informó que habían muerto veinte reclusos, un suma igual estaban heridos y una docena de empleados eran tratados de heridas.

-El via crucis de Amelia

La bala le atravesó la mejilla derecha de la psicóloga y se alojó en el cuello, cerca de la columna. Sangrando copiosamente debió operada pero era una intervención muy difícil. Luego de varios meses fue llevada a Miami donde la operaron de nuevo y después a Nueva York, para tratarle una profunda herida interna. Quedaron todavía astillas de hueso que nunca pudieron ser removidas.
Inteligente, estudiosa, Amelia obtuvo doctorados en las universidades Villarreal, Garcilaso y La Coruña de España. Sus colegas la apreciaban y la eligieron Decana de Colegio de Psicólogos casi como culminación de su carrera pero la mala salud la perseguía hasta que murió el pasado 20 de setiembre.
Pero queda algo más que comentar. Cuando los internos tomaron el penal Pilatos le eligió como “su” rehén y Carioco tomó a Magda, la otra psicóloga. Ambos asumieron su protección impidiendo que otros internos siquiera se acercaran y eran ellos quienes las exhibían poniéndoles puñales en la garganta en amenaza que no estaban dispuestos a cumplir. Pasadas las horas se preocuparon de acercarles comida, sopa, arroz con huevo frito, aguas gaseosas, galletas de soda. Y es que si bien creían que ambas eran su “pasaporte” de salida también las apreciaban porque eran quienes decidían si los internos calificaban o no para la calidad de “libertad vigilada” o Prisión Domiciliaria, como se dice ahora. Ambas trabajaban en esa sórdida oficina desde hacía varios años.
Cuando Lalo y Carioco vieron herida a Amelia decidieron protegerla y el primero la arrastró a la celda de Mosca Loca, dejándola en el suelo contra la pared para que evitara las balas de los republicanos. Un oficial la encontró cuando se arrastraba hacia la salida y la llevó hasta la puerta donde esperaba su esposo, también psicólogo policial.

Carmen Amelia Ríos

-La leyenda de Mosca Loca

Pero queda pendiente la leyenda de Mosca Loca porque muchos creen, o quieren creer, que aquel día el poderoso narcotraficante logró escapar y que aquel cadáver sin oreja que se exhibió no era él, y que todavía vive en alguna parte. Su nieto Vidal, Mosquita Loca, fue asesinado en diciembre del 2010 y su hijo Carlos, Mosquito, capturado en Colombia en el 2012, extinguiéndose finalmente el gran negocio narco de su fundador.

FIN

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-Un espectáculo siniestro En Vivo y en Directo

La agresividad de los amotinados iba en aumenta según pasaban las horas. En el interior el narco Cárdenas, Mosca Loca, era torturado, acuchillado con salvajismo. En el pequeño patio donde había una mesa y sillas para asomarse y exhibirse ante las cámaras, los líderes seguían vociferando y amenazando.

La escena de la inaudita quemazón del agente Rosales exasperaba también a los agentes policiales que apuntaban, disparaban al aire, gritaban, sumándose al  caos generalizado. Casi a las tres de la tarde los internos subieron al agente Rolando Farfán, lo sentaron de espaldas a las cámaras y le dispararon.

El gran periodista Manuel Jesús Orbegozo describió así el terrible suceso:

“El hombre no daba la cara. Estaba de espaldas viendo con horror el rostro del delincuente que lo había izado y lo mantenía como blanco principal del macabro espectáculo. De pronto, cuando nadie imaginaba que semejante hecho podría suceder, se vio que la camisa que llevaba puesta fue levantada en un punto como si hubiera recibido la fuerza de un soplo. En efecto, era el soplo de la muerte. El delincuente le había disparado a sangre fría y a solo centímetros de su cuerpo. La bala había entrado por el vientre y posiblemente le atravesó el débil territorio de su cuerpo.  O fue la sangre. O fue la protesta. O fue el miedo”.

Pese a la herida Farfán logró arrastrarse fuera del alcance de los presos, fue tomado por los policías y conducido a un hospital, donde le salvaron la vida.

Fotos de La República, reproducidas en el libro de Amelia Ríos

Pero el espectáculo de los amotinados no había terminado. A las seis de la tarde, cuando ya se acercaban sombras de la noche, el feroz Carioco llevó a otro empleado al tabladillo improvisado para una nueva exhibición pero esta vez el elegido, el agente Walter Corrales aprovechó un descuido y saltó al otro lado. Tuvo mala suerte porque el delincuente logró tomarlo de una pierna y comenzó a acuchillarlo repetidas veces en la pantorrilla para retenerlo. Un policía lanzó entonces un fierro que Corrales logró tomar y empezó a golpear a su captor quien, sin dudarlo le disparó un balazo en la cadera. Felizmente el agente cayó para afuera desvanecido.

Los presos entonces intentaron arrancar al agente de las manos policiales pero alguien ordenó disparar y una lluvia de balas cayó en los muros del patio obligando a los reclusos a refugiarse y abandonar a Corrales quien fue finalmente rescatado, malherido pero con vida.

El griterío de los delincuentes arreciaba, “¡Mátenlos a todos, mátenlos!”, se escuchaba afuera.

-“Atención, se va a iniciar el operativo”

La Guardia Republicana asumió el rescate, haciendo creer que se cumpliría la exigencia de la camioneta para que huyeran.

Y exactamente a las 9 y 50 de la noche, abrieron el portón de metal y una camioneta ingreso despacio, haciendo creer que las autoridades habían cedido a las demandas, pero la alegría duró muy poco. Amelia Ríos describe la escena en su vívido relato:

“Los internos al ver el vehículo gritaban con todas sus fuerzas, seguros de que estaban a punto de lograr su libertad.  Pero de pronto, se escucharon las voces de los reclusos que desde las ventanas del segundo piso del pabellón gritaban: ‘Cuidado, es una trampa, los vigilantes están entrando por los techos’ (…) la alegría de los amotinados se trocó en ira y violencia provocándose una total confusión” (p. 168).

Siguió un apagón total y de la camioneta bajaron republicanos con metralletas que abrieron fuego indiscriminado, convirtiendo el lugar en un infierno.

Mañana:  El patético final

Videos en Youtube

Gracias a Youtube se conservan varias grabaciones del motín, los reclusos, los rehenes agredidos. Aquí uno, breve, que da una buena idea de lo que pasó aquel día:

 

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El caos oficial, la desesperación en el penal

Los primeros disparos y luego la explosión de un cartucho de dinamita atrajeron a curiosos que pronto formaron una multitud a la que se añadirían más tarde familiares de los reclusos. Los periodistas, en particular los de la televisión, habían logrado ubicarse en el techo del vecino colegio Guadalupe. Instalaron sus cámaras y gracias a sus lentes “zoom” lograron que los atónitos televidentes limeños siguieran de cerca la enorme confusión pero sobre todo, las escenas de crueldad de las primeras horas.

Las autoridades no se ponían de acuerdo. Allí estaban el viceministro de justicia, el director de penales, los jefes de la guarda civil, la policía de investigaciones, los agentes penitenciarios y la guardia republicana, los encargados de la seguridad del penal. Efectivos de todas estas instituciones se habían encaramado en los techos y apuntaban con sus armas, cortas y largas, el pequeño patio donde los presos trepaban para exhibir a sus rehenes.

Los republicanos deseaban iniciar el asalto cuanto antes liderados por un hercúleo oficial, Cereghino, que exhibía músculos y calculada fiereza ante las cámaras.

Sucedió entonces lo increíble. Los reclusos encontraron un televisor a colores en una celda contigua a la de Mosca Loca, lo conectaron y pudieron verse ¡en vivo y en directo! Saltaban, reían y gritaban, agitaban brazos, exhibían armas, todo lo veían en el pequeño aparato, en imágenes que compartía una creciente teleaudiencia. Bares, restaurantes, oficinas bancarias, tiendas de electrodomésticos, todos sintonizaban el drama ante peatones que se agolpaban en las vitrinas.

La historia fue recreada en este film, dirigido por Dany Gavidia, estrenado en 1993. El gran actor Aristóteles Picho asumió el rol de “Pilatos”.

Amelia Ríos cuenta en su libro que desde el patio veían a un oficial que los señalaba y se reía de la escena. Pero pronto el espectáculo cambiaría porque luego de una breve comunicación con el fiscal Delgado Briones, Pilatos y Lalo comenzaron a sospechar que su loco plan de fuga era un fracaso.

Pero hicieron llegar a las autoridades dos notas. Una con sus condiciones y otra firmada por los rehenes que decía “Tengan un poquito de humanidad. Somos alrededor de 20 profesionales…no es justo que nos sacrifiquen a una muerte segura…son 15 internos que piden dos camionetas, están fuertemente armados….”.

La otra nota tenía ocho puntos y el primero pedía dos camionetas sin lunas polarizadas…”que no nos sigan porque nos llevaremos los rehenes, a los cuales eliminaremos uno a uno durante el trayecto, siempre y cuando uds.  nos sigan” (sic)  terminaban: “Una vez que botemos a los rehenes si quieren nos matan, pero déjennos en libertad”.

Otros reclusos tan fieros como los líderes, en especial Víctor Andrés Ayala (a) Carioco, decidieron pasar a la acción. Primero golpearon a un empleado y lo exhibieron ensangrentado para que clamara auxilio pero luego agarraron a un joven agente nuevo, lo levantaron frente a las cámaras y policías exigiéndole que grite.  Aterrado, Carlos Rosales no pudo articular palabra y entonces Carioco lo bañó con kerosene y le prendió fuego por dos veces seguidas, arrojándolo luego al exterior. El muchacho gateó a duras penas hasta donde los republicanos pudieron recogerlo y llevarlo a un hospital –donde moriría cinco días después por la gravedad de las quemaduras.

Hubo todavía más escenas violentas pero vale la pena contar la breve charla que tuvo Pilatos con el conocido periodista Guillermo Cortez Núñez.

Se recordará que los presos encontraron una conexión telefónica en la celda de Mosca Loca y llamaron y obligaron a los rehenes a hablar con diversas autoridades para pedirles mediación. Y buena sorpresa se llevó Cortez Núñez cuando la telefonista del diario “Expreso” le pasó una extraña llamada: “Habla Pilatos”.

Fue un diálogo de sordos que Cortez recogió en su columna diaria “Días con Huella” porque Pilatos quería el teléfono del cardenal Landázuri, de los canales de televisión.  Y dijo al final: “Si en diez minutos ni llegan las camionetas prepárense para ver en televisión como le cortamos el pescuezo al psicólogo Luis Morales”. Y colgó.

 

Mañana: Un balazo al agente Farfán, frente a cámaras

 

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Esta foto dio la vuelta al mundo: “Carioco” amenzando con matar a Amelia Ríos

-“Pilatos” y “Loco Lalo”, los líderes

Cuando los presos amotinados se precipitaron vociferando en la oficina del penal, sorprendiendo a los abogados, psicólogos, empleados que se casi se apiñaban por la falta de espacio, pronto quedó claro que los jefes eran Luis García Mendoza (a) Pilatos y Eduardo Centenaro Fernández, (a) Lalo.

Su plan era sencillo. Tomar rehenes y canjearlos por su libertad.

Y es que ya tenían experiencia exitosa. Pronto se recordó que ambos habían hecho lo mismo unas semanas antes en la Carceleta del Palacio de Justicia donde estaban recluidos esperando que los jueces decidieran su destino penal. Cuando supieron que los enviarían a una cárcel provinciana no dudaron más. Consiguieron un par de chavetas, rompieron botellas y golpearon al teniente republicano Erasmo Quispe y al vigilante Oscar Lino, maniatándolos con su propia ropa.

-“¡Si nos llevan a la sierra los matamos! ¡Queremos ir al Sexto!” –fueron sus demandas.

Todos sabían que Pilatos y Lalo eran capaces de cumplir su amenaza, dados sus antecedentes criminales.

Pilatos, por ejemplo, había asesinado en 1974 al Pip Villa y Rada de un balazo en el pulmón. Fue capturado, duramente golpeado y debió ser trasladado a la carceleta del Hospital Carrión de donde no tuvo problemas para escaparse al día siguiente.

Luis García Mendoza (a) Pilatos

En 1983 un oficial Pip lo encontró en Barranco e intentó capturarlo pero Pilatos lo últimó de un certero balazo en la cabeza. La persecución que siguió fue inútil.

Pero poco después asaltó una casa, los vecinos avisaron a la policía, cercaron la zona y Pilatos no tuvo más remedio que entregarse y fue trasladado, ahora sí, al pabellón  de máxima seguridad de Lurigancho, el sórdido 11-A. Allí estaba también sus antiguos amigos Loco Perochena y Fernando Valera (a) La Gringa.

El otro líder era Loco Lalo, uno de los autores del secuestro de un industrial, Abusada, asesinado por los hampones cuando la policía intentó el rescate. Loco Lalo quedó herido y lo llevaron a la Emergencia de San Antonio, donde escapó al menor descuido.

Por fin, la policía lo ubicó en los Barrios Altos y no dudó en defenderse a balazos, asesinando al capitán Indalecio Rivera. Se rindió cuando ya no tenía balas.

¿Qué hacían ese par de fieras en la Carceleta? Aguardaban audiencia, recién iban a ser juzgados.

Cuando tomaron los rehenes pidieron negociar y el fiscal provincial Benjamín Madueño aceptó sus demandas a las 24 horas, asustado por la posibilidad de un crimen más. No serían llevados a provincias sino que pasarían a El Sexto, donde fueron conducidos –afirmaron los periodistas- “bajo extremas medidas de seguridad”.

Pronto se hicieron dueños del penal pues no tenían reparos en hundir sus chavetas en cualquier estómago. Pero tenían como rival a un poderoso narcotraficante, Gerardo Cárdenas (a) Mosca Loca.

Mosca Loca había sobornado a las autoridades y tenía celda personal, con baño, conexión telefónica, televisor a colores y varios guardaespaldas que aseguraban que ni fuera asaltado. Había sido condenado a 20 años de cárcel pero manejaba todavía una importante red de narcotráfico que le aseguraba dinero.

Cuando los feroces Pilatos y Lalo llegaron a El Sexto, encontraron que Mosca Loca era el rey del cárcel; nada se hacía sin su permiso pues era quien negociaba con los guardianes.

Debe aclararse que el interior de El Sexto era administrado por el Instituto Nacional Penitenciario (Inpe) dependiente entonces del Ministerio de Justicia, El exterior por la Guardia Republicana (que ya no existe).

Los objetivos de Pilatos, Lalo y su banda fueron entonces dos, la oficina y la celda donde Mosca Loca se atrincheró porque sabía que lo buscaban para matarlo.

Desorganizados, drogados, decenas de reclusos golpeaban a los sumisos que no querían unirse, pateaban a los rehenes, saqueaban oficinas y celdas, gritaban. Eran dueños del penal, en situación que los cabecillas no podían controlar.

Por fin, Pilatos y Lalo decidieron exhibir a sus rehenes, entre ellos, a la psicóloga Amelia Ríos.

Mañana: “Los mataremos uno por uno”

 

 

 

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-Amelia Ríos ha muerto

Amelia Ríos de Coloma, la psicóloga que sobrevivió a la tragedia del penal El Sexto, del 27 de marzo de 1984, ha muerto hace pocos días. Uno que otro comentario en las redes sociales ha recordado la terrorífica experiencia que al final muchos años después le ha costado la vida porque nunca pudo recuperarse totalmente del balazo que le desfiguró la cara.

“Una bala disparada por un oficial que está directamente frente a mí, al centro del grupo, me ha impactado en el rostro. ¡Qué sensación tan extraña, de dolor y de abandono!, siendo que estoy en un bosque oscuro y todo lo veo en formas distorsionadas, es una experiencia tan horrorosa que jamás imaginé tenerla”. (p. 212)

El párrafo es del importante y valioso testimonio “Rehenes en el Infierno” que Amelia redactó en los meses que estuvo postrada en el Hospital de Policía, y lo publicó con su dinero dos años después.

Fue además el primer gran evento mediático televisivo porque los canales de Tv enviaron con rapidez cámaras, reporteros, y el drama fue visto por miles de peruanos que veían asombrados en sus pequeñas pantallas a un puñado de facinerosos vociferantes que mataban a un rehén a balazos.

-Martes 2 de abril, a las 10.45 am.

Los presos más peligrosos del penal habían planeado el escape con mucha anticipación. Sabían que ese día estarían las psicólogas Amelia Ríos de Coloma, Miriam Neyra, los profesores Luis Arrese y Marco Escudero, los abogados Alfonso Díaz y Segundo Díaz, además del personal de la administración.

Pero también tenían otra lista, de presos que sabían que llamarían la atención, como Eduardo Núñez, sindicado como ayudante del narcotraficante Landberg y el conocido Guillermo Porto Dávila (a) Mosca Loca. El plan era reducir a los agentes penitenciarios, reunir a sus rehenes y pedir vehículos para salir de la cárcel.

Debe añadirse que El Sexto era un penal donde se hacinaban caso dos mil presos en terribles condiciones de salubridad, con desorden que aprovechaban los más avezados como los  que fueron los líderes del evento, Eduardo Fernández Centenaro (a) Loco Lalo, Luis García Mendoza (a) Pilatos y otros más.

Lo notable es que tenían armas de fuego por lo menos dos revólveres con municiones y hasta cartuchos de dinamita.

Todo comenzó a las 10.45 cuando ya habían terminado de repartir la “paila” de la mañana, café aguado con un pan, y se corrió la voz de que la administración había ordenado una requisa, una inspección de las celdas –quizá alertados por su confidente, un soplón.

Los agentes fueron sorprendidos por la agresividad de los presos, que repelieron el ingreso a palazos, obligándolos a replegarse a pedir ayuda.

Pero ya los líderes habían avanzado hasta el tópico para asegurar el encierro de sus rehenes.

“Fue un golpe duro, seco y violento. Sentí una corriente de aire frío cuando se abrió la puerta hasta golpear con la pared.  Aparecieron ante nosotros un grupo de internos en gran agitación, como llevados por una sola voluntad. Fue golpe, agitación y presencia súbita, todo en un instante” (p. 42).

Mañana:  El horror en Vivo y en Directo

 

 

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-El Decreto Supremo de Odría

El “Día del Periodista” no nació así legalmente porque un Decreto Supremo del lejano 1ro. de octubre de 1953 dijo que la fecha sería recordada como “Día del Periodismo Nacional”. El general Odría lo firmó y se publicó en “El Peruano” para darle valor legal.

La decisión se sustentaba así: “Habiéndose fundado el primer diario de Sud América el 1 de octubre de 1790 con la denominación de El Diario de Lima, ninguna otra fecha tiene mayor significación para conmemorar el Día del Periodismo Nacional”.

Pero un sector importante de los periodistas ya había decidido en 1950 y con ocasión del primer Congreso Nacional de la flamante Federación de Periodistas del Perú, instituir el ´Día del Periodista¨. Recordemos también que la Federación fue fundada un l de octubre y la ponencia sobre el “Día” fue presentada por el legendario redactor de La Crónica Antenor Escudero Villar.

La historia se enreda más pero el hecho es que los colegas, tanto de la Federación como de la Asociación Nacional de Periodistas asumieron la fecha como “Día del Periodista”, sin mayores alusiones a su editor, el español “Jaime Bausate y Mesa” quien realmente se llamaba Francisco Antonio Cabello y Mesa.

Y sin esperar a que Manuel Odría se dignara consagrar la fecha por Decreto.

-¿Y don  Augusto Peñaloza??

Pero hay un personaje más en esta historia. Don Augusto Peñaloza, parlamentario anecdótico, acomodaticio, de verbo florido, propuso el 1 de octubre de 1950, en su Cámara que se oficiase al Ministerio de Educación para que “se señale como Día del Periodista la fecha en que un esforzado coterráneo de Pizarro –que luchó no solo con enemigos naturales en acecho, sino con sus compañeros rebeldes- fundó el primer impreso con material escogido para cumplir con  el lema: Corregir sin  ofender, instruir sin fatigar” (Diario de Debates, Cámara de Diputados, Legislatura Ordinaria de 1950, Tomo III).

No le hicieron ningún caso porque Peñaloza, que había iniciado su carrera parlamentaria en 1919 con Leguía, era conocido por sus propuestas exóticas aunque más tarde logró triunfar con el Día del Abogado y el Día de la Agricultura.

No se dio por vencido y año siguiente insistió hasta que el Ministerio de Gobierno contesto que su propuesta sería sometida a consideración del Presidente Odría.

-“26 de Enero”

En 1984, cuando había sido elegido nuestro primer Decano del Colegio de Periodistas del Perú el colega Mario Castro Arenas, el Consejo Nacional de la institución acordó enviar un proyecto de ley al Congreso instituyendo el 26 de enero como Día del Periodista. Se recordará que es la fecha aciaga de los muertes de Uchuraccay.

En los considerandos decía el anteproyecto, entre otras cosas, que “Dicha festividad del Día del Periodista (1 de octubre) fue establecida por el simple acto de conmemoración cronológica de un diario colonial, fundado cuando nuestro país se hallaba bajo el dominio español y la referida publicación reflejaba el pensamiento y los intereses de la monarquía y no las aspiraciones del entonces avasallado pueblo peruano…”.

Y agregaba que la fecha del martirio de los colegas en Uchuraccay “simboliza los valores permanentes y peruanistas del periodismo profesional así como los objetivos supremos de la libertad de expresión consagrados por la Constitución….”.

No sabemos en qué quedó el proyecto pero debe estar por ahí olvidado en algún cajón.

-“10 de abril”

Un entusiasta sanmarquino, el colega Roberto Revoredo, viene haciendo campaña desde hace años para que nuestro Día pase a ser el 10 de Abril porque aquel día en 1821, circuló en Huaura el periódico revolucionario “El Pacificador del Perú”, realizado, editado, por los periodistas de San Martín.

Efectivamente, eran cuatro hojas donde con lenguaje encendido reclamaban la independencia: “…Un solo medio señalan la experiencia, la razón y el interés de ambos para pacificar el Perú y tranquilizar toda la América: RECONOCER SU INDEPENDENCIA (…) La demostración de esta verdad, mirada desde todos puntos de vista que ella ofrece, es el principal objeto que nos proponemos en el Pacificador del Perú”.

Es buena la propuesta del colega, quien ha hecho una investigación sobre los periodistas de San Martín y de su labor como propagandistas de la revolución. Su libro se titula “Influencia del periodismo del Ejército Libertador en la Independencia del Perú” .

“22 de octubre”

Tenemos otra propuesta que tampoco está mal: la fecha de fundación del diario “El Peruano”, una histórica e importante iniciativa de Simón Bolívar y que se publica hasta hoy.

La fecha de fundación ha sido por mucho tiempo objeto de discusiones pero el joven historiador Víctor Arrambide estableció que “El Peruano” tuvo como origen indubitable a “El Peruano Independiente” editado por encargo del Libertador por su oficial periodista Tomás de Heres.

La confusión se debía a que no parecían existir ejemplares de aquel diario primigenio pero Arrambide lo localizó en la Universidad de Yale que hace muchos había recibido una colección de periódicos y papeles donados por Hiram Bingham, el falso descubridor de Macchu Picchu.

Más adelante será reemplazado por “El Peruano” a secas que circuló a partir del 13 de mayo de 1826, pero no hay ninguna duda sobre su origen, editado también por Tomás de Heres y por orden de Bolívar.

-“18 de Abril”

Hay más propuestas todavía, como por ejemplo el día en que los Pregoneros limeños anunciaron en las plazas principales de Lima que las Cortes de Cádiz habían decretado la Libertad de Imprenta y que en consecuencia cualquiera podía editar un periódico sin pedir permiso a nadie, ni al Virrey ni a la Iglesia.

El Decreto fue publicado en La Gaceta de Gobierno del 18 de abril de 1811 y seguramente con gran disgusto del virrey Abascal. Y quien abrió fuegos fue un bisemanario titulado “El Peruano”, el 8 de setiembre de aquel 1811. Pero no tenía nada de revolucionario, su historia es irrelevante para el proceso independentista.

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-“Otro crimen Vargas, este ya no sirve…”

“Fue ubicado y aprehendido el feroz asesino de la “polilla” Fermina Casas, más conocida en la vida alegre con el nombre de María Rivera. La captura le llevó a cabo el Mayor Comisario de la Comisaría del Mercado Mayorista, con la colaboración de sus guardias y en circunstancias en que el asesino hallábase oculto en una mina de San Luis, Nazca”.

Los policiales de Ultima Hora fueron más profesionales.

Vargas Llosa y Becerra creyeron tener, por fin, al culpable, el esposo. Y escribió con entusiasmo: “Roger Calderón, al ser sorprendido por la policía, habría tratado de escaparse pero sus propósitos fracasaron ante la actitud enérgica de los agentes que no le dieron tiempo”.

La PIP reclamó al presunto estrangulador y los policías no tuvieron más remedio que entregarlo a los detectives quienes inmediatamente lo mostraron al administrador y al cuartelero del hotel San Pablo. No dudaron en afirmar irresponsablemente, “Sí, es él, ese el mismo que alquiló el cuarto”. Mintieron para congraciarse con los PIPs.

Pero el primer esposo de “la polilla” estrangulada tenía la coartada perfecta y La Crónica se vio obligada a titular que “No ha sido comprobada la culpabilidad de Roger Calderón y han sido detenidos otros”. Y es que los administradores de la mina, que estaba realmente en Ayacucho y no en Ica, probaron que el acusado era ayudante de operador y que el día del crimen había trabajado con normalidad. “De haber venido a estrangular a su exmujer –dijo La Crónica a su pesar- hubiera hecho viaje en un carro expreso, que minutos después de cometer el homicidio lo habría llevado de regreso a dichas minas”. Que estaban… a 700 kms de Lima.

Surgió entonces otro sospechoso para deleite de la policía: el padre de la niña menor de Fermina Casas, que pidió se le entregaran. Era Hilario Vásquez Natividad, un hombre mayor y tranquilo que había visto las noticias en los diarios y que también tenía coartada. No pudieron acusarlo y se llevó a la niñita.

Y también fueron más creativos porque el famoso dibujante Fairlie inventó un “identikit”

Entonces, La Crónica, Becerra, Vargas Llosa se quedaron sin El Estrangulador y pronto lo olvidaron. El reportero regresó a la Sección Locales, luego su padre “lo renunció” del diario y los “sabuesos” de Becerrita se lanzaron a la búsqueda de otro asesino porque una bella “vedette” francesa, Jacqueline Marcel, había sido encontrada muerta en la costa, en lo que hoy es la Costa Verde, a la altura de Maranga.

EPILOGO

El 28 de julio de 1952, cuando ya Vargas Llosa estaba en Piura terminando la secundaria y escribiendo para El Tiempo, el famoso Luis Becerra, “Becerrita”, fue condecorado con Medalla de Oro por el municipio de La Victoria “por sus 25 largos e infatigables años de periodista”. Hubo un gran festejo, sin duda, y con los excesos de siempre… que terminaron pasándole la cuenta al periodista que murió de un infarto masivo en la madrugada del 29.

Su sepelio y entierro en el Presbítero Maestro fue apoteósico, todos estuvieron, dijeron discursos soberbios alabando a Becerra, el “Amo y Señor de la Crónica Roja” como si hubiera muerto un héroe. Lo reemplazó Nieves (a) El Capitán, jefe de policiales de La Crónica de La Tarde.

¿Y el asesino de “La Mariposa Nocturna?”

Cuando la PIP había renunciado a buscar al estrangulador, un veterano delincuente, Nicanor Fuentes, contó a la policía que sabía quién era el asesino de Fermina. Así, luego de cuatro meses el carterista Juan Miranda (a) Cara de gallo, el último amante de “la polilla” fue capturado en un billar de Cocharcas y encerrado. No sabemos más de él.

FIN