GENEROS PERIODISTICOS: ¡40 años!

Es verdad: hace exactamente 40 años que CIESPAL editó en Quito mi texto “Géneros Periodísticos” que pese a su edad, tiene todavía vigencia, según compruebo por las citas que brindan Google Académico y Academia.edu.

Una breve historia: en 1980 fui invitado por el Centro de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina (CIESPAL) para dictar un taller de actualización de Géneros Periodísticos para profesionales ecuatorianos.

La entidad, recordemos, fue creada por la Unesco como un esfuerzo para fomentar el estudio del periodismo y la comunicación en varias regiones del mundo y a nosotros nos tocó que la sede recayera en Quito.

Construyeron un gran edificio, convocaron a muchos profesores y fundaron la editorial “Intiyan” que en poco tiempo publicó textos que se hicieron indispensables.

Fruto importante del esfuerzo académico, que apoyaban generosamente los alemanes de la Fundación Ebert, fue la creación de las Facultades de Comunicación en varios países. En Lima tomó la delantera la Universidad de Lima.

No resultaron fáciles los colegas ecuatorianos que pronto marcaron diferencias entre ellos: los que venían de la costa, de Guayaquil, y los andinos, de Quito. La mayoría bastante mayores, reporteros experimentados, que me recibieron con cortesía pero con desconfianza sobre mi conocimiento del oficio, aunque yo iba bien recomendado por mi amigo boliviano el gran Luis Ramiro Beltrán.

Pedí pizarrón, máquinas de escribir para todos, diarios, y logré contagiar mi entusiasmo animador a los colegas que pronto se interesaron en la sistematización que les proponía. Luego de una semana me felicitaron, quedaron contentos… y el director Luis Eladio Proaño me invitó para el año siguiente.

(Una digresión en esta historia. No puedo dejar de recordar al representante de la Fundación Ebert, Peter Schenkel. Alto, fuerte, sociable,con una biografía de novela. En el frente ruso en la Segunda Guerra había perdido los dedos de los pies por congelamiento; la rendición lo sorprendió en un hospital. Luego se unió a un grupo de paisanos, jóvenes, que partieron a los Estados Unidos, a California, para trabajar con ánimo migratorio. “Me partí la espalda recogiendo naranjas, manzanas” me contaba. Después fue a Cuba entusiasmado con la revolución, trabajando cercanamente a Fidel Castro pero más al Ché Guevara. Partió después a Chile, donde publicó un importante libro sobre el problema de la concentración de propiedad de diarios en América Latina, pocos meses antes del golpe militar.

Finalmente logró empleo en la Fundación Ebert, social demócrata y se instaló en Quito con su esposa cubana.

Me contaron años después que ya retirado se dedicó al tema de los extraterrestres y publicó textos sobre “encuentros cercanos”. Todavía reposa en Amazon la imagen de  su último libro: “Contact: Are We Ready for it” pero ya no hay ejemplares).

El texto de mi libro lo venía componiendo desde que asumí un curso de redacción en la entonces escuela de periodismo “Jaime Bausate y Meza” así que no tuve problemas con  los algo presumidos colegas que alegaban que asistían por orden de sus directores.

Finalmente Schenkel me propuso hacer una sistematización de mis apuntes para editarlos como libro. Y fue así como a mediados de 1982 llevé mis originales que fueron inmediatamente publicados.

Me pagaron muy bien, en efectivo y en dólares. Es el libro con que más he ganado y no solo en plata sino en cierta popularidad entre el alumnado de la especialidad. Todavía regresé un año más a Quito pero luego suspendieron los talleres para profesionales, cambiaron directivos y dije adiós a los ecuatorianos.

CIESPAL todavía venden mi texto aunque en sucesivas versiones facsimilares. En La Habana hicieron una bonita edición que muchos colegas cubanos recuerdan. En México circularon dos francamente piratas. Y en Lima, en complicidad con Winston Orrillo, hicimos una versión que titulamos “Nuevo Manual de Periodismo” para sacarle la vuelta a los ecuatorianos. Fue una edición muy popular en San Marcos.

Una anécdota final: Unos años después el Colegio de Periodistas del Perú anunció la publicación de un libro sobre géneros periodísticos. Pueden imaginar el gran interés que tuve por conocerlo y encargué a un familiar que fuera a comprarlo.

Menuda sorpresa: era una síntesis de mi libro. Pusieron mi nombre en la contracarátula. Nunca me avisaron, ni siquiera me agradecieron, pero no me importó porque después de todo algo hice para un mejor periodismo.

Varios colegas me reclaman una actualización del texto que lo titule “Nuevos Géneros Periodísticos” que incluya las nuevas formas de informar vía Internet. Me estoy animando.

«MITO Y VERDAD de los diarios de Lima» (Dos)

La vieja fachada de Expreso y Extra. Imagen del día de la primera toma. Octubre de 1968.

“¿Dónde puedo conseguir su libro… ese de Mito, de las historias de los periódicos?” me han preguntado más de una vez algunos jóvenes tesistas. Y me pregunto a la vez adónde habrán ido a parar aquellos cinco mil ejemplares que el entusiasta Mariátegui pensó que harían un buen negocio, hace ya medio siglo. Estarán en estantes de colegas, en bibliotecas, en remates de libros y usados, quizá en alguna librería de viejo en los jirones Amazonas, o Quilca.  Yo solo tengo dos, aunque parezca mentira.

Cuando se publicó “Mito” en 1972 ya habían sucedido cosas importantes para el periodismo y los periodistas porque los generales de la “Revolución de la Fuerza Armada” que lideraba el general Velasco Alvarado desde 1968 no tenían paciencia ni correa para soportar el alud de críticas que los Miró Quesada, Ulloa, Banchero lanzaban cada vez que se promulgaba una reforma. Y tenían además un proyecto para el destino de los medios masivos, aunque esto no se reveló hasta 1972 cuando publicaron su proyecto de reforma de la educación.

Expreso había sido el más agresivo ganándose la primera clausura el 31 de aquel octubre; y más tarde, persistiendo en la crítica y la burla (Sofocleto motejó de “King Kong” a Velasco), fue finalmente expropiado y entregado en marzo de 1970 a sus trabajadores organizados en un “Frente Único”, es decir, periodistas, gráficos y administrativos que apoyaban con entusiasmo las reformas. Y se comenzó a organizar la cooperativa “Prensa y Pueblo” como futura propietaria de la empresa.

¿Dónde estaba Gargurevich en medio de tal enredo? se preguntará algún lector. Yo estaba a cargo del otrora vespertino Extra que había pasado a la mañana por razones técnicas. Nos iba bien, vendíamos un promedio de 120 mil con clara política editorial: nada de política, énfasis en farándula, interés humano, seguimiento de crímenes y juicios, etc.

Pero cuando los periodistas se dividieron y yo protesté por alguna actitud de la Federación de Periodistas, los dueños de la empresa sospecharon que estaba alineado con los agresivos sindicalistas del Frente Único… ¡y me despidieron! Me cerraron la puerta en las narices ante mi absoluta sorpresa. Ni siquiera me dejaron entrar a sacar mis bártulos. Era enero de 1970.

Recién entonces supe que hacía ya tiempo que los líderes sindicales tramaban la toma de la empresa con los militares y hasta con el propio general Velasco. Yo no estaba enterado de nada y fue el inolvidable y generoso Efraín Ruiz Caro quien me puso al tanto y procuró conseguirme empleo en algún ministerio (historia anecdótica que ya les contaré otro día)

Volví cuando el gobierno expropió la empresa el 3 de marzo de 1970 y los nuevos directivos, los trabajadores, me repusieron en el cargo. Todos los detalles de dicha experiencia están relatados en “Mito”, que ojalá vean, lean, en alguna biblioteca.

Pasé luego a Expreso y a fines de 1971 renuncié y comencé a escribir el libro porque, como ya se ha dicho muchas veces, era una historia que merecía ser contada.

¿Y los periodistas? Siempre hemos estado divididos. Y en aquel entonces la separación se hizo más profunda que nunca. Me temo que hasta ahora.

Mañana: ¿Y qué dice el libro?

“MITO Y VERDAD de los diarios de Lima”: 50 años (I)

Carátula de Alejandro Romualdo

-¿Cinco mil? ¿Cinco mil ejemplares?

No pude disimular mi asombro cuando José Carlos Mariátegui, (el hijo, claro), nos lanzó la cifra. Me acompañaban Reynaldo Naranjo y Alejandro Romualdo, entonces amigos entrañables, que me habían llevado a la imprenta “Labor” para ultimar detalles de la edición de mi primer libro “Mito y verdad de los diarios de Lima”. Era mayo de 1972.

El poeta Romualdo era quien había propuesto la edición, recomendándola con entusiasmo al difícil y desconfiado José Carlos. “Este libro es dinamita” le había dicho, “se venderá bien… aprovecha la oportunidad”.

Mariátegui era moreno, hiperactivo, siempre vigilando a sus tipógrafos, rezongando con la voz bronca y fuerte que heredaron los hijos del Amauta, recriminando a los obreros cuando los sorprendía en breve descanso. Todos temblaban cuando se enfurecía y golpeaba la mesa, lo que sucedía con frecuencia. Pocas veces he conocido un hombre tan intenso, la verdad. Su imprenta enorme, con máquinas modernas que imprimían posologías y cajitas para medicinas; un negocio próspero que lo había hecho millonario.

Había militado brevemente en el Partido Comunista pero allí no había espacio para un irreverente de ese calibre que objetaba sacrosantas decisiones partidarias y duró poco en el combate político. Era mejor dedicarse a la imprenta, tal como ya lo hacían sus hermanos Sandro con “Minerva”(útiles escolares) y Sigfrido con “Amauta” (etiquetas de cerveza Cristal). El cuarto hermano, Javier, estudió para psiquiatra.

No había perdido José Carlos interés en la política pese a su decisión de sumergirse en el mundo de la tinta y el papel y mejor todavía si avizoraba un negocio. Y cuando recién había instalado su imprenta tuvo un golpe de suerte con el discutible libro del reciente derrocado líder argentino Juan Domingo Perón, “La fuerza es el derecho de las bestias” que resultó un sorprendente éxito; vendió miles en el Perú porque Perón era un personaje popular. El libro era malo, un fiasco, pero eso lo descubrieron tarde los varios miles de lectores que compraron la edición popular que imprimió y vendió José Carlos.

En 1972, año en que le llevamos el texto de “Mito”, José Carlos recordaba su éxito editorial que lo había llenado de dinero; y quizá pensó que con mi libro sería posible obtener algo parecido.

Y es que estábamos entonces en la cima de la Revolución de la Fuerza Armada liderada por el general Velasco Alvarado. Las reformas sacudían a la sociedad peruana que asumía con renuencia el novedoso proyecto militar que barría con la vieja y poderosa oligarquía agraria. Y muchos aseguraban que la siguiente reforma sería tomar los medios de comunicación y en especial la prensa, los grandes diarios conservadores que acusaban al gobierno de enrumbar hacia el comunismo batallando sin cesar contra las nuevas disposiciones.

Ahí entraba mi libro. Y en la Introducción expliqué razones:

“Introducción

“No somos partidarios de admitir que el tema de los medios de comunicación de masas ha sido descuidado en el Perú: creemos que ha sido sistemáticamente evadido. Porque no es posible aceptar la simple disculpa de “a nadie se le ocurrió…”. Poderosas razones pueden haber existido, pero eso es ya otro tema.

Pese a que se puede descubrir algunos pequeños estudios (tesis, conclusiones de sociólogos, etc.) que deben ser considerados “subterráneos” por lo escaso de su circulación, lo cierto es que la cuestión nunca ha sido lanzada al gran público.

Este ensayo pretende llenar en parte aquel vacío. No es un estudio del “universo” de los medios de comunicación del país pues lo extenso de la especialidad exigiría un volumen para cada Medio. Esta vez solo trataremos de los diarios, sus periodistas y su periodismo.

La metodología es simple: se ha utilizado la fecha del golpe militar -3 de octubre de 1968- como pivote para contemplar el periodismo de Antes y luego examinar el de Después. Y también porque es objetivo que el periodismo ha tenido transformaciones a partir de la instalación del régimen actual.

El problema del periodismo, o mejor, de los diarios, es un tema controvertido, candente. Día a día, las páginas de los matutinos especialmente están repletas de novedades sobre el singular caso de Expreso, de la Comunidad Industrial de La Prensa, de los sindicalistas de El Comercio, etc. Por primera vez en su historia los diarios mismos son noticia. Tal arrolladora serie de sucesos rebasa la capacidad de objetividad de cualquier observador-periodista e impide a la vez presentar un libro que contenga “lo último”. Por esta razón este ensayo se detiene en 1971. El resto ya dilucidado por el tiempo será seguramente escrito por otros periodistas.

Agregaremos finalmente que, en general, el propósito de este libro es de divulgación: mostrar hechos a los que no saben y refrescar la memoria de los que supieron… y ya no saben.

Lima, mayo de 1972

Mañana: Periodistas y periódicos

Para papelones… ¿la Marina?

Para papelones nuestra Marina, sin duda. La historia es simple: al sentenciado y encarcelado en la prisión más segura del país, a cargo de la Marina, le permitían el uso libre sin problemas de varios teléfonos. Así fue como Vladimiro Montesinos armó otra conjura que, aunque tenía visos de chifladura, fue recogida por los medios, denunciada y escandalizada. Pero el golpe más duro fue para la Marina, que pasó por la vergüenza de admitir a medias su clamoroso error.

El famoso caricaturista Carlos “Carlín” Tovar del diario La República recogió la historia el 1ro. de julio en una graciosa y oportuna viñeta en la que, como vemos, muestra a Montesinos instalado con toda frescura en la oficina de un alto miembro de Marina, ambos, oficial y delincuente, sonrientes, contentos… Pero al lado del oficial Carlín había colocado el estandarte de la institución. ¿De la institución? Sí, de la institución, de la Marina.

No tardó la institución en protestar.

La República del 3 de julio La República publicó cumplidamente una carta del Director de Información de la Marina en la que, cortésmente, protestaba por “la representación de la Marina de Guerra del Perú, afectando la imagen institucional”. Y al final decía: “Agradeceré a usted rectificar, en un plazo prudencial, dicho gráfico por el mismo medio”.

 Los colegas recordarán que hemos sido testigos de casos parecidos en los que se hizo la “rectificación” y los presuntos afectados terminaron haciendo el ridículo. Quizá algunos recuerden el caso de la hoy fujimorista Patricia Juárez, en El Comercio. También recordamos un caso en Ecuador cuando un caricaturista de oposición protestó con una viñeta en la que se veía a los soldados saqueando agresivamente su casa “en busca de pruebas”. El Ejército exigió rectificación y entonces el artista publicó otra en que se autorretrataba acogiendo a los soldados y pidiéndolos “por favor, tengan la bondad, llévense todo, muchas gracias, disculpen lo poco que hay.”. Por supuesto todos rieron… menos los militares.

Eso ha pasado con don Carlín. Rectificó al día subsiguiente retiró la insignia institucional pero la reemplazó con una justificada “K” porque la Marina al consentir los teléfonos a Montesinos estaba de alguna manera avalando sus maniobras profujimoristas. Y la bandera que se merecía aquel oficial era la “K”.

Alvarez Rodrich apaleó sin compasión a la Marina: “El que hoy proliferen políticos golpistas… o unos marinos fachos que no disimulan su entusiasmo por un putsch, no justifica que la gloriosa marina de guerra del Perú se manche con embates antidemocráticos, pidiendo la insólita rectificación de una caricatura”.

Luis Jaime, el periodista

 A pocos días de la muerte de Luis Jaime Cisneros, en el 2011, publiqué en este blog el texto “Luis Jaime, el periodista”, y que luego apareció en mi libro “El Juez de Uchuraccay y otras historias”. Se ha recordado en estos días al gran maestro Cisneros al cumplirse cien años de su nacimiento y publicado muchos textos sobre su vida y obra pero se ha recordado poco su importante paso por el periodismo. Entonces aquí repito mi homenaje del 2011 y con el mismo título.

-”El Observador”, hace 30 años

No hubo canillitas para gritar que aquella mañana había aparecido un nuevo diario, “El Observador”, pero no hacía falta porque una profusa campaña que incluía páginas enteras de El Comercio lo había anunciado. Todos los esperaban. Era el 22 de Octubre de 1981.

Y quizá la novedad más importante es que su director era Luis Jaime Cisneros, quien había aceptado volver una vez más a la espinosa tarea de dirigir un diario, algo que  conocía muy bien tanto por la sobremesa familiar como por experiencia propia. Entre 1976 y 1978, algunos recordarán, había dirigido el diario “La Prensa” expropiado por el gobierno militar, y adversarios del régimen y algunos colegas lo habían criticado con rudeza por aceptar el cargo.

Es verdad que Cisneros era desde que se inició en la docencia un gran filólogo y así ha pasado a la historia pero es cierto también que el periodismo siempre fue su vocación principal y nunca dejó de escribir para algún periódico porque tenía una fe porfiada en la importancia de la difusión para la educación.

En aquel número inicial de “El Observador” inauguró “Mi Columna” que firmaba simplemente “Cisneros” de puño y letra.  Leamos parte de aquel primer texto:

“Cuántas conjeturas cruzaron por mi mente cuando me propusieron incurrir nuevamente en la tarea. Y es que creo que hay una función pedagógica hasta hoy desatendida por la prensa. Cada día se me antoja más clara. Hay que contribuir a mejorar los cuadros juveniles en el Perú, y ya no bastan para ello los libros de la escuela, ni satisfacen los concursos, ni hemos de lograrlo recurriendo a la metáfora y a la retórica. Hay que realizar una vasta tarea de formación cívica. El periodismo está llamado a lograr esos frutos”.

Los políticos, los periodistas, vieron con desconfianza al diario recién llegado porque no era secreto que pertenecía a un controvertido promotor y organizador, el movedizo y parlanchín Luis León Rupp, promotor del Grupo Vulcano que manejaba el Banco de la Industria de la Construcción (BIC), la empresa de aviación Faucett, los hoteles Bolívar y César, varias inmobiliarias, a lo que añadía ahora la Empresa Editorial Vulcano. Lástima que todos eran negocios frágiles, endeudados, frutos de su malabarismo empresarial.

Cuando lo entrevistó poco antes del lanzamiento de “El Observador”, Elsa Arana Freire, exagerando, comentó que se podía hacer una analogía con el magnate Luis Banchero Rossi, o con los hermanos Romero. La periodista le preguntó, claro, sobre sus motivos para fundar un diario y la respuesta de León Rupp fue un parrafazo de lugares comunes en el que solo destacó que tratarían de hacer un diario de opinión, “distinto a los de tipo informativo”.

Debe recordarse que aquel final de 1981 era presidente con  olor de multitud el arquitecto Belaunde y la inflación golpeaba a los peruanos. El nuevo diario costaba 100 soles.

-Convocando periodistas

Optimista, Luis Jaime Cisneros anunció ese 9 de mayo de 1981 que el nuevo diario se llamaría “El Observador”, añadiendo que sería “el periódico que observará el diario acontecer más allá del año 2000”.

Fue el día de la primera reunión con los redactores iniciales, en las oficinas del BIC, el Banco de Luis León Rupp en la avenida Larco, como ha contado María Angela Sala quien llegó a la cita con Juan Vicente Requejo y otros. 

“Seremos pluralistas, independientes, defenderemos los derechos humanos, la libertad de expresión” insistía Cisneros, contagiando de ánimo al grupo que iba creciendo. Pablo Truel, experimentado y sereno, fue nombrado jefe de redacción, en las jefaturas de información Jaime Marroquín y Nelvar Carreteros, en Economía Raul Wiener, en Deportes el solvente y experimentado Roberto Salinas, en Cultura Federico de Cárdenas y Luis Freyre, Juan Vicente Requejo en la sección Editorial.

Como la idea de los organizadores era privilegiar la opinión invitaron a un grupo de periodistas a redactar columnas. Y aparecerían textos de profesionales tan conocidos como Jorge Donayre, Jorge Moral, Laureano Carnero Checa, Jorge Luis Recavarren, César Miró, Alfonso Tealdo, Enrique Bernales, Ricardo Napurí, Luis Pásara, Justo Linares y hasta Luis Alberto Sánchez. La lista era realmente plural.

Andando las semanas se unirían Carlos Tovar, Hernán Zegarra, Alfredo Donayre, Homero Zambrano, Gilberto Miranda, César Arias Quincot, César Humberto Cabrera, y, como dijo la colega Sala un puñado de excelentes redactoras como Marlene Polo, Cecilia Manzini, Ana María Byrne, Fietta Jarque, Nelly Apaza, Margarita Muñoz, Marina Robles y otras.

Todo un equipo sólido, experimentado, instalado en el edificio de la avenida Pershing que ya lucía en la fachada “Empresa Editora Vulcano. Diario “El Observador””.

Pero poner a punto un diario es una tarea compleja que requiere niveles óptimos de organización pues debe concordarse la producción de la redacción con la marcha de los talleres (diagramación, fotocomposición), el horario exacto de impresión y el recojo por los distribuidores que los llevarán a los puntos de encuentro con los vendedores, los antiguos canillitas. Si esa maquinaria no está afinada, no hay periódico.

Pero lo peor era que la Policía Fiscal los acusaba de no pagar los impuestos de la flamante rotativa Harris y cuando todo estaba ya a punto ordenó la inmovilización y el embargo, justo una semana antes del lanzamiento.

Todos lamentaban el retraso porque se sabía que Guillermo Thorndike, que también había reunido un buen equipo periodístico se aprestaba a lanzar La República, aunque aliviaba saber que pretendía ser vespertino, como en los antiguos tiempos.

En el Diario Marka, fundado un año antes, se seguía con atención ambos procesos y entrevistaron a Cisneros preguntándole, claro, si Luis León Rupp realmente editaba un vocero de su grupo económico. “Si ese fuera el objeto de este periódico, no veo porqué me hubieran buscando a mí”, contestó.

Pero ese diario estaba herido de muerte desde el principio porque el Grupo Vulcano tenía pies de barro.

 -Los Cisneros y el periodismo

“Los Cisneros nacen con el periódico bajo el brazo” bromeó una vez un veterano colega al hacer la lista de los miembros de esa extensa familia que han estado, o están en el periodismo.

La historia se inicia con el laureado poeta Luis Benjamín Cisneros (1837-1906). Parlamentario, diplomático, decano del Colegio de Abogados, fundó La Gaceta Judicial cuando era fiscal adjunto. Fue, en suma, uno de los más celebrados intelectuales del siglo XIX,

Su hijo Luis Fernán Cisneros Bustamante (1882-1954) optó temprano por el periodismo y la política y se hizo ferviente pierolista y militante del Partido Demócrata. El diario La Prensa era el vocero y desde sus páginas y con su pariente tío Alberto Ulloa Cisneros, hicieron periodismo de combate participando en importantes episodios de la vida nacional y sufriendo persecución, cárcel y destierro (para una biografía completa de Luis Fernán Cisneros remitimos al lector al libro de Manuel Zanutelli “Periodistas Peruanos del siglo XX”).

Su columna “Ecos” ha pasado a la historia del periodismo por su estilo coloquial, irónico y divertido. Sin duda, José Carlos Mariátegui tomó prestado parte del estilo de Cisneros para su igualmente famosa columna “Voces”.

Don Luis Fernán se casó dos veces. Primero con la señora Diez Canseco y luego, al enviudar, con la señora Vizquerra. De ambas ramas surgieron periodistas.

Por ejemplo, Benjamín Cisneros Diez Canseco optó por el periodismo deportivo. Se conoce poco de su actividad pero lo hemos encontrado como fundador de la fugaz revista “Grass” en 1947 y luego en Deportes del diario La Prensa. Fue el promotor de que la empresa Backus comprara el Club Tabaco y lo convirtiera en “Cristal”.

Luis Jaime Cisneros Vizquerra, en cambio, abandonó los estudios de medicina por el estudio de la literatura y la docencia a tiempo completo. Pero no olvidaría al periodismo de cuyas historias había bebido en su juventud, en la mesa familiar. Y no dudó en aceptar cuando su amigo el general Francisco Morales Bermúdez le ofreció la dirección de uno de los diarios expropiados por el gobierno militar en 1974.

“Elegí La Prensa, a diferencia del diario cuya dirección me ofrecía, porque me pareció que era lo que me correspondía como línea biográfica. Pedí libertad absoluta y la tuve”,  dijo hace un año en una entrevista que le hizo Ernesto de la Jara. Alcanzó a estar dos años en el periódico de Baquíjano.

Pero hubo más de la familia en este viejo oficio, como “Niko” Cisneros, periodista de farándula, tradicionalista (La Crónica, Caretas); el gran ilustrador Paco Cisneros (La Noche, Jornada). Y están con nosotros Antonio Cisneros (El Caballo Rojo, El Buho), Claudia Cisneros (Somos) que pasó a la TV, Renato Cisneros (El Comercio).

Dejamos para el final a Luis Jaime Cisneros Hamann, el hijo mayor de nuestro personaje, quien dirige la corresponsalía de la agencia France Presse en Lima y continúa así la tradición familiar.

El afán por el buen periodismo es el común denominador de la familia y Luis Jaime soñaba con hacer de “El Observador” una especie de aula de papel en la que no debía faltar la literatura. Por eso dijo en días previos a la salida:

 “Pensamos poder editar un libro mensual para divulgar los grandes libros formadores… Pensamos producir en épocas escolares una serie de textos que ofrezcan la información que no tienen los textos. El día que los novelistas nuestros acepten lanzar sus novelas en folletos, así como han nacido las grandes novelas clásicas, habremos cumplido toda la tarea… es un lindo reto. Un reto difícil pero que creemos que se puede hacer”.

 -El periodismo de cada día

El flamante “El  Observador” se sumó de inmediato a la oposición al gobierno del presidente Belaunde y enfiló sus mejores armas hacia el Premier, Manuel Ulloa, el propietario del diario “Expreso”. Las razones eran múltiples, como por ejemplo la presencia importante del APRA en el directorio y la redacción del diario; y la reacción lógica del propietario, Luis León Rupp, a quien le acababan de intervenir su Banco, el BIC, haciendo tambalear al resto del Grupo Vulcano.

Pese a las dificultades, incluso para pagar los sueldos, todos estuvieron de acuerdo en seguir adelante y procurar hacerse un espacio propio en el escenario periodístico que parecía ya excesivo pues estaban “El Comercio”, “La Prensa”, “Expreso”, “Correo”, “Ojo”, “La República”, “Marka” y hasta el discreto “Guido” del popular Guido Monteverde.

Pero lograron diferenciarse enfatizando el plan original de Cisneros, buena información y pluralismo en la opinión. Y el propio Luis Jaime aportaba casi diario con “Mi Columna” con buenas viñetas de Adrián Arias.

En los meses que tuvo a su cargo la dirección debió hacer frente al boicot publicitario del Gobierno belaundista que prodigaba anuncios en los diarios, menos en “El Observador”.  Y soportó las amenazas constantes de suspensión de provisión de papel, embargo de la rotativa, etc.

Luis Jaime seguía atentamente las novedades y les dedicaba su columna. Escribió de todo. Sobre los héroes, parques, jóvenes, ajedrez, medicina, playas, universidades, Iglesia, trazó perfiles breves y perfectos de personajes, todo ligado estrictamente a la actualidad y con visión crítica.

Lo acompañaban con sus columnas Raul Wiener (“El Observador” Ecónomico), Rodney Espinel (“El Observador” Sindical), Justo Linares (Sube y Baja), César Miró (Linterna de Diógenes), Mario Belaunte (Tal como lo Veo), Alfonso Tealdo (Mirador), Víctor Tirado (Paso a Paso), Jorge Donayre (Según pasan los Días)  y el joven caricaturista Eduardo (“Heduardo”), entre otros.

Todos ellos, mas analistas invitados como Rolando Breña, Alfredo Barnechea, Hugo Neira, Edgardo Mercado Jarrín, Sonia Luz Carrillo, Ulises Humala Tasso, construían una alternativa que efectivamente ofrecía un rostro distinto y se acercaba al ideal de periódico que debe dar a sus lectores material para decidir e interpretar por su cuenta.

Tuvo días duros como aquellos de abril del ataque inglés a Las Malvinas y lloró como muchos cuando torpedearon el crucero Belgrano. Y dijo en su columna:

“Pienso en esos quinientos jóvenes marineros argentinos que allá en el mar, bajo la inmensa sombra celeste de la patria, sucumbieron en instantes en que estaban realmente fuera del ámbito señalado por  el propio adversario como teatro de guerra. Pienso en todos los jóvenes bajo armas que esperan con justificada ilusión seguir el mismo camino con la frente alta y la puntería asegurada en todo barco inglés. Pienso en las mujeres argentinas que velaron orgullosamente esa jornada por el hijo que así aseguraba a su patria grandeza y libertad, y comunicaba su hondo regocijo con el mar. Pienso en Belgrano y en esa hermosa canción que todos entonábamos en las jornadas patrióticas: ‘Aquí está la bandera idolatrada, la enseña que Belgrano nos legó’.

Abrigados por esa bandera se hallan ahora esos quinientos jóvenes en el mar. Y una aurora radiante cubre el horizonte. No lloran por estos muchachos los jóvenes de América: los envidian y cantan su gloria”.

 -La renuncia irrevocable

“No va más, muchachos, se acabó… la empresa ha decidido suspender la edición del diario”, dijo Luis Jaime Cisneros a sus periodistas la tarde del miércoles 12 de mayo. “El domingo será la última” añadió. Y dice la crónica que publicó el propio “El Observador” que su director hizo el anuncio “con el rostro apesadumbrado y voz emocionada”.

Pero a la tristeza quizá se sumaba algo de alivio porque hasta entonces sostener la edición cotidiana había sido un esfuerzo enorme. 

Era un excelente diario pero no tenía los anuncios suficientes para sostener sus grandes costos y, como se dijo antes, ya el Grupo Vulcano estaba desfondado e incluso su promotor, Luis León Rupp, acusado de estafa, se había marchado a España en febrero dejando sus empresas y empleados al garete.

Pero había hecho esfuerzos por salvar al diario. Por ejemplo, junto con Cisneros, se reunió con los líderes políticos de la oposición aunque no pudo lograr ayuda sustantiva más allá de las promesas de siempre.

Al difundirse la noticia del cierre hubo un alud de expresiones de solidaridad de instituciones, partidos, políticos. Las Cámaras de Senadores y de Diputados emitieron pronunciamientos de respaldo –con el voto en contra de los gobiernistas belaundistas. Todos acusaban el Gobierno de socavar la economía del diario y en particular a Manuel Ulloa, el jefe del Gabinete.

Era verdad que “El Observador” se había convertido en un dolor de cabeza para el Premier porque pese a que no circulaba como otros, economistas como Manuel Moreyra lo criticaban sin descanso.

El jueves 20 de mayo el Grupo Vulcano anunció de manera formal su retiro de la empresa con un largo editorial en que acusó al Gobierno de maniobrar de manera constante en contra. Dificultó, dijo, el desembarque de maquinarias, marginó al diario de la publicidad estatal y agredió al resto de empresas.

Luis Jaime se despidió con tristeza de sus lectores: 

“Tal vez esta columna cierra un periplo. Me suele ocurrir de vez en cuando. Tener que cerrar la casa en que se ha vivido, la ventana que uno abría diariamente para observar el paisaje. Y no poder obtener que la casa se vaya con uno, ni el árbol vecino, ni las caras y las circunstancias que un día preciso sellaron una amistosa colaboración. Pero la vida está llena de estas lecciones. No hay virtud que no tenga su cono de sombra. No hay felicidad que no comporte un lado desgraciado. No hay empeño que no implique fatigas y desasosiegos…”.

Los periodistas formaron un Comité de Lucha para seguir editando el diario y le pidieron a Cisneros que se quedara; luego se organizaron en Frente Unico de Trabajadores y más adelante en Cooperativa.

Pero Luis Jaime ya no pudo acompañarlos y renunció en los primeros días de junio para reincorporarse a tiempo completo a sus tareas en la Universidad Católica.

¿Y “El Observador”? Su control fue disputado ardorosamente por su personal que siempre había sido políticamente disímil, y solo la gran autoridad de Cisneros lo había mantenido unido y su salida precipitó la división. Fue publicado en varias versiones hasta agosto de 1984. Hasta el final siguió siendo un buen periódico.

–FIN–

¿El Obituario del año?

La verdad, nunca habíamos leído un obituario como el que la familia, esposa, hijos dedicaron a don Hugo Saavedra Bustillos (El Comercio, 19.o4.21. p. 17) fallecido a los 85 años. La verdad, también, nos hubiera encantado conocerlo pues a juzgar por el tierno mensaje del obituario y sus antecedentes en la web, debió ser un tipo sensacional.

Leamos la descripción familiar: “Apasionado, romántico, aventurero, pirata cantante en el mundo, buen esposo y mejor padre; quien decidió irse como una bella melodía fantástica, dulce y triste, pero siempre bella, el domingo 18 de abril de presente. Descansa en paz tenor spinto, cacciatore, sampedrano lagartijero”.

Lo buscamos en Internet y encontramos su blog (sampedranolagartijero@hotmail.com) donde hay dos videos. Rodeado de amigos, canta con entusiasmo “Granada” y “Malagueña”, y sus paisanos lo aplauden y festejan. Pone otras fotos, las que firma como “DonCharlesAtlas” y es verdad que lucía un físico envidiable.

Don Hugo había nacido en San Pedro de Lloc y estudiado en el colegio Andrés Rázuri, manteniendo, parece, una estrecha relación con sus condiscípulos que seguramente festejaban sus talentos. Porque también escribía y en su blog cita varios títulos de sus relatos, como “El Espermatoide 3503”, “Los Perros Sedientos”, “A Caperucita de le ha muerto el lobo” y otros que demuestran que don Hugo cultivaba el buen humor.

No tenemos más información porque, repetimos, no lo conocimos, pero estamos seguros de que ese sampedrano lagartijero no será olvidado.

Concha… ¡como cancha!

“Asombro” y luego “¡Qué tal concha!” son las primeras expresiones que se me ocurren al terminar de leer “Plata como cancha” (Planeta, Lima,160 pp.) de don Christopher Acosta. Porque la lista de delitos que atesora don César Acuña, candidato a la Presidencia del Perú (¡nada menos!) es la siguiente (y cito al colega):

“Estafa, usurpación, defraudación de renta de aduanas, fraude en la administración de persona jurídica, falsedad genérica, falsificación de documentos, falsificación de documentos, asociación ilícita para delinquir, desobediencia y resistencia a la autoridad, contaminación ambiental, fraude electoral, ejercicio ilegal de la profesión, alteración de resultado electoral, corrupción de funcionarios, colusión, negociación incompatible, lavado de activos, maltrato físico y psicológico, abandono, usurpación de funciones, plagio y reproducción y difusión ilícita de obras”.

¿Y cómo es posible que no esté preso? -preguntará cualquier ingenuo connacional. Sencillo: es que don César Acuña… tiene plata como cancha (frase registrada en Indecopi y que pirateamos en esta oportunidad).

César Acuña pensando

El autor de la investigación que ahora, efectivamente, se debe estar vendiendo como cancha, tiene un curriculum notable. Periodista profesional, ha sido becado por la Fundación García Márquez,  el Lincoln Institute, la Georgetown University, ha ganado premios importantes por sus textos en la revista “Poder” y etc.

Acuña debe haber sido uno de los primeros lectores del libro, acudiendo de inmediato a sus acorazados legales, los Estudios de Ghersi y de Nakazaki, abogados que lo han librado de la cárcel por su astucia abogadil en el manejo de la parafernalia judicial y su habilidad para negociar con los afectados… que es el último extremo de Acuña cuando todo indica que hay que tomar una decisión: o la compensación económica, o “Sarita Colonia”.

Ahora los abogados tratarán de impedir la circulación del libro porque “plata como cancha” es una frase inscrita en Indecopi por Acuña hace hay varios años. Se enfrentarán a los abogados de la poderosa editorial Planeta que en su versión criolla dirige el no menos ilustrado periodista Jerónimo Pimentel.

Hay muchas historias de frases patentadas; y quizá la más famosa y controvertida sea “I have a dream” de un discurso que pronunció el célebre pastor protestante Martin Luther King en agosto de 1963y que fue patentado por la viuda. El discurso completo lo vende la familia en Dvd a módicos 20 dólares. También el entrenador del Atlético de Madrid, el “cholo” Simeone, ha registrado varias frases, como “Partido tras partido”, y otras.

Pero no dejamos de manifestar nuestro asombro por la velocidad con que don César Acuña ha logrado amasar una fortuna tan copiosa. Qué lástima que “Selecciones” esté ya tan desvalorizada porque Acuña sería, sin duda, un gran “Mi Personaje Inolvidable”.

Historias que deben ser contadas

“¡Coche a la vista!” pareciera nada más que la crónica de un fugaz episodio deportivo ya irrepetible pero es la historia de un puñado de automovilistas esforzados que debieron superar la incertidumbre provocada por el golpe militar del general Manuel Odría, en octubre de 1948. Habían sorteado muchos obstáculos desde su partida de Buenos Aires y los aguardaban en Caracas, pero nadie jamás imaginó que al llegar a Lima estarían en el medio de una tormenta política que por poco acaba con la gran carrera.

“Sendero Luminoso” llegó a poseer un periódico, “El Diario”, heredero lejano no deseado del “Diario de Marka”, una insólita aventura empresarial de unidad de la izquierda y que terminó en manos subversivas. Fue finalmente clausurado en 1989 y sus redactores perseguidos y algunos huyeron, como el director Arce Borja que estaba en Europa cuando la directora encargada, Janet Talavera, fue arrestada, juzgada y condenada. En abril de 1992 el presidente Alberto Fujimori ordenó el asalto de la cárcel de Lurigancho donde cumplían condena decenas de senderistas, hombres y mujeres. La policía desató una matanza irresponsable y desmedida asesinando a líderes y entre ella a la periodista Janet Talavera.

Efraín Ruiz Caro era político y periodista; había sido uno de los fundadores del vespertino “Ultima Hora” en 1950, luego diputado, militante destacado del Partido Social Progresista y en 1986 decidió volcar su enorme experiencia en un nuevo diario,  “La Voz”. Pero debió enfrentar a enemigos importantes como la desunión e incomprensión de las izquierdas y el boicot publicitario del gobierno de Alan García además de su desastrosa política económica. Batalló dos años. Fue el último diario de izquierda de la historia de nuestro periodismo.

Carátula de Juan Luis

La familia Cisneros ha tenido y tiene en sus filas a destacados periodistas, literatos y académicos. Es difícil decidir quién fue mejor o más influyente pero quien destacó en su porfía por manejar un diario que fuera serio y responsable fue Luis Jaime Cisneros. Lo que lo diferenciaba era su preparación académica pues era profesor importante de la Pontificia Universidad Católica del Perú y no vaciló en dirigir “La Prensa” expropiada por los militares para luego asumir con audacia la experiencia del diario “El Observador”.

Uchuraccay es el nombre de un lejano poblado ayacuchano que los periodistas nunca olvidarán porque allí fueron masacrados ocho colegas por campesinos azuzados por las fuerzas del orden en 1983, durante dura campaña contra “Sendero Luminoso”. El caso alcanzó niveles de escándalo nacional y el presidente nombró una comisión investigadora presidida por el ya renombrado Mario Vargas Llosa. Un año más tarde, un agresivo juez lo acusó de ayudar a ocultar la verdad.

En 1976 los militares revolucionarios dieron un nuevo verdadero golpe de estado, pero esta vez a la cultura cuando se concedió el importante Premio Nacional en la categoría de Arte a un gran artesano, el célebre retablista ayacuchano Joaquín López Antay. La decisión dividió al mundo del arte y se cruzaron múltiples quejas y hasta diatribas de quienes consideraban la artesanía como un arte menor.

El afán de conocer desde dentro mundos urbanos que suelen permanecer ocultos ha sido siempre un deseo de importantes periodistas. Y en nuestro medio recogimos tres experiencias tan inolvidables como enriquecedoras para los aspirantes a reporteros. Isaac Felipe Montoro pidió limosna en el centro de Lima, José María Salcedo simuló locura para introducirse en el manicomio y la intrépida Consuelo Chirre hizo de prostituta en la avenida Arequipa.

Siempre ha sido difícil reunir a los periodistas en una sola institución pero en 1917 el joven y talentoso reportero José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar, César Falcón y otros lograron fundar el Círculo de Periodistas granjeándose de inmediato la ojeriza de los dueños del influyente diario “El Comercio”. Cuando un grupo de periodistas acompañaron a la bailarina Norka Rouskaya a danzar en el cementerio, se desató una avalancha de insultos y desavenencias que condujeron finalmente a la disolución de la experiencia gremial. Nunca más se unirían los periodistas en una sola institución.

Los motines en las cárceles se han repetido con cierta frecuencia. No son novedad. Pero esta vez la psicóloga Amelia Ríos y sus compañeros de trabajo debieron soportar una experiencia distinta porque la televisión logró instalarse frente al penal El Sexto transmitiendo “en vivo y directo” escenas espeluznantes, que los propios reclusos también veían en un televisor de la cárcel.  Un feroz asalto policial puso fin a la aventura, pero las heridas persiguieron a la psicóloga hasta su muerte.

En la sureña Tacna donde el magnate pesquero Banchero Rossi había fundado en 1962 el diario “Sur”, el primero de su gran cadena, no pasaba nada, no había interesante que noticiar pero un día llegó al aeropuerto un gigantesco avión del que salieron soldados norteamericanos que armaron un helicóptero que se elevó hacia las cumbres andinas. Y es que se había estrellado un avión boliviano que llevaba, entre decenas de pasajeros, a dos diplomáticos cubanos que quizá portaban secretos en un maletín que la CIA quería descubrir.

Un apreciado periodista dividía en dos tipos las historias periodísticas: las que se contaban solas por la importancia o rareza del suceso, y las que según el cronicante merecían ser contadas para que se conocieran.

¿Ejemplos de historias imbatibles que siempre serán contadas? Citemos un puñado: el naufragio del insumergible Titanic, el asesinato del presidente Kennedy, la supervivencia de los jóvenes uruguayos en los Andes, la sorprendente salvación de la joven Koepcke, la captura de Abimael Guzmán, el rescate inverosímil de los mineros chilenos, las Torres Gemelas y un largo etcétera. De historias así se han ocupado periodistas famosos que desplegaron sus mejores herramientas literarias para contarlas.

Nosotros preferimos las segundas porque son episodios breves de historias mayores que cuando un especialista las aborde no podrá ignorarlos. Así entonces, lo que proponemos en este conjunto de narraciones son instantes decisivos que forman parte de un proceso histórico que conduce de manera inevitable hacia un final dramático.

Creemos que cada una de estas historias serviría para nutrir una narración mayor, un libro. Serán los lectores finalmente quienes juzgarán su valor. Nos alegraría mucho si cumplieran tal propósito.

Algo más. La mayoría de estas historias no han conocido la tinta porque fueron publicadas en forma de capítulos breves en mi blog y a lo largo de varios años, como puede comprobarse si lo visitan:

Juan Gargurevich … cosas del periodismo:  https://tiojuan.wordpress.com

 Juan Gargurevich Regal

Lima, 2

Periodista se calatea

“¿Qué haría usted si se encontrara un hombre desnudo en la calle? ¿Lo vestiría o lo denunciaría?”.

Así comenzó el relato de su divertida experiencia el reportero Francisco Castillo L. de la ya fenecida revista “Zeta” en marzo de 1981. Es probable que presionado por su director para que regresara a la redacción con una crónica digna de ser publicada, decidió que él mismo sería el actor de dicha historia. ¿Cómo? Desvistiéndose y saliendo semidesnudo a las calles principales de Lima, contando mentiras, recogiendo reacciones y opiniones, seguido discretamente por un reportero gráfico que perennizaría la aventura.

“Zeta” era un quincenario que pretendía ser audaz para su tiempo. Los militares la hubieran clausurado en el acto pero la democracia renovada de los ochentas abrió puertas a la libertad de prensa y “Zeta” encontró solitario el espacio para el erotismo y la irreverencia, además de fotos. Lástima que fuera tan insulsa y grosera. Por ejemplo, en la edición donde encontramos la historia del periodista calato había extensos artículos: “Sadismo, sangre y leche para el placer”, “Antipasto Gagá desde el 5 ½” con varias páginas de fotos de autos entrando a los ya desaparecidos “nidos de amor” pasajeros, “Travestis manejan mafia en París”, “Burdeles en La Victoria. Con los días contados”, “Arzobispo maricón hace misa”, “Un polvo en la vía pública”, etc. y abundancia de desnudos.

Provocando tumulto en el centro

El colega Castillo se desvistió en el auto de la revista y en calzoncillos y calcetines inició su aventura en la avenida Javier Prado.

Su primer abordaje fue en la puerta del otrora cine Orrantia a una guapa joven que le preguntó si lo habían asaltado. “No señorita… es que… yo estaba en una casa con una amiga, una señora… y resulta que llegó el marido ¿comprende? No tuve tiempo de coger nada… toda mi ropa se quedó ahí y tuve que salir por la puerta falsa ¿ve?”

La joven le contestó con energía. “¡Bien hecho, por vivo!” y se fue. En otro intento, una señora preguntó “Ajá, ¿y qué vecina era?

Luego tocó puertas y hasta le ofrecieron un café. Siguió entonces a Petit Thouars donde un ropavejero le regaló una camisa sucia luego de escuchar con paciencia una historia de asalto. Volvió a Javier Prado pero un grupo de jóvenes agresivos comenzó a insultarlo: “Maricón…báñate…cochino… cojudo… calzonudo…”.

Después Miraflores, la avenida Larco, donde solo atrajo sonrisas y curiosidad sin lograr que nadie lo escuchara. Cruzó entonces hacia el legendario Café Haití donde un joven le regaló cinco soles. Los turistas ni lo miraban siquiera.

Ya cansado, pidió que lo dejaran en la Plaza San Martín, en la puerta del cine Colón y comenzó a contar la historia del asalto pero aquí llamaba ya mucho la atención. Y cuando llegó a una tienda de camisas baratas la empleada lo amenazó con un palo convencida que estaba haciendo frente a un loco: “¡Si no sale lo agarro a palazos!”

«Señorita, ayúdeme, tuve que escapar de marido celoso»

Finalmente, un hombre pidió a los numerosos curiosos que hicieran una colecta para ayudarlo: “Desaparecieron como por encanto” dice el reportero que rechazó agradecido un billete del samaritano. Termina su crónica diciendo: “No se molesten amigos, son ustedes muy amables, pero ahí llega un amigo con su auto y me llevará. Gracias. Hasta pronto”. (Zeta. Lima, marzo de 1981. Nro. 20. Ediciones ZETA. Pp.3-13).

El Huáscar, chileno… (II)

-La epopeya del Manco Capac

Capturado por Chile, repetimos, el monitor Huáscar fue llevado primero a Antofagasta y luego a Valparaíso, donde fue recibido con ovaciones de una multitud, cañonazos, banderas, discursos, himnos, condecoraciones a los vencedores, ascensos…

No hubo necesidad de remolcarlo luego de Angamos pues, para suerte de los chilenos, las máquinas casi no sufrieron averías. Los daños principales estaban en la cubierta y los cañones, todo lo cual fue reparado con tanta prontitud que en pocas semanas pudo ser habilitado para combatir. Pero primero había que exhibirlo y entonces lo llevaron a varios puertos enarbolando una gran bandera que lo consagraba como chileno.

El Huáscar en reparación por los chilenos

Fue incorporado a la armada sureña bajo el comando del capitán de fragata Manuel Thompson, muy experimentado y orgulloso, claro, de ocupar el lugar de Grau.

Así, en febrero de 1880, se unió a la corbeta Magallanes para iniciar el bloqueo y ataque del puerto peruano de Arica, que tenía como defensa principal varios cañones en el Morro apuntando hacia el mar.

El cañoneo entre ambos bandos fue largo y fue evidente desde el primer día que los peruanos habían elegido como blanco principal al Huáscar.

El Perú había enviado al sur al casi inútil monitor Manco Capac, comprado hacía varios años a los Estados Unidos junto con su gemelo Atahualpa. Había sido una pésima adquisición pues tuvieron que ser remolcados desde la costa Este del país del norte tardando en llegar al Callao ¡16 meses!

Luciendo bandera chilena, el Huáscar en exhibición en puertos del sur

Al iniciarse la guerra lo llevaron a Arica para utilizarlo como batería flotante pues pese a que casi no podía navegar tenía poderosos cañones que bien podían hacer estragos en el enemigo, como veremos ahora.

El 27 de febrero comenzó temprano el cañoneo y para sorpresa general, el Manco Capac comenzó a moverse en dirección al Huáscar. El corresponsal del Mercurio escribiría “De repente se notó a bordo de la Magallanes que el Manco-Capac , anclado a la derecha del Morro, dejaba su fondeadero i se dirigía hacia el Huáscar, con el objeto evidente de arrastrarlo a un nuevo combate (…) El comandante Condell (de la Magallanes) fue inmediatamente  a bordo de su buque (…) y las dos naves chilenas levaron apresuradamente sus anclas”.

“El Manco-Capac, mientras tanto (continúa el periodista chileno) permaneció largo rato parado i en observación, al norte de la isla del Alacrán, esperando sin duda que se le acercasen nuestros buques; pero el Huáscar, aunque con su ancla izada i la máquina lista, no se movía, dejando que el Manco Capac se le acercase mas i mas a fin de separarlo de las baterías. La Magallanes hizo entonces rumbo a toda fuerza sobre el  monitor peruano, i de una vez a tiro rompió sobre él un vivo fuego con sus dos cañones de a 70 i el de a 115… pero el Manco Capac, desdeñando contestar los tiros de la cañonera chilena, que no podía hacer mella en su gruesa coraza, o conociendo que no podía alcanzarlo con sus cañones de ánima lisa, no contestaba los fuegos i continuaba navegando en dirección al Huáscar”.

(Debemos agregar que el Manco Capac solo lograba navegar a poco más de dos nudos, unos cinco kilómetros por hora).

Luego de varias maniobras, el monitor peruano logró colocarse a 200 metros del Huáscar “i con sus grandes cañones de bala esférica de 500 libras, lanzaba sobre su adversario repetidos disparos que resonaban con estrepitoso fragor contra los flancos de nuestra nave”.

A las dos de la tarde un cañonazo del Manco Capac acertó en la torre de control del Huáscar matando al comandante Thompson, de la misma forma que los chilenos mataron a Grau: “…La muerte fue instantánea -describe el periodista- no quedando mas restos del comandante del Huáscar que el brazo derecho y la cabeza. El cuerpo, reducido a menudos fragmentos, sembró de sangre la toldilla i parte de la cubierta, pero el rostro conservó la misma expresión serena que lo animó desde el principio del combate…”.

La batalla por Arica siguió por semanas y el Manco Capac castigó todavía más a los invasores, le acertó al blindado Cochrane matando algunos marinos, otro cañonazo casi hunde a la Covadonga, que tuvo que huir del combate. Y así hasta la toma del legendario morro el 7 de junio de aquel 1880. Entonces, el capitán del Manco Capac peruano, José Sánchez Lagomarsino, ordenó el hundimiento de su navío. Y allí, al pie del morro, yacen los restos del casco del monitor, que muchos años después fueron encontrados por buzos chilenos.

El Huáscar fue reparado y enviado al bloqueo del Callao en mayo del 81. El resto de la historia ya es muy conocido.

(Agregamos un breve reportaje chileno sobre el Huáscar. Vale la pena verlo y admirarse de como aquel pequeño navío, gracias al Almirante Grau, hizo temer a Chile):