Tarde con Gutemberg

Una tarde con Gutenberg

No pude armar ni una sola línea con los tipos movibles,. Pese a las indicaciones de un jovial tipógrafo que trató de ayudarme en el trance, mis torpes dedos se negaron a viajar en el tiempo a encontrarse con Gutenberg. Pero me consolé cuando vi que a mi lado, venerables profesores luchaban también sin éxito con el viejo “componedor” inventado en Maguncia hace 525 años.

Estábamos inaugurando aquella tarde el sensacional ”Museo Vivo de la Comunicación” en una pequeña casa de un igualmente menudo pueblo del sur de Brasil, Taquarí, a un par de horas de Porto Alegre.

Toda una historia. Hace algunos años, profesores del Centro Universitario Univates tuvieron noticia de que en el hermoso valle de Taquarí circulaba un semanario confeccionado e impreso con la tecnología más antigua, con máquinas de principios del siglo 19. Y comprobaron que su propietario, Plinio Saraiva, era el empeñoso propietario, editor, redactor, administrador, acompañado de un puñado de tipógrafos del pueblo que habían sido entrenados por sus padres y sus padres.

Don Plinio Saraiva se acercaba a los 100 años cuando fue visitado por los académicos que comprobaron, casi atónitos, que en aquella casa que solo exhibía una pequeña placa que decía “O Taquaryense” se escondía un verdadero tesoro tipográfico, esto es, un semanario compuesto íntegramente con tipos movibles, a mano. En una pequeña estancia se reunían, por ejemplo, una impresora de palanca como la que usaron los fundadores de “El Comercio” de Lima en 1839 y un poco más allá lo que fue considerado moderno, una rotoplana “Marinoni” de 1860, comprada usada por su fundador, el primer Saraiva, para lanzar el semanario en julio de 1887. Además de los “chivaletes” y cortadoras a presión manual.

“O Taquaryense” fue fundado por Albertino Saraiva para satisfacer la necesidad de información de los pobladores del valle. Asturianos, portugueses, italianos, alemanes, se habían asentado allí desde comienzos del siglo 19 y prosperaban y se tornaban “gaúchos”, mezclando culturas y haciéndose, finalmente, brasileños.

El hijo Plinio compartía el trabajo de tipógrafo en el semanario con un empleo de control de lluvias y luego fue nombrado Escribano del pueblo hasta que se jubiló en 1959.

Para entonces ya en Taquarí llegaban los diarios modernos de Porto Alegre convertida en una gran ciudad, la economía cambiaba y los agricultores iban a las fábricas o se hacían comerciantes y don Plinio debió enfrentar el dilema de cerrar el semanario porque ya muy pocos preferían sus cuatro hojas mal impresas en comparación de los colores modernos.

Entonces decidió invertir su jubilación en mantenerlo y persistió hasta que lo sorprendió la muerte en agosto del 2004, cuando acababa de cumplir los 101 años.

Hoy lo que era menoscabo, es decir, su retraso técnico, se ha convertido en ventaja pues tener en las manos “O Taquaryense” es todo un suceso.

El coordinador del proyecto que patrocina el Centro Univates es Leonel José de Oliveira, un joven entusiasta que organizó la reunión a la par con el Centro Feevale de la cercana Novo Hamburgo, donde se realizó la cita de profesores de la comunicación a la que asistí. En verdad, no podían haber diasfrutado de mejor espectáculo aquel ciento de historiadores que asistir a la confección de un periódico al mejor estilo del viejo Gutenberg. El Centro Univates, junto con la familia Saraiva, están decididos a mantener viva la publicación y, sobre todo, a conservar aquellas máquinas que lanzan “O Taquaryense” cada semana desde 1887.

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