Felix Oliva

Félix, un año

¿Porqué apreciábamos tanto a Félix Oliva? En estos días se cumple un año largo
de su desaparición y todavía la noticia nos abruma como si hubiera sido ayer.
Y es una buena ocasión para preguntarnos, repito, la razón del cariño
particular que le teníamos todos.
Como todos las personas influyentes y notables, de vasta obra, ofrecía muchas
ventanas para observarlo y apreciarlo. Yo les contaré de la mía.
Conocí a Félix en los años 70, en una época cercana al frustrado proyecto
velasquista y cuando manejaban el país los generales que lo reemplazaron y que
convirtieron el sueño en simple dictadura.
Félix había sido, por supuesto, partidario de las reformas centrales de
aquella primera etapa y elogiaba con entusiasmo a los primeros militares. Pero
con una mirada singular pues no tenía una rígida visión ideologizada y mucho
menos politizada. Era, ni más ni menos, que un apasionado partidario de la
justicia, del bien, de la bondad y su discurso de reclamo por el cambio era de
lo que llamamos a veces, emoción social.

Esta emoción social lo había hecho participar en el proyecto belaundista de
los años sesenta y era, y fue hasta el final, la que movilizó sus opciones
políticas coyunturales aun cuando éstas chocaran con las ideas de sus amigos
más cercanos. Era, en suma, un porfiado y vehemente pregonero de la justicia
social.
Pero lo importante es que Félix era un formidable artista -no sabemos si mejor
ceramista que pintor o viceversa- de gran reconocimiento, que supo como pocos
aplicar sus indignaciones ante la injusticia a su producción artística
logrando una combinación de arte comprometido muy difícil de realizar y
equiparar.
Nunca fue, como podría alguien suponer equivocadamente, un artista al servicio
del realismo artístico de consigna. Félix volcaba sus violencias de manera
diversa y absolutamente personal en cerámica y pinturas y por eso los que
hemos conocido sus obras hemos observado un conjunto de expresiones
aparentemente dispar y desordenado. No hay tal porque si se observa bien, hay
una línea constante de alegato social que llegará hasta sus últimos Sanchos y
Quijotes.
Tengo a la vista una bella cerámica de Félix. En 1978 publiqué un libro sobre
José Carlos Mariátegui, personaje que nuestro amigo admiraba con la pasión, y
puse como epígrafe una frase que le gustó: “Mi vida es una flecha que ha de
llegar a su destino”. Poco después me invitó a pasar por el legendario Billar-
T, el taller donde se advertía que “Se toca con los ojos” y me enseñó la obra:
un conjunto de hombres, con cascos proletarios y chullos, sosteniendo juntos
una enorme flecha y debajo el epígrafe citado. La expuso públicamente y luego
me la regaló.
No es la única presencia de Fèlix en mi casa porque, como sabemos, cultivaba
la amistad con un tesón admirable y no olvidaba nunca un cumpleaños. Y muchas
veces me trajo regalos hechos especialmente para mí como la sencilla jabonera
que uso y que tiene como fondo una graciosa caricatura mía.
Tanto que decir de Fèlix. Pero no quiero terminar este breve recuerdo sin
olvidar que sus amigos eran siempre los mejores. Apreciaba por supuesto a
pintores, ceramistas, periodistas, poetas, pero a quienes estimaba por encima
de todo era a sus amigos, que ponía por encima de todo. Tanto, que a veces sus
elogios sonaban algo desmedidos pero reflejaban el sincero cariño que nos
tenía.
Como pocos, Félix nos enseñó a apreciar el valor de la amistad. La verdad, no
hay otro como Bimbo. Por eso lo queríamos tanto y lamentamos tanto su partida.

Juan Gargurevich

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