Marito, Bryce y yo

Bryce y yo…

Recordarán que alguna vez les conté de cuánto nos parecemos Mario Vargas Llosa
y yo pues nos gusta escribir, amamos la fama, el dinero y vivir en Londres y,
para colmo, somos arequipeños. Es verdad que algunas coincidencias no se me
han realizado plenamente todavía, pero, quizás, un día de estos…
Y ahora descubro que también tengo puntos de encuentro con el gran escritor
pero antipático Alfredo Bryce: el odio a los perros callejeros.
Si ustedes logran llegar casi hasta el final del segundo tomo
de “Antimemorias” de Bryce, leerán sobre su casa de Las Casuarinas, “Hillside
Drive”, y su imposibilidad de caminar en paz y debido en gran parte al acoso
de admiradores, vigilantes.. y perros.
Pero los perros de Bryce, de los que se defendía con dos bastones fantaseando
con ensartarlos cual anticuchos, eran de categoría, de las mejores marcas, de
dueños de cuello duro. En cambio los míos…
En los años sesenta volví a la viejísima casa familiar de la novena cuadra del
jirón Ica, en pleno barrio de Monserrate, luego de una triste historia
personal que no viene al caso. Y qué suerte tuve pues conseguí trabajo en el
diario “Expreso”, a escasas tres cuadras de la casona.
Entonces, cada noche (o mejor, cada madrugada pues así era el periodismo en
esa época), luego de cerrada la edición, emprendía el viaje a la casa. Como en
las películas, mis pasos resonaban, solitarios, y hasta despertaban ecos en
los rincones de las enormes casas de vecindad.
Pero cuando llegaba a la cuadra ocho, a la calle La Medalla, pese los
esfuerzos que hacía por no hacer ruido, una jauría de perros ululantes y
agresivos me cortaba el paso. Eran por lo menos una docena que brotaban de dos
callejones y se negaban a dejarme pasar. Chicos, grandes, lanudos, sarnosos,
huesudos de razas indescifrables, todos se unían en mi contra.
Intenté entonces dar un rodeo para evitarlos pero a la vuelta había un garaje,
una cochera, con una jauría parecida que había decidido que yo no podía pasar
por ahí por ese su territorio nocturno.
Cuando salía a trabajar, en la tardecita, rumbo a “Expreso” ahí estaban,
tumbados en la vereda, mansos de solemnidad, hasta tímidos. Pero apenas caían
las sombras se me transformaban en peores que los sabuesos de los Canterville.
Comencé entonces a defenderme. Conseguí una especie de bastón con que los
amenacé y juro que sentí que se rieron entre ladrido y ladrido; luego me llené
los bolsillos de piedras y los agredí noche a noche armando unos escándalos de
película hasta que una madrugada le acerté al más grande, al líder, en plena
nariz supongo. Lloró de dolor y escapó, seguido por sus secuaces; y tuve
algunos días de descanso aunque siempre llevando mis armas de reglamento pero
se recuperaron del trauma y me siguieron persiguiendo pese a los proyectiles.
Pocos meses después mi querido cuñado Guillermo me vendió un auto soberbio, un
gran Ford del 52 y , claro, alquilé un lugar en la cochera aquella. Y retornó
la pesadilla pues en la esquina de mi casa se me juntaban ambas bandas y
ladraban y gruñían hasta la exasperación.
Se me ocurrió entonces la venganza, esto es, el asesinato puro y simple de
aquellos monstruos que no me dejaban llegar a dormir. Y poniendo manos a la
obra, a eso de las tres de la mañana de un fin de semana di varias vueltas a
la manzana persiguiéndolos con mi carrazo pero la verdad, no le acerté a
ninguno. Eran demasiado hábiles para mi torpeza en el timón.
“Si no puedes vencerlos, únete a ellos” cita Bryce –en inglés, claro- en su
libro. Y esa fue la solución final. De casualidad, llevando unos biscochos
arrojé uno al grandote pues el mordisco parecía inevitable y pronto se
tornaron buenos camaradas, siempre y cuando, claro, los proveyera de insumos.
Porque a diferencia de los canes pitucos, “casuerineros”, del escritor, los
de Monserrate se morían de hambre y pactaron conmigo: trozos de chancay con
mantequilla por el paso a la casa y de cuando en cuando una hotdog con mostaza.

Tío Juan

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