Amor de 28

-Amor de Fiestas Patrias

“Sabía desmayarse y disforzarse” escribió Ricardo Palma, al trazar el delicado recuerdo que dedicó a Rosita Campusano. Y dijo también, quizá suspirando con terneza: “…era toda una mujer, y sin escrúpulo, de haber sido yo joven en sus días de gentileza, me habría inscrito en la lista de sus enamorados”.

Todos coinciden en que la mujer era encantadora y tanto, que inflamó de amor a José de San Martín en la primera tarde que la visitó en su casa de San Marcelo para agradecerle sus cartas patrióticas, su ayuda; y satisfacer su curiosidad porque aquí en Lima todos los militares, al final, brindaban por Rosita.

Es verdad que había nacido en Guayaquil pero era limeña por los cuatro costados, como también su gran amiga Manuelita, la Sáenz, que conquistó a coquetería limpia a Simón Bolívar. Ambas han pasado a la historia como amantes de los Libertadores pero deberían figurar como Próceres.

Rosita llegó a Lima veinteañera, en brazos de un español adinerado que fue el primer encandilado por las virtudes de la dama. Bailaba, decía frases ingeniosas, tocaba el clavecín y la vihuela, cantaba y, por supuesto, dicen sus biógrafos, sabía leer y escribir.

El amante le puso una buena casa y pagó con gusto las veladas que organizaba los fines de semana a las que llegaban condes y marqueses que curioseaban la pequeña biblioteca de Rosita que tenía, según una acusación de la Inquisición, hasta “libros pornográficos”.

En 1820 la bella estaba en brazos del general Domingo Tristán pues había despachado al español y ya participaba en conciliábulos revolucionarios y le escribía a San Martín. Pero seguía recibiendo en sus veladas y dicen que hasta el Virrey La Serna la enamoraba.Rosita era ya en esos meses toda una subversiva que aprovechaba las informaciones que circulaban en las altas esferas limeñas. También ayudaba a convertir para la causa a militares realistas, como Tomás de Heres, del Batallón Numancia, a quien convenció de unirse a los patriotas.Al iniciarse el Protectorado, en 1821, Rosita Campusano era la amante formal del Libertador y aunque éste no la llevaba a salones (como haría después Bolívar con Manuelita) todos sabían de los amores, de la enorme influencia de la delicada limeña y de allí su apodo de “La Protectora”.

Cuando El Protector creó la Orden del Sol no olvidó a las mujeres y decretó que 112 damas y 32 monjas serían “Caballeresas” y entre las primeras estuvo, por supuesto, nuestra Rosita. A todas les impuso una banda bicolor de seda y con letras de oro que proclamaban “Al patriotismo de las más sensibles”.

San Martín se marchó sin mirar atrás cuando llegaron Bolívar y su Manuelita, una fiera en comparación a la Campusano que se retiró con tristeza a esperar noticias de su amado lejano. Inútil. San Martín no la vio más.Rosita impresionó a Palma cuando la conoció y describió así: “…frisaba los cincuenta, delgada, de mediana estatura, color casi alabastrino, ojos azules y expresivos, boca pequeña y mano delicada. Veinte años atrás debió haber sido mujer seductora por su belleza y gracia y haber trabucado el seso a muchos varones…”.

Murió hacia la mitad del siglo XIX, sola, pobre, en un par de habitaciones que le prestaron en el segundo piso de la Biblioteca Nacional. Se había casado finalmente en 1833 con un alemán que pronto la abandonó; tuvo un hijo que se hizo militar y murió en alguna guerra civil.Solo se ha escrito, que sepamos, una breve historia de este amor que todavía aguarda un buen relato porque esa Rosita, como diría Palma, debió haber sido toda una “mujer-mujer”.

¡Feliz 28!!!!

Tío Juan

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