Los 15 de Mario Vargas Llosa

-La vieja manía de escribir

Algunos sobrinos me reclaman presencia porque es verdad que hace un par de semanas que no envío nada para honrar los contratos de “Cucú Press”. Pero es que he estado muy ocupado.
Les contaré: en el último verano emprendí a fondo la tarea de buscar información para contar los tiempos de iniciación en el periodismo de Mario Vargas Llosa, en “La Crónica” de 1952. No fue difícil porque tenía el testimonio de Carlos Ney Barrionuevo, uno de los periodistas que lo recibieron en enero de aquel año y que lo ayudaron a aprender la Pirámide Invertida. Con la colección del diario delante, seguimos los casos locales, policiales que “cubrió” el joven reportero y localicé cinco artículos que no han vuelto a publicarse y que será interesante divulgar como ejemplo de la precocidad del futuro escritor.

El libro –una crónica sencilla y extensa- ya está terminado y se llama “Vargas Llosa, Reportero a los 15 años” y verá la luz en pocas semanas publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Católica. Y para que no digan que miento, aquí va como primicia la primera página:

“Corrían los primeros días de enero de 1952 cuando padre e hijo esperaron con calma que el enorme y ruidoso tranvía saliera despacio del paradero inicial traqueteando rumbo a Chorrillos, luego cruzaron el pasaje Cueva hacia la vieja casona de Pando, en el jirón Carabaya a pocos metros de la Plaza San Martín. Saludaron en la entrada al portero La Rosa que leía repantigado en la silla de la pequeña caseta y quien les contestó con un gruñido de antiguo conocido y penetraron en el pasillo oscuro, casi tenebroso, que conducía a un patio central y la escalera.
Antes de los escalones de mármol, a la derecha, una ventanilla anunciaba “Publicidad”; más allá, en el medio, un cuartucho y artículos de limpieza; al fondo, por otro pasadizo, se distinguía cierto trajín de obreros pero sobre todo se percibía aquel entrañable olor a plomo que los periodistas sabían reconocer.Pese al sol que bañaba Lima, la casa no podía librarse del olor a viejo y guardado que surgía de sus rincones. Cuando llegaron al final de la escalera Mario no pudo evitar echar una mirada rápida a la puerta del fondo, de vidrios con cortinas que impedían ver el interior. Era la parte prohibida de la casona, donde vivía el director con su esposa y dos hijas guapas, distantes, inalcanzables, invisibles para los curtidos redactores.
-Vamos, don Santiago nos está esperando en su oficina –urgió Ernesto Vargas a su hijo Mario, un jovencito alto y delgado, de rostro enjuto en el que destacaban sus dientes de conejo que se hacían más grandes cuando sonreía. Tenía motivo para estar contento, iba a convertirse en periodista luego del par de duros años en el Colegio Militar “Leoncio Prado” y al que ya no volvería jamás.”

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