Perú Chiquito

¿Conoces el Perú de verdad?

Para conocer el Perú profundo, caótico, desordenado, despelotado, basta con ir a dos lugares: la avenida Abancay… y el aeropuerto internacional. En ambos lugares se expresa mejor que en cualquier lugar el carácter de los peruanos. Las mejores expresiones de ventajismo, mañoserías, corrupción, desorden, abuso de pequeños poderes, incapacidad policial, confusión extrema, se dan de manera generosa en ambos.

Soy caserito de la avenida Abancay desde hace muchos años y por tanto testigo, actor y víctima de aquel despelote urbano.

Por lo menos una vez por semana trepo al enorme bus de la Línea 9 (“!Todo Abancay! ¡Todo Abancay!!) que recorre la avenida Petit Thouars, dobla por 28 de Julio, encara la Plaza Manco Cápac y se sumerge en la amplia avenida de cuatro carriles donde impera la Ley de la Selva.

Todo es posible en esa avenida que un amigo llama “Perú Chiquito”. En mis viajes semanales a la Biblioteca Nacional he sido bolsiqueado, estrujado, asaltado en dos ocasiones y siempre a punto de ser atropellado por algún microbús conducido por los daltónicos y sordos choferes criollos. Soy perseguido de manera implacable por los llamadores de los reyes de la foto carnet para DNI, por lustrabotas, compradores de oro, flanqueado por escaperos que me empujan hacia la pared, escrutado y hasta palpado por probables asaltantes… todo es peligro hasta llegar a la Biblioteca Nacional donde un desconfiado vigilante me exige documentos, advirtiendo mi aspecto de terrorista y consintiendo al final que puede ingresar a ese templo de la cultura.

Al acercarse el mediodía se debe cerrar las ventanas de la Sala de Investigaciones porque la marcha del día intranquiliza a los lectores. Un alucinante concierto de pitos, matracas, lemas, bocinazos invade la Biblioteca y a veces llega el aroma de una que otra bomba lacrimógena como indicio de la batalla que se libra un par de cuadras más allá, en la Plaza del Congreso.

Al salir, no es posible tomar taxi en la puerta del edificio pues está prohibido que los automóviles se acerquen a la vereda; se debe retroceder hacia las calles paralelas donde están los diplomáticos y algunos policías. Desde allí es posible huir hacia la relativa tranquilidad sansidrina.

El otro espejo del Perú es el Aeropuerto Internacional del que Jorge Chávez nunca tuvo la culpa y menos ahora en que la Entrada y Salida es una aventura que envidiaría Julio Verne.

Para comenzar, el peaje más caro del mundo debido a la brevedad del tramo por el que hay que pagar, luego, el callejón estrecho donde se escurre el taxi y finalmente el vigilante que pide pasaporte y boleto para franquear el paso.

Pero lo sensacional es el ingreso a Lima. Si la empresa de aviación es misia no pagará la cómoda “manga” y usarán el autobús conducido por choferes de combi a los que da lo mismo llevar personas que bultos. Y luego, lo máximo: Migración, el pasaporte, el sello de entrada para lanzarse a la búsqueda de la maleta.

Soy testigo (y víctima) de la clamorosa ineficiencia nacional pues he debido viajar varias veces en este año que termina. Nunca hubo personal completo y el último sábado , cuando cientos de agotados viajeros llegaban a Lima solo había seis, repito seis, esforzados aduaneros que soportaban pullas y reclamos de quienes hicimos filas de hasta una hora para ingresar al país. Nadie recibía las quejas y cuando logré audiencia con el que me dijeron era responsable, me miró de arriba abajo y me lanzó el clásico peruanismo policial:

-“Siga su camino, joven”.

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