Historia de Mortadela

“Mortadela”

Grité con todas mis fuerzas: “¡Mortadela, aquí, Mortadela!!”, en plena avenida Wilson pero el intenso ruido no permitió seguramente que el chofer del Tico descachalandrado escuchara mi llamado. Y partió raudo apenas cambio el semáforo, enrumbando hacia la avenida 28 de Julio.
Qué pena. Me hubiera encantado saludarlo pues sacando la cuenta harán unos veinte años que no veo a este antiguo amigo, todo un personaje con aventuras que harían la delicia de cualquier novelista.
“Mortadela” Martínez era obrero gráfico en el diario “Sur” de Tacna donde yo, quizá algunos recuerden, trabajé por una temporada. Era lo que llamábamos en la jerga un “armador”, es decir, que armaba las páginas que iban luego a una vetusta impresora, la “rotoplana” que teníamos en el Pasaje Vigil en aquel año de 1962.
Era robusto, casi gordo, coloradote (de ahí su apodo), alto y reilón, simpático, siempre dispuesto al chiste y , como todos los demás, listo para el trago y la trompeadera de fin de semana.
Cuando llegué a Tacna me llamó la atención lo bien vestido que estaba. En la noche colgaba cuidadosamente su camisa y trabajaba en bividí de seda. Luego de la medianoche se marchaba cantando algún tango con entusiasmo.

“Se va al burdel… donde la Ivette que lo mantiene, lo viste… está encamotada con Mortadela” me chismearon. Y efectivamente, el propio Martínez me contó luego que Ivette estaba enamorada hasta la locura y todo lo que ganaba era para los caprichos del amante.
Cuando la conocí me decepcionó. Era bastante mayor y aunque era verdad que era de curvas insinuantes, era fea de campeonato.
Sin querer le fui siguiendo la pista a Mortadela. Ya en Lima me contaron que se había marchado con la Ivette a Valparaíso, con la promesa de hacerlo vivir como un rey.
No supe nada hasta un par de años después en que un colega me contó que había visto a Mortadela de cochero en un barrio de Valparaíso, conduciendo un carretón para mudanzas jalado por un caballejo al que azotaba sin piedad. Lo saludó y Mortadela le rogó por ayuda.
Era una historia amarga. La familia de la prostituta era de lo peor, asaltantes, mafiosos, que recibieron con extrema desconfianza a este ocioso, peruano por añadidura, al que entregaron la carreta amenazándolo de muerte si no se portaba bien con Ivette. Mi amigo no pudo ayudarlo.
Pocos años más tarde ¡encontré a Mortadela en la av. Arequipa, conduciendo un taxi! Por supuesto lo hice parar en un café y lo obligué a que me cuente su historia con la promesa de un buen lonche.
Aburrido del maltrato, decidió volver al Perú pero Ivette no le dejaba un centavo. Tenía lo que quería, comida, cigarrillos, trago, pero ni un solo cobre así que tomó una decisión desesperada.
Cada día pasaba por un circo que lucía un cartelito “Se compran caballos y burros” y puso su plan de fuga en acción. Negoció a su caballejo y con lo que tenía puesto tomó un autobús hacia Arica pero en el primer retén, los carabineros le pidieron documentos que la fea Ivette se los había escondido hacía mucho tiempo, y lo obligaron a volver.
Desconsolado, decidió entonces buscar la carreta que había dejado en la esquina del circo, y fue a reclamar la devolución del caballo.
-“¿El caballo que nos vendió? Ya se lo comieron los leones” -le contestaron.
Pobre Mortadela. Casi muere de infarto.
-“¿No era para trabajar en el circo? –preguntó, angustiado, casi sollozando.
Se rieron de él y lo largaron: “Pucha que será bruto este peruano huevón…”-
………
No se pierda mañana (o pasado): ¡Mortadela! (Final)

—————————————
Mortadela Dos (Final)

Cuando Mortadela Martínez quiso comprobar que efectivamente su caballo había muerto, el guardián del circo lo llevó a ver los huesos de su antiguo compañero de trabajo.
-“Me senté a llorar… no por el caballo sino porque mi plan de fuga había fracasado.. ya me veía apuñalado por mis cuñados, que eran dueños de la carreta…”.
Varios empleados del circo, conmovidos, le preguntaron sobre el problema y uno de ellos tuvo una idea luminosa:
-“¡Véngase con nosotros pú… vamos pal norte en unos días. Eso sí, plata no hay, la comida nomá”.
Mortadela casi besó los pies de sus salvadores y se convirtió en mozo circense que hacía un poco de todo: barría, recogía la caca de la mansa pareja de leones que eran la posesión más preciada del circo y ayudó a cargar cuando tres viejos camiones enrumbaron hacia Antofagasta y sin que los carabineros advirtieran que en un pequeño espacio de la jaula de los felinos iba un peruano acurrucado sin documentos.
Ya se sentía salvado cuando llegaron a la ciudad del norte, instalaron la carpa y se inició la rutina de las dos funciones diarias, tres los domingos. En dos semanas manejaba a escobazos a los leones y en tres había seducido a la señora de los perritos saltarines, porque no podía con su genio de enamoradizo impenitente.
Entonces se instaló en la carpa, compartiendo el lecho con los terriers artistas. Pero cometió el error de amagar un romance con una lánguida trapecista, lo que no pasó inadvertido para la doña de los perritos.
-“Me denunció a los carabineros. Y en la noche vinieron dos policías, me sacaron a la fuerza y me llevaron a la comisaría. Yo les conté todo y se murieron de risa. Y el oficial me dijo: mi mijito, solo nos queda expulsarte del país por indocumentado y por huevón”.
En dos días partió hacia Arica en tren (que todavía existía) junto con otros peruanos indeseables y fue entregado a la policía peruana. Pero ya estaba en el añorado y salvador Perú. Cuando llegó a la Comisaría un sargento le gritó “¡Mortadela, ¿qué haces aquí?!” Era un antiguo compañero de las francachelas tacneñas, que lo llevó a un hotelito y le pagó unos días adelantados.
En el diario, que ahora se llamaba “Correo” no conocía ya a nadie. Consiguió un trabajito de ayudante de un impresor de invitaciones y tarjetas, sacó duplicado de Libreta Electoral y se vino a Lima en camión a buscar algún familiar
-“Aquí estoy, trabajando de taxista desde hace años, ya no se necesita tipógrafos, ahora todo es moderno”.
Mortadela no había cambiado y tenía más historias para contar. Cuando le dije que ya debía irme, que me daba mucho gusto verlo, aprovechó la oportunidad:
-“Dígame don Juan, ¿no tiene por ahí unos cincuenta soles? Voy a recibir un dinero de los Estados Unidos y en dos días voy a su casa y se los devuelvo con intereses”.
Transé con veinte soles sin devolución y nos despedimos. No volví a ver hasta hace unos días en un Tico abollado, con el pelo encanecido pero con siempre con sus cachetes rosados. Me dio pena, insisto, en no haber podido disfrutar de los relatos de sus nuevas aventuras pero ahora vigilo cada Tico por si acaso lo conduzca Mortadela.

FIN.

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