El adulterio como arte

“Sargento, lléveme a la casa” gimió el comandante antes de desplomarse sobre su escritorio, en la Comisaría, sujetándose el pecho. Un infarto, sin duda. Pero el sargento no cumplió con la última orden sino que se limitó a preguntarle, con angustia: “¿A cuál de ellas mi comandante, dígame, a cuál?
Me han contado esta historia hace unos días y he recordado el libro de crónicas de mi admirado Daniel Samper y que toma el título “Del adulterio considerado como una de las bellas artes” de uno de sus textos. Allí ensaya definiciones sobre el adulterio planteando aquél que llama “del corazón” y que solemos practicar muchos cuando nos cruzamos con algún mujerón ajeno y lejano…
Y también llama la atención sobre las advertencias que hace la Biblia a los hombres de no desear la mujer del prójimo pero que no dice nada de las mujeres mismas, como si éstas no apetecieran alguna vez un adulterio del corazón y del otro.

Les contaré algunos casos. Hace ya bastantes años un querido amigo de mi antiguo barrio de Lima me pidió que lo acompañara a realizar una visita importante y requería de un acompañante de aspecto serio y formal… como yo, “para una transacción financiera”. Bueno, fui con él y me di con la sorpresa de que se trataba de pedir la mano de una ruborosa joven cuyos adustos padres se ablandaron ante la presencia del “testigo”. Ahí se comprometieron, juraron amor eterno, etc.
Añadiré un detalle: mi vecino era casado y con cuatro hijos y tenía además, todos los sabíamos, un segundo hogar de los que llaman “la sucursal”. Solo se me ocurrió preguntarle: “¿Cómo haces para engañar a tantos a la vez?”
Olvidé otro dato clave: Era médico cirujano de cierto prestigio y tenía sobornado a un sobrino que lo llamaba para practicar operaciones de urgencia a diversas ciudades, lo me llevó a la conclusión de que su esposa y la sucursal eran tontas o se hacían las desentendidas por simple conveniencia.
Hicimos alguna vez la lista de las profesiones cómodas para el adulterio: militares (“Estoy de guardia”), periodistas (“Tengo cierre de edición”), médicos (“Me llaman de urgencia”), políticos y sindicalistas (“Debo votar en sesión de comité”) etc. En cambio, hay oficios en los que el adulterio es toda una proeza como por ejemplo empleados administrativos de horarios rigurosos, como los bancarios. Igualmente docentes, etc.
Los artistas quedan al margen pues las normas comunes no rigen para las bellas artes.
He sabido de proezas notables, como el colega que entraba a su casa por el techo y aparecía en pijama, bostezando; el que se escapaba por la ventana en calzoncillos porque guardaba ropa en el auto; el cínico que ejercía mutismo absoluto ante los reproches…
Dejo para el final la historia del tío que tenía una amante fogosa y celosa que una noche decidió esconderle la ropa para que no volviera su casa. El tío logró arrancarle pantalón y camisa pero no pudo con las medias y los zapatos y cuando llegó al hogar la fiel esposa lo estaba esperando porque no podía dormir. ¿Qué hacer?
Aparentemente fue toda una hazaña. Sencillamente entró haciendo aspavientos amorosos y la tía, dijo, no se dio cuenta de sus pies desnudos. El tío bostezó, apagó la luz y corrió al dormitorio.
Contó la historia, alrededor de unos chilcanos en Berisso, y cuando se despidió, uno del grupo susurró: “Qué ingenuo… no sabe que su esposa tiene amores con el vecino del tercer piso”.

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