Chiclayo impredecible

-“No, no hay boleto para su esposa… pero usted tiene dos boletos a su nombre. Lo sentimos, no es error nuestro, es de la agencia de viajes” -.nos dijo secamente el empleado de Lan.
Así, con malos augurios, comenzó el viaje a Chiclayo donde debía dictar un par de charlas a jóvenes y entusiastas estudiantes que habían organizado el seminario “Conglomerado Comunicacional”.
-“Véndame un boleto, reclamaré después” -riposté. Y enarbolé mi Credicard. .Pero cuando ya había pagado nos dijeron que Pierina estaba en “lista de espera”.
Total y para hacerla corta, logramos viajar trepando últimos al avión y en asientos separados.
Al llegar a Chiclayo no estaba nuestros anfitriones. Tomamos un taxi y notamos agitación, desvíos, policías, un clima de tensión. Pronto supimos lo que pasaba: vándalos en disputa por la alcaldía habían incendiado la Municipalidad y aún ardía. Una multitud copaba la calle Elías Aguirre y los bomberos iban y venían.

-“Bueno, vamos a Túcume”, acordamos.- y marchamos a ver las famosas pirámides con la grata compañía de Susana Pastor y Iris Jave. Total, nuestra primera charla sería al día siguiente en aulas de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, y junto con el profe Hugo Aguirre.
Pero las sorpresas continuaron pues en la madrugada, uno de los bandos en lucha por el poder en la Universidad tomó el local, cerró las puertas… y suspendió las actividades académicas.
Resignados, sentenciamos juiciosamente: “No hay mal que por bien no venga. Vamos a las tumbas de los Señores de Sipán y luego al famoso Museo”, que tiene efectivamente bien ganada la fama.
Al día siguiente, sábado, yo debía arrancar la sesión en un hotel céntrico pero nuestro organizador principal no llegaba. La razón era dramática y alegre a la vez pues su esposa afrontaba una cesárea en una clínica local y , por supuesto, las prioridades de Adrán Mires habían cambiado.
Pero lo peor era que no había llegado otro de los profes comprometidos. Resulta que había tomado el avión temprano sin fijarse de que hacía escala en Trujillo, antes de pasar a Chiclayo. Adormilado, bajó apresurado y cuando se percató del error… ya el avión despegaba.
No se arredró. Tomó un taxi, le acertó justo a un colectivo que partía rumbo a Chiclayo y avisó que demoraría un par de horas en llegar.
Así que la tarea de Pepe Perla y la mía era hacer largas nuestras charlas para darle tiempo a llegar, lo que efectivamente hicimos, logrando, finalmente, terminar a las tres de la tarde. Uf.
Como fin de fiesta partimos raudos a encontrar un amigo que nos esperaba en el restorán “Fiesta” para invitarnos cabrito y pato a la chiclayana que estaban buenísimos pero que que nos cayeron más pesados que un discurso de Alan García.
Incluso hoy luego de varios días, en algún lugar recóndito de mis entrañas se esconde el pertinaz huacatay que a cada rato me recuerda su presencia con un “brppp” chiclayano que no ha logrado derrotar ninguna pastilla digestiva, etc..
Y cuando, con elegancia arequipeña, pedimos la cuenta para que mi amigo nos perdone la demora, nos percatamos de que el pato aquel era descendiente de los que comía el mismísimo Señor de Sipán o poco menos. Pero lo valía, para qué…

Tío Juan

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