Ciao, carissima Oriana

Flaca, feúcha pero atractiva, pedante, narcisista al extremo de que solo aceptaba carátulas con su imagen y provocadora constante. Así era la máxima diva del periodismo de nuestro tiempo, Oriana Fallaci.
Habrá que añadir algo más a este breve e insuficiente perfil: era la periodista más talentosa a la vez que temida de Europa; y en estos días cientos o quizá miles de periodistas deben estar redactando textos como éste, de recuerdo y de encomio de la brillante italiana que hizo de la entrevista una mezcla de género literario, arma política, radiografía psicológica y elevó el oficio a escenarios personales que habían sido privilegio de la gran literatura.Su libro “El Sexo Inútil”, de 1962, sobre las mujeres en Asia, fue un descubrimiento para los periodistas pero “Los Antipáticos”, de 1964, su primera recopilación de entrevistas, representó una auténtica revolución en nuestro periodismo lejano y casi provinciano.
Hasta entonces, comienzos de los años sesenta, la crónica del “nuevo periodismo” norteamericano no se popularizaba todavía y la entrevista era un sencillo juego de preguntas y respuestas en diálogo que avanzaba bien si el periodista tenía habilidad para improvisar .Esos dos libros iniciales de Oriana Fallaci nos cayeron como una revelación. Y supimos entonces que esa mujer de grandes ojos celeste pálido era una resuelta reportera que peleaba por el primer lugar en los frentes de batalla y que sus entrevistas se publicabanprimero en el Corriere della Sera y luego en cientos de diarios más en todo el mundo.

Todos los grandes querían ser entrevistados por Fallaci por lo que significaba de difusión pero a la vez temían su método, que consistía simplemente en llegar a la conversación con un caudal de información sobre el entrevistado capaz de sorprenderlo y abrumarlo. Así cayeron bajo su capacidad de interrogatorio famosos como Arafat, Kissinger, el Sha de Irán, el Ayatolla Jomeini y otros a quienes acosó y atormentó hasta mostrarlos al mundo desnudos y a la intemperie.
No se perdía, dijimos, la oportunidad de una buena cobertura y por eso estuvo a punto de morir en la trágica jornada de 1968 en la Plaza Tlatelolco en México en que fueron asesinados cientos de estudiantes. Fue herida de bala y maltratada duramente, como muchos otros periodistas (la Poniatowska, por ejemplo) pero ella fue la que más reclamó y amenazó y por supuesto denunció al mundo el drama mexicano.
Su biografía está llena de datos interesantes y es difícil resumirla. Pero creo que hay dos Fallacis. Primero, la gran reportera y entrevistadora que logra fama indiscutible y luego, la que sigue a la tragedia de su amor trepidante por el político griego Alekos Panagulis, con quien accedió a vivir y que fue asesinado en una calle de Atenas en 1976.
Pobre Fallaci. Publicó “El Hombre” en 1979 en homenaje al amor de su vida arrebatado por el odio, y fue abandonando poco a poco el periodismo.
Cuando supo que tenía cáncer se retiró a vivir en Manhatan y mantuvo un silencio de diez años que rompió por la enorme impresión que le produjo el ataque fundamentalista a las Torres neoyorkinas. Lanzó entonces un feroz libelo contra el mundo musulmán poniendo en el mismo saco a los terroristas fanáticos y al Islam, cubriendo de insultos a todos, sin hacer distinción. Esta última Fallaci es la menos estimable.
Estuvo en Lima alguna vez, en aquellos años sesenta. Y Raúl Villarán contaba que habían tomado interminables pisco sauers en el Hotel Bolívar y que la verdad –decía- la flaca aquella no le había impresionado mucho. Solo fueron 24 horas, tiempo suficiente para recoger datos para una crónica en la que describió la estremecedora pobreza de la periferia de Lima, reseca y polvorienta, de casitas de esteras y cañas.
Su último texto es un canto a su inveterado narcisismo: “Oriana Fallaci intervista Oriana Fallaci”.
Siento no tener más y mejores palabras para elogiar a esa mujer excepcional. Añadiré solamente que no hay otra como ella.

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