La leyenda del Chino Muerto

-¡Mamá! ¡Un policía! –gritó una de mis hermanas desde la ventana con celosía que permitía aguaitar la calle sin ser visto.
Nos precipitamos a la ventana o a las rendijas de la puerta y comprobamos que, efectivamente, un guardia removía con el pie el paquete que habíamos dejado enfrente de la casa para que lo recogieran los basureros.
Solo mi papá no abandonó el desayuno dominical. Calmado como siempre se limitó a murmurar entre chupada y chupada de su infaltable cigarrillo:
-Se los dije. Esos huesos de cristiano hay que enterrarlos…
Es que en el fondo de la vieja casa del jirón Ica, cuadra nueve, quedaban todavía restos de la vida de la familia Regal, del abuelo coronel, de los hermanos Alberto y Bernardo. Allí había tesoros, como montañas de revistas (“La Ilustración Americana” y algo de “Variedades”) irremisiblemente apolilladas, un par de sables, libros de artillería, trastos varios e inclasificables que poco a poco se iban botando.

Pero el centro de atención estaba en una misteriosa maleta repleta de huesos humanos, que formaba parte del material de estudio del tío Bernardo que luego de graduarse y casarse, los había abandonado junto con una vieja edición de la “Anatomía” de Testuz.
Los limeños acostumbraban deshacerse de las cosas arrojándolas al techo, arrumando colchones, sillones, tablas, catres. Pero esto de los huesos no eran tan fácil porque aquello de restos humanos encendió la imaginación infantil de la casa para responder a la gran interrogante: ¿Quién fue aquel cristiano cuyos huesos reposan en la maleta del tío Bernardo?
Podría ser, decíamos, un héroe de la guerra con Chile, o un esclavo, o…
-No –decía mi papá. –Esos son huesos de huaca, hay que enterrarlos…
No se nos ocurrió mejor idea que botarlos a la calle, a la basura, pero eran muchos, así que solo elegimos un par de tibias o peronés y un par de costillas, no sé, los envolvimos en un comercio y los depositamos en la vereda de enfrente calculando que en un rato más pasaría el estruendoso camión de la basura.
No contábamos con la curiosidad del policía que se agachó, abrió el paquete, miró para todos lados con actitud detectivesca, lo cerró acomodando bien los huesos, lo puso bajo el brazo y se marchó hacia la Comisaría de Monserrate, a un par de cuadras, a la vuelta.
-¡Van a creer que es un asesinato! –dijo mi hermano Alberto.
La solución fue llamar al tío Bernardo y contarle.
-Ahora voy a recoger los huesos –contestó, muerto de risa.
Cuando le entregamos la maleta, una de mis hermanas le preguntó:
-Dime tío, ¿porqué están tan amarillos esos huesos?
Y el tío, tan bueno y amable y queríamos tanto, pensó un poquito, decidió tomarnos el pelo y contestó seriamente:
-Es que el muerto era un chino.
Así nació la leyenda familiar del chino muerto de la casa del jirón Ica.

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