Archivo mensual: noviembre 2006

“Carlos Ferrari Praglia”

Don “Carlos Ferrari” no solo es un timador. Es también un fino psicólogo pero sobre todo, un buen conocedor de la problemática económica de nuestros artistas e intelectuales, interesados siempre en aumentar sus ingresos -como nos pasa a todos, estoy seguro.
-“Aló. ¿El artista, escultor, Carlos Bernasconi?
-“Sí…”
-“Don Carlos, le habla el Comandante Ferrari, mañana lo visito, temprano, el general Reinoso quiere comprarle varios trabajos, para su jardín…”.
Y efectivamente, al día siguiente, “Ferrari” se presentó en el taller del conocido escultor, grabador, ceramista, artista en general, Carlos Bernasconi, para ofrecerle compra de tres trabajos en bronce por varios miles de dólares..
Parloteando sin descanso, incluso en buen italiano, el “comandante” le dijo, finalmente:
-“En la tarde le traigo, el cheque… pero hay que darle algo al general… adelánteme 500 dólares y en la tarde vengo con el camión, el cheque que voy a encargar en este momento… ¿Aló? ¿Tesorería? ¡Habla el Comandante Ferrari. Prepáreme un cheque por 11 mil soles para el señor Carlos Bernasconi, ahora mismo, sí, ahora!!”
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Adiós Mollendo (final)

La costa peruana es también un cementerio de puertos. Nuestra historia ha visto crecer y desaparecer fondeaderos, muelles, y ahí están, en muchos lugares, largos embarcaderos de fierros corroídos. También encontramos rieles de viejos trenes, quizá hasta alguna locomora, grúas deshechas, estaciones de ferrocarril saqueadas, restos de malecones o escaleras que fueron destruidos por las olas y que nadie se molestó en reconstruir…
Es la historia económica de la costa nacional. Un caso notable es, por ejemplo, Paita. En tiempos coloniales, de navegación a vela, era puerto obligado de parada de paso de galeones. Como sabemos, el viento sopla de sur a norte y los barcos viajaban rápidamente hacia Perico (hoy Colón, en Panamá) pero muy lentamente de regreso.
Entonces cuando llegaban a Paita, los pasajeros apurados tomaban coches a caballo y en pocos días estaban en Lima mientras el lento galeón los seguía, navegando de bolina, sesgando el viento. Eso duró hasta mediados del siglo 19 cuando el primer barco a vapor igualó el tiempo de ida y venida y la escala en Paita se hizo innecesaria.
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El “Arima Maru”

Adiós, Mollendo (II)

Unos dicen que era espía porque ya planeaban el ataque a Pearl Harbor, otros que fue simplemente una víctima más de la furia del mar mollendino; también se especuló sobre la inexperiencia del capitán que no atendió las advertencias que le hacían de tierra, otros culparon a la densa neblina de la época…
El hecho es que cuando amaneció aquel día de setiembre de 1941 y se despejó el panorama, el “Arima Maru”, un carguero japonés, estaba encajado en la arena dela segunda playa, peligrosamente escorado hacia babor, recibiendo al costado los embates de las olas.
La noticia corrió, como se suele decir, como reguero de pólvora y todo Mollendo marchó en caravana para ver el barco.
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Adiós Mollendo (I)

-¡Bandera roja! –gritaba mi hermano Alberto, y todos corríamos a los balcones de la vieja casa de madera. Desde allí, aferrándonos a las barandas, estremecidos, contemplábamos las enormes olas que se lanzaban contra el muelle, allá abajo, reventando con un ruido de miedo y lanzando espuma casi hasta nosotros.
Momentos antes, un marinero se había jugado la vida izando el banderín indicador de peligro, ante el aliento y aplauso de los vecinos.
Las grúas, los famosos “donkes”, huían de la súbita y traicionera braveza, tratando de no ser alcanzados, mientras los enormes lanchones escapaban a mar abierto a refugiarse junto a los remolcadores y los barcos que aguardaban condiciones favorables para bajar su carga.
Mollendo fue aparentemente el lugar menos indicado para un puerto pero así lodecidió Henry Meiggs cuando lo prefirió entre Islay y Mejía como terminal del ferrocarril que llevaría mercancías hacia el sur y Bolivia. El primero fue abandonado y el segundo quedó relegado a balneario.
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Adios al Zeppellin

¿Porqué excitaba tanto la imaginación popular el Graf Zeppelín? Las fotos y testimonios nos cuentan que cuando cruzaba por una ciudad se congregaban multitudes para verlo pasar. Ese gigante plateado, brillando al Sol, movilizaba curiosidad y admiración.
Ya los nazis estaban en el poder en los años de la grandeza del Graf Zeppelín y la nave servía como un eficaz medio de propaganda de las bondades del régimen y la superioridad técnica alemana..
Porque el zeppelín no pasaba simplemente por las ciudades sino que se las sobrevolaba muy despacio, como pavoneándose, dando una vuelta amplia para que todos pudieran admirarlo y luego aceleraba para seguir a la siguiente ciudad.
El Zeppelín jugaba así con las ilusiones pues un viaje en esa nave era un sueño accesible solo para los ricos y famosos de su tiempo. Políticos, industriales, cantantes famosos, militares connotados y millonarios, sobre todo magnates norteamericanos, elegían el Zeppelín para cruzar el Atlántico. Es decir, los mismos que escogieron al “Titanic” de 1912.
El “Graf Zeppelín” fue reemplazado por el “Hinberburg”,una versión más grande y compleja, que doblaba el número de pasajeros. Ahora serían cincuenta los que podían embarcarse en el fabuloso zeppelín.
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Esperando al Zeppellin

En una lejana ciudad de Brasil, una enorme torre de acero es pintada y repintada todos los años, desde 1936. Sirve para recibir zeppelines.
¿”Zeppelines”? preguntarán ustedes y me imagino que con cierto, digamos, escepticismo. Efectivamente, zeppelines. Y eso no es nada. Un poco más allá aguarda también un enorme hangar que hasta hace pocos años abría el techo de par en par para recibir aquellos enormes aparatos aéreos de casi 300 metros de largo, los fabulosos Zeppelines, símbolo y orgullo de la aviación alemana de preguerra.
Hoy no existe ninguna de esas naves. Aquella torre del norte de Brasil es la única que es capaz de recibirlos y todo indica que jamás volverán. “Pero nunca se sabe” dijo una vez el alcalde de Recife para justificar el gasto de mantenimiento. Tales reliquias están en el extremo del aeropuerto de Jiquiá, en la calurosa Recife, estado de Pernambuco.
Todos los testimonios revisados concuerdan en que ver pasar un zeppelín por el cielo era un espectáculo inolvidable, casi como si hoy corriéramos a la azotea para avistar una nave extraterrestre.
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El complot… ¡hic!

-El complot.. ¡hic!

-“Oe compare… salú… escúchame, hic, hermanón… ¿qué hacemos con ese conch(CENSURADO) de García?”
-“Fácil pues hermano, ¡hic!… a esa mie(CENSURADO) hay que bajárselo ¡y salú por eso!”.
El agente de la CIA que devoraba un cebiche en la “Buena Muerte” detuvo el tenedor y escuchó atentamente el resto de la ominosa conversación que sostenían varios empresarios y otros sujetos de porte militar:
-“Sí bróder, hic, hay que bajárselo ¡y cuanto antes, ¡hic!, por el bien de la patria!”.
Inmediatamente –se presume- el Agente hizo el Informe, literal, textual, a la Sección CIA de la American Embassy local, donde los analistas interpretaron aquello de “bajárselo” por “derribar”… pero ¿derribar qué?… Horror: ¡el avión presidencial!!
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