Esperando al Zeppellin

En una lejana ciudad de Brasil, una enorme torre de acero es pintada y repintada todos los años, desde 1936. Sirve para recibir zeppelines.
¿”Zeppelines”? preguntarán ustedes y me imagino que con cierto, digamos, escepticismo. Efectivamente, zeppelines. Y eso no es nada. Un poco más allá aguarda también un enorme hangar que hasta hace pocos años abría el techo de par en par para recibir aquellos enormes aparatos aéreos de casi 300 metros de largo, los fabulosos Zeppelines, símbolo y orgullo de la aviación alemana de preguerra.
Hoy no existe ninguna de esas naves. Aquella torre del norte de Brasil es la única que es capaz de recibirlos y todo indica que jamás volverán. “Pero nunca se sabe” dijo una vez el alcalde de Recife para justificar el gasto de mantenimiento. Tales reliquias están en el extremo del aeropuerto de Jiquiá, en la calurosa Recife, estado de Pernambuco.
Todos los testimonios revisados concuerdan en que ver pasar un zeppelín por el cielo era un espectáculo inolvidable, casi como si hoy corriéramos a la azotea para avistar una nave extraterrestre.

En los años 30 el zeppelín era toda una leyenda que los latinoamericanos seguían con expectativa. Ya la empresa alemana, asociada con la norteamericana GoodYear, hacía viajes regulares entre Europa y los Estados Unidos y muchos pugnaban por lograr y un espacio. Una importante limitación del zeppelín era su poca capacidad de carga y solo llevaba 24 pasajeros ubicados en doce cabinas. El servicio de a bordo era magnífico pero los espacios eran mínimos y el costo del boleto era exorbitante para la época.
Pero bien valía la pena pagar algunos miles de dólares para cruzar el Atlántico en pocos días, a doscientos kilómetros por hora.
En 1930 la empresa decidió ampliar sus rutas y eligió Río de Janeiro para llegar a América, posponiendo Buenos Aires para otra ocasión –a pesar de que los argentinos estaban dispuestos a pagar lo que sea por el viaje.
Cuando planificaban la operación, los alemanes pensaron en un puerto intermedio para repostar combustible y vituallas y eligieron Recife, enviando rápidamente a varios técnicos para preparar la llegada, el paso por la ciudad brasileña.
El aviso causó sensación en la comunidad. Las autoridades ofrecieron toda su colaboración y cuando finalmente llegó el día el Ayuntamiento declaró feriado para que todos pudieran ver el célebre “Graf Zeppelín”. De paso decidieron cobrar por los lugares cercanos a la torre provisional que los germanos habían construido para inmovilizar el aparato. Porque el zeppelín jamás se posaba en tierra, siempre flotaba y había que sujetarlo con fuerza para derrotar al viento.
Doscientos soldados tomaron las cuerdas que lanzaron desde el aparato y que sirvieron para amarrarlo. Luego se acercó a la torre, colocaron una escalerilla y los pasajeros bajaron a tierra, aclamados por una multitud de unos quince mil pernambucanos. Los primeros fueron tres periodistas: un norteamericano de la Cadena Hearst, un alemán, y un conocido nuestro, el español Corpus Barga, que viajaba por encargo de “La Nación” de Buenos Aires y que escribió una recordada crónica.
El Graf Zeppelín siguió viaje a Río, recogió pasaje y carga y retornó a Europa, pasando por Recife.

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