Adiós Mollendo (I)

-¡Bandera roja! –gritaba mi hermano Alberto, y todos corríamos a los balcones de la vieja casa de madera. Desde allí, aferrándonos a las barandas, estremecidos, contemplábamos las enormes olas que se lanzaban contra el muelle, allá abajo, reventando con un ruido de miedo y lanzando espuma casi hasta nosotros.
Momentos antes, un marinero se había jugado la vida izando el banderín indicador de peligro, ante el aliento y aplauso de los vecinos.
Las grúas, los famosos “donkes”, huían de la súbita y traicionera braveza, tratando de no ser alcanzados, mientras los enormes lanchones escapaban a mar abierto a refugiarse junto a los remolcadores y los barcos que aguardaban condiciones favorables para bajar su carga.
Mollendo fue aparentemente el lugar menos indicado para un puerto pero así lodecidió Henry Meiggs cuando lo prefirió entre Islay y Mejía como terminal del ferrocarril que llevaría mercancías hacia el sur y Bolivia. El primero fue abandonado y el segundo quedó relegado a balneario.

Comenzó entonces la época de oro de Mollendo, que terminó cuando fueron construidos los muelles de Matarani donde, por fin, podían acoderar los barcos. Desde el día en que un navío se arrimó al flamante atracadero… se inició el fin del Mollendo como puerto importante.
Pero durante casi cincuenta años Mollendo disfrutó de prosperidad debido al intenso tráfico naviero. Había oficinas consulares de los Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Chile, Noruega, entre los principales, empleados inglesesdel Cable West Coast, del Lloyds deLondres, de la ferrocarrilera Peruvian Co., una decena de empresas de ultramarinos para servir necesidades de los navíos, otro tanto de agencias de aduana, oficiales en la Capitanía de Puerto, etc. todo lo cual significaba una bullente actividad social.
Cada noche se iluminaban el Club Social donde las señoras jugaban rocambor, elClub de Tiro Alfonso Ugarte, el Hotel Salerno, refugio de los caballeros quepreferían el “cachito”, el mentado comedor de “Choronga” con los mejores tallarines, los hoteles Ferrocarril, el Plaza, donde se podía pedir Albacora.
Cuatro o cinco navíos se mecían cada día frente al puerto, bajando y cargando mercancías. Un trajín constante de remolcadores, enormes lanchones y el movimiento constante de vagones del tren, convertían al puerto en un verdadero espectáculo más interesante que cualquier entretenimiento. Y con frecuencia, marineros, oficiales, colmaban bares, comedores y hastatiendas –como en el caso de los japoneses que barrían con ropa y en particular zapatos, cuando llegaba algunos de los “Marus”.
Pese a los grandes incendios que de cuando en cuando asolaron el puerto, quedan todavía algunas casonas de madera como pálida muestra de la vieja prosperidad y en particular el mentadísimo Castillo Forga, construido por ese millonario que instaló allí a sus hijitas, bellas, afrancesadas y tan lejanas que murieron solteras porque no había mollendino con méritos suficientes para aspirar a sus manitas.
Hace un par de días estuve en Mollendo buscando mi antigua casa frente al mar, tratando de reconocer en unas ruinas desvencijadas el balcón desde admirábamos las famosas olas gigantes.“Ya no existe”, me aclaró un vecino, Frank Conally, “y pronto desaparecerátodo lo demás… yo también me iré y seguramente también Flannagan… somos los últimos ingleses de Mollendo”.

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