El “Arima Maru”

Adiós, Mollendo (II)

Unos dicen que era espía porque ya planeaban el ataque a Pearl Harbor, otros que fue simplemente una víctima más de la furia del mar mollendino; también se especuló sobre la inexperiencia del capitán que no atendió las advertencias que le hacían de tierra, otros culparon a la densa neblina de la época…
El hecho es que cuando amaneció aquel día de setiembre de 1941 y se despejó el panorama, el “Arima Maru”, un carguero japonés, estaba encajado en la arena dela segunda playa, peligrosamente escorado hacia babor, recibiendo al costado los embates de las olas.
La noticia corrió, como se suele decir, como reguero de pólvora y todo Mollendo marchó en caravana para ver el barco.

Todos los Gargurevich fuimos, por supuesto, recién hacia mediodía, llevando merienda a manera de excursión. Buscamos unas piedras y nos sentamos a mirar los trajines de los marineros nipones que, descalzos, subían y bajaban lanzando cabos para asegurar el barco y evitar su volcadura.
Al día siguiente el espectáculo se trasladó al puerto mismo pues varios marineros fueron autorizados a visitarlo, y hasta algunos oficiales hicieron compras. También fuimos a conocerlos, por supuesto, y como todos los chicos los seguimos para ver sus extrañas caras orientales que nunca habíamos visto antes.
Pocos días después apareció en el horizonte otro navío japonés, el “SakitoMaru”, que era el doble de grande y que luego de muchas maniobras y asegurarlo con cables que seguramente eran fortísimos, esperó la subida de la marea y logró moverlo de tal modo que quedó con la popa hacia el mar. Y después se marchó rumbo al sur.
A los chicos no nos explicaban nada. Años después nos dijeron que fue a buscar una carga de mineral para pasarlo al “Arima”, darle así peso como lastre y evitar que se volteara en el momento de la maniobra final. Puede ser. El hecho es que retornó el “Sakito Maru”, engancharon los cables y esperaron la marea.
Todos halaron a la vez, los remolcadores del puerto, el gran “Sakito” y por fin, ante la mirada expectante de medio Mollendo, el “Arima” se deslizó hacia el mar y quedó libre.
Fue una algarabía lo que siguió. Campanas, sirenas de los otros barcos,aplausos, todos celebraron la libertad del barco que correspondió al saludo a sirenazo limpio, echó abundante humo y arrimado a su salvador, se perdió hacianorte.
Solo quedó en Mollendo un japonés… pero en el cementerio. Parece que durante las maniobras hubo un accidente y murió un tripulante, quizá un oficial, que fueenterrado con solemnidad y ahí está todavía.
Dicen que unos veinte años después llegaron hasta Mollendo varios familiares que buscaron su tumba, la limpiaron, depositaron ofrendas y se marcharon sin decir palabra.
El capitán del “Sakito Maru” se entrevistó con mi papá que era el administrador de la Aduana y lo invitó a visitar el barco junto con otras autoridades del puerto. Todos regresaron con regalos y el nuestro nos dejó boquiabiertos: era una finísima maceta con un asombroso bosquecillo enano, un “bonsái”, algo que ni siquiera sabíamos que existía y que encendió nuestra imaginación infantil de manera maravillosa.
No supimos mantenerlo y los arbolitos murieron de descuido a los pocos meses.
La historia de los citados “Marus” recorre todavía Mollendo y forma parte de su leyenda. En la visita que les cuento, hace pocos días, fue motivo obligado enl a charla con los pocos viejos mollendinos que encontré y que, como yo,estuvimos al pie del barco japonés en la Segunda Playa.

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