Adiós Mollendo (final)

La costa peruana es también un cementerio de puertos. Nuestra historia ha visto crecer y desaparecer fondeaderos, muelles, y ahí están, en muchos lugares, largos embarcaderos de fierros corroídos. También encontramos rieles de viejos trenes, quizá hasta alguna locomora, grúas deshechas, estaciones de ferrocarril saqueadas, restos de malecones o escaleras que fueron destruidos por las olas y que nadie se molestó en reconstruir…
Es la historia económica de la costa nacional. Un caso notable es, por ejemplo, Paita. En tiempos coloniales, de navegación a vela, era puerto obligado de parada de paso de galeones. Como sabemos, el viento sopla de sur a norte y los barcos viajaban rápidamente hacia Perico (hoy Colón, en Panamá) pero muy lentamente de regreso.
Entonces cuando llegaban a Paita, los pasajeros apurados tomaban coches a caballo y en pocos días estaban en Lima mientras el lento galeón los seguía, navegando de bolina, sesgando el viento. Eso duró hasta mediados del siglo 19 cuando el primer barco a vapor igualó el tiempo de ida y venida y la escala en Paita se hizo innecesaria.

Así, entre los nuevos barcos, un par de incendios catastróficos, el abandono de los pasajeros, Paita languideció y pasó a ser una modesta caleta de pescadores con algunas pocas bellas casonas que se caen y que hacen recordar que era una ansiada meta de piratas y comerciantes. Allí conoció Ricardo Palma a Manuelita Sáenz, por ejemplo.
El antiguo puerto de Islay fue víctima de la decisión de elegir a Mollendo como terminal del ferrocarril que llevaba la preciosa lana cusqueña y arequipeña a Europa. Y muchos años después, Mollendo mismo contempló su agonía porque eligieron la caleta de Matarani para construir un nuevo puerto, con muelles modernos. Así comenzaron las tribulaciones mollendinas, justo al iniciarse la Segunda Guerra Mundial y entrar en actividad aquel muelle, a 15 km. de nuestro puerto.
Además, las condiciones económicas variaron para todos. Bolivia comenzó a preferir Arica para sus operaciones, mejoraron las carreteras, la aviación regularizó y hasta abarató los envíos urgentes y ni siquiera Matarani tuvo tiempo de convertirse en el gran puerto soñado.
Al iniciarse los años 50, las instalaciones portuarias de Mollendo eran una ruina. Los muelles que recorrían las grúas, los almacenes, las casas de la administración, fueron casi destruidas por el tiempo y las olas. Se abandonó la Estación del Ferrocarril, nadie llegaba ya a los hoteles Ferrocarril, Salerno, Plaza. Cerraron restaurantes y la mayoría de las agencias de aduana; se fueron los cónsules y los mayores comerciantes.
Solo se defendía Mejía, 15 km. más allá, porque los arequipeños pudientes bajaban en el verano para disfrutar del violento sol costeño. Los otros, los pobretones, abarrotaban la Primera Playa los fines de semana y luego se marchaban.
Los Gargurevich nos fuimos de Mollendo en 1943. Fue una despedida larga y dramática porque mi padre era conocido. Presidía el Club de Tiro, y en general participaba activamente de la vida social mollendina. Me cuentan mis hermanas que cuando partió el “Urubamba” rumbo al Callao, sonaron las sirenas del puerto y de los barcos mientras mi papá agitaba su pañuelo, llorando, despidiéndose, quizá porque sabía que jamás volvería.
Era, imaginarán, tiempos de guerra y los barcos apagaban sus luces de noche dejando solo algunas mortecinas lamparillas azules. Nuestro entretenimiento fue entonces buscar submarinos alemanes, hasta que finalmente llegamos al Callao, dando así fin a mi dorada y feliz infancia portuaria.

FIN

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