Orbegozo, cazador de noticias (FINAL)

Historias, personajes, paisajes, dramas, anécdotas, fluyen con suavidad de las páginas de las Memorias de Manuel Jesús Orbegozo, y tanto, que el lector pareciera estar sencillamente charlando con el veterano periodista que, por supuesto, se reserva el derecho de contar lo que quiere.
Porque esta no es una autobiografía. Se trata de Memorias, trozos de vida que elige el memorioso para contar, de tal suerte que no tenemos que exigirle qué pasó en tal o cual momento. Lo interesante es que se trata de recuerdos periodísticos que incluyen cómo logró tal o cual noticia, porqué la eligió y, sobre todo, la marca que dejó en su vida.
Orbegozo organizó sus textos –creo que escritos originalmente en desorden- en dos partes, sendos tomos, que llamó “Ciudades y Países”, donde hace retratos de personajes y lugares; y “De Biafra al Golfo Pérsico” en el que se compromete más en la política sin disimular su visión crítica desde una posición de izquierda.

Pero los títulos de los tomos, especialmente el primero, son engañosos porque si bien nos remiten a, dijimos, “ciudades y países”, en el centro de todas las narraciones están los personajes, los que realmente hicieron atrayente la historia y por los que Orbegozo tiene la más cálida preferencia.
En cada viaje, en cada crónica, Orbegozo siempre encontrará un interlocutor. Alguien que lo ayude y lo guíe; y tal vez que lo engañe y hasta lo estafe.
Viajero solitario, necesitará siempre de presencias que lo animen como, citemos algunas, la bella azafata amante de Yuri Gagarin, el tullido Jean Louis de Lourdes, el presunto policía estafador de Roma, la bella casada de Tesalónica, Maruja Pons la amante del dictador Manuel Odría, el encantador de serpientes de Katmandú, el negro guachimán del Rockefeller Center, el brujo
de Camerún… Son decenas.
Algunos de estos personajes serán memorables. Por ejemplo, la celebérrima anécdota de su extraña boda con la joven Mbaré, una historia que recuerda con nostalgia y algo de culpa sin duda. Esta es la historia, en breve.
Orbegozo había salido una vez más de cacería noticiosa, esta vez en busca del Emperador Bokassa I, el Napoleón africano, que era juzgado en la República Centroafricana. El caso se merecía una visita y una buena crónica así que enrumbó a Luanda para conseguir visa pero no tuvo éxito y todo indicaba que su misión había fracasado. Pero entonces le sucedió algo insólito: una joven burócrata del Ministerio le propuso casarse.
Orbegozo pensó en la visa , y efectivamente tuvo una ceremonia nupcial y un banquete con invitados al final del cual ella le reclamó estar solos y él le pidió la visa con la promesa de recogerla al día siguiente para iniciar la luna de miel. Pueden imaginar el final. El reportero huyó, pasaporte en mano, hacia el aeropuerto y llegó finalmente a Bangui y logró la cobertura del
juicio.
La historia ilustra bien lo que lector recoge a lo largo de los textos: la tenacidad orbegoziana, la persistencia elevada casi hasta la necedad con tal de no retornar con las manos vacías, el apelar a cualquier recurso para lograr una foto, una entrevista.
Las crónicas aparecieron en su mayoría en el Dominical del diario “El Comercio”, especialmente cuando lo manejaba Francisco Miró Quesada, el lúcido filósofo que le comprometió su apoyo. Allí, en la hemeroteca, están todas estas historias que tienen, como dijimos antes, la otra historia, la de los trabajos que pasó para conseguirlas.
En resumen, si se quiere saber cómo hace un buen periodista para lograr buena información hay que repasar a Manuel Jesús Orbegozo una vez más, porque ya conocemos varios de sus libros en los que, como ahora, contó con profesionalismo a la vez que compromiso, cómo era el mundo en el tiempo que le ha tocado visitar.
Ya no publica Manuel Jesús en ningún periódico pero no ha dejado de escribir, embarcándose con entusiasmo en el mundo de los Blogs. Se le puede visitar en su página que titula “Un Mundo, Un día”, y apreciar su excelente pluma y su persistente vehemencia para exponer su opinión.
Pero esos libros, por favor, hay que leerlos.

FIN

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