El chato Pedro Infante

Fortachón, chato, con sonrisa y simpatía profesionales y sobre todo, absolutamente sorprendido por el entusiasmo limeño. Así nos pareció el famoso Pedro Infante esa soleada mañana de aquel día de enero de 1957 en que un puñado de periodistas y miles de admiradores fuimos al aeropuerto a recibirlo.
-¿Tú conociste a Pedro Infante? –me pregunta una sobrina, sorprendida no sé si por la revelación o porque El Comercio ha publicado que “hace cincuenta años llegó a Lima el gran charro cantor y actor…”.
Cincuenta años, efectivamente. Yo estaba encargado de la Página de Espectáculos de la edición matutina de La Crónica y por supuesto preparamos todo para la cobertura del arribo del mexicano, por entonces uno de los personajes más populares de América y especialmente por sus actuaciones en el cine.

No tenía mucha voz y lo superaban largamente otros charros cantores como Jorge Negrete, en primer lugar. Pero se había revelado primero como un buen comediante y luego había la fama logrado en roles dramáticos. Las lágrimas corrían a raudales en el cine San Martín en particular cuando Pedro Infante era objeto del desprecio de alguna rica heredera a quien amaba pero no podía pretender porque pobre de solemnidad. Y más lágrimas brotaban cuando Pedrito superaba todos los obstáculos y aseguraba el amor de la bella que caía rendida ante sus músculos y sus serenatas.
Era el número uno de la edad de oro del cine mexicano, de los viejos buenos tiempos de los charros
Cuando aterrizó el avión en la Corpac, ya eran miles los noveleros limeños que aguardaban la llegada, superando barreras policiales y lanzándose para ver al ídolo, que trepó como pudo a una limosina y arrancó rumbo al Hotel Bolívar.
Nosotros, fotógrafos y yo, hicimos lo mismo y llegamos antes. En el lobby del hotel estaba mi antiguo colega Carlitos Paz, de La Prensa, que sabía el número de la habitación del divo así que subimos corriendo, lo esperamos y nos colamos en tropel junto con representantes, otros periodistas, policías, un par de admiradoras.
Infante soportaba con paciencia aquel verdadero asalto. Posaba, inflaba los bíceps a pedido para demostrar que era un real fìsico culturista y sudando a chorros pedía más agua que un solícito ayudante azteca le proveía.
En la calle, una multitud lo reclamaba así que don Pedro salió a la ventana a sorprenderse una vez más por su popularidad.
-“Híjole, qué bárbaros… bueno, déjeme dormir cuates, nos vemos en la nochecita, ahí les cuento lo que quieran” –nos pidió, eso sí, siempre sonriendo, abrazando, firmando.
Antes de irnos anotamos su pedido de desayuno; filet mignon, cuatro huevos fritos y una jarra de café negro.
Pedro Infante estuvo una semana en Lima y cantó en el teatro Porvenir y el cine City Hall, luego siguió viaje y nos olvidamos de él.
En abril llegó la trágica noticia de su muerte pilotando un avión de su empresa.
Era un fanático de la aviación y recuerdo que cuando alguien le preguntó si todavía tenía algún deseo porque ya poseía fama y fortuna, Infante contestó:
-Sí, quisiera tener un avión a chorro.

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