Uchuraccay, 24 años (III)

-¿Qué buscaban esos periodistas?

El penoso viaje de los ocho periodistas a las alturas de Uchuraccay ha sido descrito con detalle. Dónde pararon, qué comieron, el soroche de Sedano, el malestar de Chávez.
Pero muy poco sabemos del motivo real de la excursión, las razones por las que todo un equipo de corresponsales limeños poco preparados decidió afrontar un viaje que se sabía largo, difícil y, sobre todo, peligroso.
Todos estaban informados de que los feroces “Sinchis”de la policía hormigueaban en la zona, que Sendero anunciaba la guerra a los campesinos que habían matado a sus militantes, que la extrema tensión casi podía respirarse. Y a pesar de todo, decidieron el viaje.

Se afirma que el motivo fue llegar hasta Huaychao para comprobar razones y veracidad de los rumores de ejecuciones que Gustavo Gorriti y Oscar Medrano documentarían después para “Caretas”. Ambos llegaron a Ayacucho cuando los reporteros salían del Hostal Santa Rosa. Ni unos ni otros sabían de sus actividades. Y lograron lugar en el helicóptero para Huaychao al día siguiente, el 27. Constataron la matanza y regresaron a Ayacucho en la noche.
Pero ¿esto justificaba la temeraria excursión?
No tengo dudas de que esos magníficos periodistas se movilizaron por razones mayores, en búsqueda de noticias más importantes que la constatación de la masacre de Huaychao. José María Salcedo, por ejemplo, recoge la especulación de que los cadáveres de esa comunidad eran de niños y que mataron a los periodistas para impedir que llegaran a esa comunidad, siendo interceptados antes (“Las tumbas de Uchuraccay”, p. 189).
Pero hay otra hipótesis que nos parece verosímil: es probable que en Ayacucho hubieran hecho contacto con militantes senderistas y esperaban encontrar a sus mandos para hacer entrevistas, fotos. Sería una primicia mundial, un notición, pues hasta entonces Sendero era solamente un conjunto de fantasmas y de cadáveres que el Gobierno afirmaba que eran subversivos.
Aparentemente tenían como contacto al guía Argumedo, a quien los comuneros de Uchuraccay reconocerían como antiguo senderista y lo asesinarían poco después de los propios periodistas.
Luego de conocer la matanza de presuntos senderistas en Huaychao, la comunidad de Uchuraccay entró en extrema tensión, temerosa de que en cualquier momento incursionaran las vengativas huestes senderistas. Dormían en agujeros en los cerros, velaban hasta el amanecer, vigilantes de cualquier movimiento, detenían a viajeros y se calmaban bebiendo cañazo del peor.
El 26 de enero en la tarde había una reunión en la casa de Fortunato Gavilán, el teniente gobernador. Las botellas volaban de boca en boca porque el día anterior habían celebrado un cumpleaños y el festejo tenía para rato.
“¡Ya están viniendo, los terroristas están viniendo!” gritó alguien y todos salieron corriendo hacia el cerro Wachwaqasa a atajar al grupo que se acercaba despacio, con las manos en alto, quizá agitando un trapo blanco.
El antropólogo Ponciano del Pino reconstruyó la escena a base de numerosos testimonios: “Los acorralaron a los pocos minutos, mientras otros corrían persiguiendo al guía que los había dejado en la cumbre del pueblo. En actitud bélica, los campesinos portaban palos, hachas, piedras y lazos. Los periodistas estaban temblando. “No podían hablar” es como recuerda uno de los campesinos que entrevisté. No había comunicación. Era un diálogo de sordos…”.
No escucharon a los que hablaban quechua, todos gritaban a la vez y finalmente les indicaron que bajaran hacia el pueblo… “una de las autoridades dudó y dio la orden de matarlos”.
Una treintena de hombres y mujeres, adultos y jóvenes atacaron ferozmente a los periodistas con palos, piedras, hachazos, golpes hasta hacerlos caer para rematarlos con crueldad.
Luego los desnudaron, robaron sus ropas y pertenencias y los enterraron superficialmente porque debían mostrarlos, como los de Huaychao. Y volvieron a beber, contentos de haber matado a los ocho “senderistas” y sin imaginar no solo que habían cometido un terrible error sino que habían asegurado su propia sentencia de muerte.
Porque en los próximos meses todos los verdugos de Uchuraccay serían asesinados, hasta un total de 137 de un población total de 400 comuneros. Repito: 137.

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