Uchuraccay, 24 años FINAL

-lOS HAN MATADO A TODOS…/

-“¿Los han matado a todos? Pero… ¡esos eran periodistas!” dicen que exclamó el joven teniente de la Marina Ismael Bravo, cuando escuchó estremecido y hasta incrédulo el relato de los campesinos. La patrulla de infantes y sinchis que comandaba había llegado al lugar del drama el 28 de enero para comprobar los avisos de mensajeros.
Asustados, comenzaron las recriminaciones, las acusaciones, los preparativos para escapar –como en el caso del gobernador Fortunato Gavilán, el primero en huir.
El oficial usó el radio, avisaron al general Noel Moral, éste a su Comando y la noticia llegó hasta el propio Presidente Belaúnde que llamó a sus jefes de Inteligencia para plantearles la interrogante: “Y ahora ¿qué hacemos?”.
Tomaron decisiones rápidas. “Hay que decir que esos campesinos, ignorantes y primitivos, que no hablan castellano los mataron porque llevaban una bandera roja. Todos deben sostener la misma versión”.

Y así fue. El discurso a que se aferraron se resume así: “Somos ignorantes, no sabemos, traían bandera roja… los jefes nos dijeron que matáramos a los que venían a pie”.
Luego siguió un verdadero huayco de acusaciones y reclamos. Esa debe haber sido la sensación de los comuneros de Uchuraccay cuando les cayeron como una avalancha más militares, periodistas, familiares y luego hasta una Comisión presidida por Mario Vargas Llosa, el escritor más famoso del Perú.
Escudados en su idioma, juramentando solidaridad, soportaron el chubasco de preguntas y hasta se dieron el lujo de atemorizar a la Comisión cuando comenzaron a ser cercados por las evidencias. Quizá pensaron que su crimen quedaría impune.
Pero semanas más tarde, quedaron solos. El problema se trasladó a Ayacucho, al juicio y el debate periodístico y los militares se desentendieron de Uchuraccay.
Quizá alguien dijo, a la peruana: “Bueno pues, que se jodan”.
Sendero Luminoso esperó con paciencia hasta la víspera de la fiesta del Espíritu Santo, el 20 de mayo, y esa noche arrastraron fuera de sus casas a veinte uchuraccaínos, buscándolos con una lista. Luego los asesinaron. Lo mismo hicieron el 16 de julio cuando llegaron nuevamente, siempre con una relación de nombres para matar a otros veinte.
El terror era ya general y los llamados de protección a las autoridades eran inútiles. La medianoche de Navidad los senderistas ingresaron tranquilamente al poblado y ultimaron a otros ocho.
Y así, semana tras semana, fueron siendo ubicados los participantes de la tragedia y asesinados. Probablemente el último fue Fortunato Gavilàn, encontrado cerca de la selva con un cartel en el pecho destrozado y que decía “Así mueren los perros traidores”. El número total de muertes fue, como dijimos de 137, adjudicados a Sendero, pero es muy probable que militares participaran en la eliminación de testigos molestos.
Cuando el juicio pasó a Lima, Uchuraccay ya era un pueblo fantasma donde nadie quería vivir. Los comuneros vecinos les habían robado el ganado, saqueado su casas y, sobre todo, repudiado gasta el punto de que nadie quería decir que provenía de Uchuraccay.
En 1987 un Tribunal Especial condenó a tres comuneros a prisión por el crimen.
Uno murió en la cárcel y los otros salieron relativamente pronto y desaparecieron.
¿Y el pueblo? En 1993 una veintena de familias se animó a regresar bajo la protección del Consejo Evangélico y, lentamente, la vida volvió a la Comunidad que reconstruyó sus casas en otro lugar y hoy se dedica a tejidos de exportación. Es casi próspera.
Pero el proceso Uchuraccay sigue abierto en el Sétimo Juzgado de Procesos en Reserva de Lima porque hay acusados no habidos y la justicia no puede hacer desaparecer un caso tan sobresaliente.
Los campesinos asesinos o cómplices resultaron ser, al final, la parte más frágil del conflicto y pagaron con la vida su trágica equivocación. Porque los verdaderos responsables –civiles y militares- fueron protegidos, encubiertos y se libraron de todo castigo. Fue, una vez más, el triunfo de la impunidad.

COLOFON: El viernes 26 de enero del 2007 ningún periódico publicó una sola línea del luctuoso aniversario, olvidando así Uchuraccay. Es evidente que la nueva generación de periodistas no siente la tragedia como la vivieron y lloraron los colegas de los ochentas.
Ojalá, repito, alguien se anime a escribir la gran crónica de Uchuraccay y la publique como libro para que las nuevas generaciones de periodistas tengan memoria del horrendo crimen. Recordemos que el próximo año se cumplirán 25 años de la masacre.

FIN

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