México: ¡Tortilla o Muerte! (1)

Las ciudades tienen olores que las distinguen. Buenos Aires embriaga con sus parrillas de mediodía, la Carrera Sétima de Bogotá huele riquísimo a café, las enormes urbes asiáticas marean con el curry, Río de Janeiro un poco a húmedo (el centro de Lima hiede a orines, como todos sabemos).
Pero es México el país que tiene el privilegio de la unanimidad del olor porque allá todo tiene aroma de tortilla y en particular, claro, el centro del Distrito Federal.
El viajero es atacado por la fragancia de la tortilla desde el amanecer cuando las carretillas de tortilleros y tacos inician su negocio y las panaderías abren para vender millones de tortillas porque cada familia mexicana consume no menos de dos kilos diarios.
¿Qué se hace con esa sencilla tortilla de maíz de receta inmemorial? Los usos esenciales son dos: como pan para acompañar las comidas y como Tacos, es decir, envueltas con un relleno al escoger y, por favor, con mucho picante.

Se consumen tantas tortillas en ese país y desde hace tanto que nadie duda en señalar a la tortilla como un producto cultural porque, decía un estudioso, es “alimento, plato, cubierta, servilleta y estabilidad”.
Para garantizar su precio bajo, México asumió la importación, acopio y distribución del maíz y todo marchó bien hasta que llegó como Primera Plaga– adivinen- el “Tratado de Libre Comercio de América Del Norte” (TLCAN), que enarbolaba la enseña de la guerra contra los subsidios y el control de precios… incluyendo la tortilla.
En 1999 el Estado transfirió el problema a la empresa privada y autorizó el aumento de la importación de maíz de los Estados Unidos y a precios que hicieron derrumbar la economía campesina provocando el desempleo rural y el aumento de migración a los Estados Unidos. Un verdadero desastre.
El maíz y la tortilla, ya en el libre mercado de la oferta y la demanda pasaron entonces a manos de empresas millonarias como el Grupo Gonzales Barreda, la Archers Daniels Midland, la Corn Products International y Arancia, Cargill, Continental y otras que se adueñaron del mercado.
Lentamente y sin pausa, el precio de la tortilla comenzó a subir, imparable.
Desde la firma del Tratado, aumentó en un 783 por ciento y el año pasado llegó un día hasta 13 pesos por kilo, todo un escándalo para millones de mexicanos pobres que sobreviven con 20 pesos por día.
Llegó entonces la Segunda Plaga, el anuncio de que los Estados Unidos aumentaban la producción de etanol pra combustible a base de maíz, desviando sus mejores cosechas para las usinas y dejando las peores para los mexicanos.
La explosión popular fue inevitable y llegaron los cacerolazos. A fines del 2006, en todo México se sucedían las marchas de miles que coreaban “¡Sin maíz, no hay país!”, o “¡Abajo el pan, arriba la tortilla!”.
El llamado “Tortillazo” fue la primera gran batalla política del presidente Felipe Calderón, quien tuvo que enviar policías y hasta tropa para enfrentar a los furiosos tortilleros que marcharon el 31 de enero pasado y decretaron el 2 de febrero o Día del Boicot a la Tortilla.
Había que pactar. Y se suscribió en enero un exótico “Acuerdo para Estabilizar el Precio de la Tortilla” que durará solo hasta este fin de mes y que aseguró en 8.50 pesos el kilo de las fraganciosas tortillas pese a las protestas pues antes de aquel pacto ¡costaba menos!
El 80 por ciento de los hogares mexicanos aguarda con ansiedad la fecha final del Pacto y temen lo peor, es decir, que las empresas monopólicas insistan con la especulación y presionen el aumento confiando en que –como ha sido siempre- el Estado los defenderá en nombre del libre comercio.
Así entonces, el aroma de tortilla que envuelve a México ya tiene un poco de olor a pólvora pues la tensión es inocultable. Una serie de instituciones alistan sus armas de protesta y es probable, casi seguro, que seremos testigos de otro Tortillazo que, conociendo a los mexicanos, puede ser de extrema violencia.
En el primer desayuno me sirvieron cuatro o cinco humildes tortillas que se veían inofensivas. Pero el mesero a quien pregunté sobre el tema me advirtió, riendo, “Cuidado, son explosivas”.

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