La trágica muerte de Enrique Moral

Historias de periodistas (Dos)

-¡Pronto, una cámara, esto hay que fotografiarlo!! –dijo alguien en el balcón del segundo piso de la prestigiosa Casa Moral, de fotografía, en la calle Mercaderes, en el jirón de la Unión.
Efectivamente, había un extraño espectáculo en plena calle. Un numeroso grupo de hombres armados rodeaba y obligaba a caminar a empellones nada menos que al presidente Augusto B. Leguía.
Enrique Moral tomó una cámara, hizo varias tomas de la dramática escena y luego, cogiendo un trípode, bajó corriendo las escaleras para seguir al grupo que avanzaba hacia lo que hoy es la Plaza San Martín.
¿Qué había pasado? A las dos de la tarde de aquel 29 de mayo de 1909 un decidido grupo del Partido Demócrata que lideraban los Piérola asaltó el Palacio de Gobierno, mataron al valeroso Mayor Elespuru y a varios soldados y tomaron preso al Presidente para obligarlo a firmar su renuncia. Como Leguía se negó decidieron sacarlo y llevarlo a su casa de la calle Pando, donde planeaban encerrarlo.

Los hermanos Isaías y Carlos de Piérola conducían a la turba y llegaron hasta la esquina de la residencia presidencial pero luego dudaron entre la casa del sedicioso Durand o la legación de Inglaterra pero ambas estaban muy lejos. Ya la ciudad se movilizaba y el escándalo crecía por instantes. Los balazos se escuchaban en todas partes y el clásico cierrapuertas se generalizaba.
Desconcertados por la férrea resistencia del pequeño mandatario a quien casi arrastraban, optaron por llevarlo a la Plaza de la Inquisición para allí obligarlo a firmar el documento que traspasaba sus poderes.
Todo esto lo fotografiaba Enrique Moral con la rapidez que le permitía la cámara que poseía y que había tomado del negocio de su afamado hermano Manuel. Ambos eran portugueses pero Enrique había llegado hacía poco, atraído por el éxito de su hermano, fundador de la revista “Prisma”, luego de “Variedades” y del diario “La Crónica”.
El enfrentamiento entre Demócratas y leales el régimen proseguía en otros escenarios. En la Prefectura, por ejemplo, Amadeo de Piérola y otro grupo intentaba tomar el control y aunque mataron a varios y coparon el local, pronto se organizó una resistencia que acabó por derrotarlos.
Moral mientras tanto seguía tomando fotos al grupo que estaba al pie del monumento a Bolívar. Las amenazas a Leguía subían de tomo y todo hacía pensar en un desenlace trágico. Pero de pronto, casi por milagro, apareció un piquete de soldados comandados por un oficial Gómez y que iba en plan de exploración, enviado por sus jefes a ver qué pasaba.
Gómez vio al Presidente rodeado, entendió la situación y no lo pensó dos veces.
De manera irresponsable ordenó a sus fusileros: “¡Apunten, fuego a discreción!!!” y la primera andanada cayó sobre los absolutamente sorprendidos limeños que había allí entre sediciosos y curiosos. Varios cayeron muertos al instante y entre ellos el fotógrafo Enrique Moral. La espantada fue general y el alférez sacó a Leguía de debajo de un civil muerto. “¿Quién es usted?” –preguntó el Presidente. -“¡Alférez Gómez, a sus órdenes!” -contestó el joven militar.
-“Pues desde ahora es usted el capitán Gómez” -repuso el mandatario.
El golpe fracasó en un par de horas. Leguía retomó el poder, decenas fueron apresados y murieron una veintena.
Los periodistas lamentaron profundamente la muerte de Moral cuyas fotos ya reveladas sirvieron para identificar a los golpistas.
Enrique Moral es pues el primer mártir del fotoperiodismo en el Perú.

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