“Doctor Livingstone, I presume…”

Historias de Periodistas (Tres)

“Henry Morton Stanley – Bula Matari – + May 5, 1904” se lee en la sencilla lápida del célebre a la vez que controvertido explorador, periodista y aventurero al fin.
No hay nada más excitante para una imaginación temprana que una expedición internándose en el Africa misteriosa, escuchando en las noches los rugidos de las fieras y los “tam-tam” lejanos que anunciaban su presencia en territorios prohibidos y quizá convocaban a su exterminio.
Stanley, británico (galés para más señas) se había ganado el estrellato en el New York Herald Tribune y uno de los pocos que había combatido en la Guerra Civil en ambos bandos. Enérgico, decidido e irreverente, era el redactor viajero favorito deJames Gordon Bennett Jr., heredero del diario. Por su eficiencia (a la que afianzaban sus pocos escrúpulos) lo había enviado a cubrir, por ejemplo, la inauguración el Canal de Suez, la guerra en Abisinia, los conflictos en Palestina, Constantinopla, Crimea, Bagdad, la India… Era, en suma, el más famoso corresponsal de guerra de su tiempo.

Por eso lo llamó un día de 1869 en que coincidieron redactor y dueño en París y Bennett le encargó encontrar a David Livingstone, un evanlizador inglés que se había adentrado en una zona ignota de Africa y del que nadie sabía nada desde 1866.
Bennett no puso límites: -“Gaste lo que quiera ¡pero encuentre a Livinsgtone!”.
Era el tiempo en que los diarios neoyorkinos se disputaban un enorme mercado de lectores. Pulitzer y Hearst no habían llegado todavía a la gran urbe y Bennett campeaba sin problemas.
Así fue como Henry Morton Stanley inició la búsqueda del Dr. Livinsgtone, un misionero que había elegido Africa para salvar almas y que no estaba perdido ni preocupado.
Pero la expedición de 200 hombres de Stanley avanzaba y enviaba despachos a Nueva York y al mundo, movilizando enorme interés. Fueron varios meses de viaje en el que incluso debió recurrir a las armas y liderar un pequeño ejército para abrirse paso a Ujiji, adonde llegó en noviembre de 1871.
“…Divisé la faz blanca de un hombre. Tenía una gorra orlada con una cinta dorada, vestía una chaqueta corta de color rojo y los pantalones… bueno, no me fijé en eso. En un momento me encontré dándole la mano. Ambos nos quitamos el sombrero y yo dije:
-`¿El doctor Livinsgtone, supongo?`
-Sí”.
El hallazgo y encuentro se convirtió en la más formidable noticia de su tiempo y desde entonces ha cautivado a todos los buenos periodistas y nadie se preguntó sobre los métodos del periodista ni sobre su personalidad pues era su heroicidad lo que importaba.
Hoy Stanley ya no es lo que era. De héroe británico pasó a ser el simple aventurero que fue, ambicioso, vanidoso y carente en lo absoluto de ética y respeto por los pueblos que exploró. Fue tan brutal como otros exploradores pero había una diferencia: era periodista y su finalidad no era abrir territorios sino conseguir información y contar la historia.
Los africanos le decían “Bula Matari” (algo así como “no conoce obstáculos”) y por eso su viuda hizo colocar el apodo en su tumba. Antes de morir pidió que lo enterraran al lado de Livingstone en la Abadía de Westminster pero ya sus colegas periodistas lo habían investigado y tenía tan mala reputación que la Iglesia se negó a recibirlo.
Pero su pregunta pasó a la historia: “Dr. Livingstone, I presume…” como sinónimo de encuentro, tarea cumplida, triunfo, realización y empecinamiento.

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