El “loquito” Chema Salcedo

Historias de Periodistas (Cuatro)

“No había sino un camino: entrar al hospital en procura de atención médica. Convertirse en paciente. Naturalmente, convertirse en paciente es, ante todo, dar la impresión de ser paciente. Ello significaba que el aspecto físico, la vestimenta y la actitud debían reflejar algún grado de enfermedad mental” .
Así comenzó el periodista José María Salcedo su celebrada crónica “Manicomio” que publicó en partes en algún periódico de los ochentas que no hemos podido hallar, porque ¿en cuántos periódicos habrá trabajado el gran Chema que hoy brilla en la radio y la televisión? Debe ser una historia larga de contar.
Ese reportaje lo urdió en complicidad del fotógrafo “Chino” Domínguez. No se afeitó en varios días, rebuscó ropa vieja que le quedara grande, se alborotó el pelo y ensayó en el espejo su mejor aspecto de chiflado (si sus tías lo vieron se infartaron de susto).

El destino era el Hospital Víctor Larco Herrera y el objetivo, investigar cómo se trataba a los pacientes mentales pues había escuchado muchas quejas.
Ambos entraron al gran hospital construido en los años veinte y el Chema avanzó solo hacia las oficinas mientras Domínguez escondido detrás de un árbol apuntaba con su teleobjetivo y discutía con una señora que le porfiaba: “-Oiga, no sea malo, no le tome fotos al loquito”.
Salcedo hizo los trámites de rigor y paseó por todos los ambientes con naturalidad y sin impedimentos porque, claro, era un colega nuevo que se unía al grupo. La mayoría le pedía cigarrillos y él extendía una proletaria cajetilla de “Incas”.
Fue entrevistado por una psicóloga, un psiquiatra y obtuvo un diagnóstico de “Neurosis depresiva”, una receta, y un tíquet para ingresar.
Regresó días más seguido siempre por el Chino Domínguez a cierta distancia y con un aspecto que empeoraba. Ya estaba francamente integrado a la estética general del Manicomio y los enfermos le conversaban y contaban. Uno, por ejemplo le reveló “-Cómo le va, cómo le va, qué dice la CIA amigo, yo soy agente de la CIA, tengo unos vidrios en los ojos… veo también a mi amigo el señor Emperador del Japón”.
Vio con extrañeza que muchos pacientes usaban overoles con la marca “Volvo” en la espalda y apellidos bordados en el pecho pero que no correspondían a los nombres de los pacientes así que era inútil llamarlos. Luego comprobaría que se trataba de un regalo de uniformes usados.
La historia siguió en la calle porque el Chema decidió probar reacciones ante su aspecto. Los taxistas lo vigilaban por el retrovisor, dudando que aquel loquito tuviera para pagar; solo algunos transeúntes le respondían, la mayoría huían; una joven de un kiosco de periódicos le regaló un cigarrillo rubio.
“¿Cómo me ves?”, pregunté. Y añadí: “¿Ya estoy mejor, no?” La chica pareció turbarse, bajó la vista y musitó: “Sí joven, ya está usted mejor”.
Varios días después, ya bañado y afeitado, Salcedo volvió a la carga por la vía regular y obtuvo entrevistas con varios médicos encargados de pabellones pero nunca pudo hablar con la directora, que le envió una respuesta no del todo desacertada: “Nosotros no nos preocupamos de las noticias, estamos abocados a la atención de nuestros pacientes… cuidarlos es más importante que ocuparnos del periodismo”. Y lo largó sin más trámite.
¿Fue un Gran Reportaje o una gran Crónica? No importa el Género. Fue una gran ayuda a los enfermos del Manicomio y una formidable lección de periodismo audaz y comprometido.

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