Montoro, el “mendigo” de Expreso

-Historias de Periodistas (Cinco)

Raul Villarán, jefe de Redacción del futuro diario Expreso, discutía con sus mejores reporteros sobre la necesidad de lograr noticias de impacto cuando reparó en el flaco que llegaba calmosamente al rincón destinado a los redactores de Policiales. Iba buscando a un amigo que le había prometido un puesto de reportero.
-Caray, qué pinta de mendigo que tiene el tipo ése -dicen que comentó.
Porque efectivamente Luis Felipe Montoro era un zambito esquelético, encorvado y con un hombro caído, pelo rizado alborotado, chalina a la pedrada y un cigarrillo colgando de los labios, mal vestido, y, en fin, con cierto aspecto siniestro.
Por ahí surgió entonces la idea: “-¿Porqué no lo disfrazamos de mendigo y lo enviamos a la calle?… que lo siga un fotógrafo y luego que nos haga una serie de crónicas, si no sabe escribir no importa, aquí se las rehacemos…y además lo contratamos”.

Y así, en octubre de aquel año de 1961 el reportero Luis Felipe Montoro, más despeinado que nunca y astroso, con un sombrerón y zapatos rotos, entró cojeando al jirón de la Unión pidiendo limosna.
“Me senté en la vereda, recostando la espalda contra la barroca fachada de la basílica La Merced. Sentía la morbosa humedad del clima limeño y ansiaba que cayera el tibio sol de Octubre. Extendí la palma de la mano esperando el contacto de una moneda.
Me había convertido en el típico mendigo de la ciudad; lo delataban así los harapos que exhibía. Mi larga cabellera enmarañada. Mi tupida barba teñida de blanco, mi tez magra y macilenta, mi sombrero de flecos y agujereado, movían a una terrible compasión”, escribiría en su relato “Yo fui mendigo” publicado como libro años después.
Montoro se tomó muy en serio la asignación y decidió que la experiencia debía ser de varios días, para tener, dijo “datos completos sobre esta lacra social que pulula en la Gran Lima”.
Estuvo tres horas en La Merced, acosado por policías, barrenderos, vendedores de lotería pero sobre todo por los colegas pordioseros que observaban que este misterioso recién llegado acumulaba monedas hasta juntar varios soles.
A mediodía fue al convento de los Descalzos a buscar algo que comer y conoció a otro grupo de mendigos. Para que no lo descubrieran debió someterse al rito de brindar con un asesino ron de quemar (“un fuego líquido me quemó la boca, pecho y estómago”) y cuando se aburrió decidió marcharse y comer algo decente. Debió pagar por adelantado en el único cafetín que lo admitió en el jirón Trujillo.
Más tarde siguió a los menesterosos a las cuevas de las riberas del río Rímac donde dormían y pasó una noche espeluznante, animándose con pisco. Al día siguiente, en Cantagallo, bajó al río , como los demás, a lavar su ropita.
Fueron varios días terribles, que pusieron a prueba su vocación de periodista hasta que finalmente el diario le avisó que era suficiente, que retornara a redactar.
La serie de crónicas, pulidas por Jorge Donayre, fueron un éxito y Montoro se integró a la redacción.
Luis Felipe se dedicó luego a la literatura y es el escritor más prolífico que recuerde. Ha publicado no menos de 50 novelas que ha editado, repartido y vendido yendo y viniendo por Lima. Evocó al periodismo nuevamente en su ficción “Las ratas del castillo” (1981) en que colocó a Raul Villarán como personaje central.
El gran poeta Juan Gonzalo Rose prologó su libro y escribió: “La singular misión de Isaac Felipe Montoro , que fue seguida ávidamente por miles de lectores de este diario, abrió un nuevo método para la obtención de la noticia fidedigna y exacta. De allí en adelante, no será raro que cualquier periodista se haga recluir en una cárcel, se vuelva monje u opte por la política para describir a sus lectores, vívidamente, las sensaciones y problemas de los personajes de
‘este gran teatro del mundo”.

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