Marco “Mala Suerte” Alemán

Historias de Periodistas (Siete)

-¡Hola Sol Peruano! –le gritábamos al encontrarlo en la calle pues su nombre, Marco Alemán, llamaba la atención y movía a tomadura de pelo. Marco se reía de las bromas y continuaba apurado con su pesado maletín James Bond donde llevaba de todo, pruebas de imprenta, cheques, facturas, contratos y quizá hasta el almuerzo.
Luchaba por la vida como pocos. Gracias a su voz grave y microfónica lo contrataban para ceremonias solemnes, siendo el locutor infaltable de los festejos de la izquierda. En los años setenta se hizo columnista político del diario Expreso velasquista y, en fin, acompañó a la izquierda de entonces en sus avatares. Fue un tiempo, por ejemplo, gerente de publicidad del “Diario Marka”.

No sabía hacer otra cosa que escribir, editar, vender publicaciones y logró, en 1984, editar dos importantes libros, “La Entrevista”, con la asesoría de Humberto “Chivo” Castillo Anselmi pero sobre todo logró convencer al gran Víctor Hurtado Oviedo para que componga el texto “El Periodismo de Opinión” que es quizá el mejor manual especializado que se haya publicado sobre columnas y editoriales.
Hacia 1990 cumplió el sueño de editar un semanario propio al que bautizó como “Página 2” que se vendía poco y mal pero él conseguía publicidad por medio de su recién fundada “Agencia MAS” y logró llegar hasta las cincuenta ediciones con dificultades porque el periodismo independiente nunca fue buen negocio. Austero, no tomaba un taxi por ningún motivo. Imposible imaginar que la insistencia en viajar en micro le costaría la vida.
Una tarde de febrero de 1992 abordó un micro de la línea 49 (“Arenales, Surquillo… todo Abancay”) y seguramente estuvo contento de lograr un asiento con ventanilla. El vehículo se arrimó, como es usual para buscar pasajeros, a la vereda de la avenida Wilson justo delante del edificio de oficinas de la SUNAT cuando una terrible explosión lo hizo saltar por el aire.
Los expertos calcularon que los subversivos habían colocado unos 20 kilos de dinamita en el maletín que uno de ellos dejó en la puerta y salió corriendo sin que nadie atinara a detenerlo.
El estallido fue pavoroso y sacudió el barrio entero y las víctimas principales fueron los inocentes pasajeros de aquel autobús que estaban sentados al lado derecho, como el propio Marco Alemán. Todos los edificios circundantes fueron afectados, incluyendo, por ejemplo, el Museo Italiano, donde no quedó ni un solo vidrio entero.
Cuando los bomberos apagaron el fuego con gran trabajo y rescataron heridos y cadáveres, la policía antiterrorista se lanzó sobre los despojos y encontraron el maletín, sus documentos, todo, dejando que el cadáver de Marco fuera remitido a la Morgue como desconocido con el clásico cartelito de “NN”.
Al no llegar a su casa, la familia avisó y denunció su desaparición. Colegas, amigos, familiares lo buscaron varios días hasta que alguien tuvo la idea de examinar entre las víctimas del atentado no identificadas y, efectivamente, ahí estaba el cuerpo destrozado del buen Marquitos, que acababa de cumplir 48 años. Un tarjeta encima del pecho decía escuetamente: “Shock hipobolémico por heridas punzocortantes ocasionadas por armas punzopenetrantes (esquirlas de metal)”.
Se desató la maledicencia limeña. Alguno llegó a decir que había sido él quien portaba la bomba; otra versión insistía en que estaba ligado a Montesinos y que el atentado era para eliminarlo.
Puras mentiras. Marquitos fue solo una víctima de su enorme mala suerte

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