-La máquina de Márquez

Historias de Periodistas

Solo media docena de amigos acompañaron sus restos al Cementerio, entre ellos Ricardo Palma, que lo había apreciado tanto. Era el 7 de diciembre de 1907.
Hoy, a José Arnaldo Márquez lo recuerdan con calles y plazuelas y unos dicen que fue poeta y otros que periodista. La verdad es que hizo de todo –cronista, diplomático, poeta, dramaturgo, filósofo, matemático- pero más tiempo estuvo trabajando en las redacciones y de allí surgió la idea que hubiera podido hacerlo rico pero que lo arrojó a la pobreza. Por eso El Comercio en la pequeña nota en que anunció la mala nueva dijo: “El gran poeta ha muerto en el desamparo, la miseria y la soledad”.

Los historiadores lo encuentran en el periodismo desde 1848 en El Comercio y luego en El Heraldo, El Diablo, La Actualidad, El Diario, entre otras publicaciones.
Si Márquez era efectivamente era un gran periodista, poeta reconocido, educador, traductor para la Real Academia Española de Shakespeare, Byron, Longfellow y otros pues dominaba diez idiomas ¿porqué terminó sus días en una oscura habitación del Hotel Central que pagaban sus amigos?
A mediados del siglo 19 la prensa masiva de los países del norte aumentaba sus ventas de manera vertiginosa acercándose a la cifra alucinante del millón de ejemplares. Tenían sin embargo un “cuello de botella” insuperable; no podían acelerar la producción de los diarios porque no existía una manera rápida de componer los textos.
Había grandes rotativas, papel en bobinas, tinta perfecta, pero los textos debían ser compuestos a mano, es decir, de la misma manera que lo habían imaginado Gutenberg hacía más de 400 años. Se requería de un ejército de cajistas para armar líneas, columnas y páginas (la mejor descripción que conocemos del sistema antiguo de la imprenta está en la novela de Balzac “Las Ilusiones Perdidas”. Remitimos a los interesados a ese libro).
Quien inventara una máquina que reemplazara a los cajistas manuales tendría el mundo periodístico mundial a sus pies. Y eso se le ocurrió a Márquez, es decir, diseñar, patentar, vender una máquina de componer textos tipográficos.
No era el único por supuesto pues muchos otros inventores perseguían la idea y armaban máquinas que no servían. Por ejemplo, Mark Twain gastó una fortuna en una inútil “Page Typesetter” para componer textos que fracasó rotundamente.
Hacia 1870 Márquez tenía listos los planos y logró la ayuda de Henry Meiggs para ir a Nueva York a presentar su máquina y luego a Europa. ¿Cómo funcionaba? Los planos han desaparecido y solo se cuenta con descripciones de contemporáneos, como el escritor argentino García Merou que vio la máquina en París: “Para componer se daba vuelta a un manubrio que giraba alrededor de dos alfabetos circulares, colocados perpendicularmente. La letra señalada en cada alfabeto iba a incrustarse en una matriz que había efecto de componedor y de cliché para esteriotipia…”.
La máquina estaba bien ideada pero no funcionaba bien, fallaba con frecuencia y Márquez seguía invirtiendo todo su dinero en el proyecto. Hasta le robaron los planos.
Pero el golpe final le sobrevino cuando los grandes diarios de Nueva York
anunciaron que habían adoptado finalmente una máquina llamada “Lynotipe”
desarrollada por un hábil relojero alemán, Otmar Merghentaler y que funcionaba con eficacia indiscutible.
José Arnaldo Márquez, derrotado, regresó a Lima repatriado por el gobierno porque no tenía ya un solo centavo. José Antonio Miró Quesada le encargó redactar algunas crónicas para “El Comercio” pero el periodista ya estaba vencido y murió al poco tiempo.
La Universidad de San Marcos publicó hace poco, como libro, una bella crónica sobre un viaje que hizo a Nueva York, con un magnífico estudio biográfico de Carmen Mac Evoy, el mejor que se haya escrito sobre Márquez, quien triunfó en todo pero fue derrotado por una máquina.

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