Archivo mensual: agosto 2007

Historia de una crónica de color

“Lima, junio 18 (AP).- El terremoto que destrozó la vida de miles en la zona nor-central del Perú ha traído una ola de prosperidad a Lima.

Una ‘invasión’ de periodistas, fotógrafos, equipos de TV, tripulantes de aviones y helicópteros y demás personal de auxilio llegado del extranjero, han dejado las cajas registradoras sonando alegremente en los lugares dedicados a los turistas en la capital fundada por Pizarro”…

Esta fue la Entrada de la crónica que redactó el gringo Joe Mac Gowan, corresponsal en Lima de la Associated Press, para describir lo que creía que pasaba en Lima.

Es de imaginar el estupor de los militares velasquistas cuando leyeron el despacho publicado por “La Prensa”.  Y debe recordarse que el propio general Velasco carecía absolutamente de humor y de paciencia.

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El Idioma también colapsó

Uno de los más afectados por el terremoto sureño ha sido el idioma. Entusiastas reporteros, micrófono en mano, han perseguido a ministros, dolientes, heridos, policías y hasta moribundos preguntándoles: “-¿Dónde estaba cuando colapsó su casa?”
Puede comprobarse que el verbo “colapsar” ha derrotado al verbo “dejar” –tan utilizado por los periodistas (“el colapso de la Iglesia dejó más de 100 muertos”).
Pero resulta que “colapsar” –vean el Diccionario- no tiene el significado que le atribuye la prensa. Y tampoco se debe usar “dejar” como sinónimo de Causar, Provocar, Producir, Ocasionar, Originar.
Aquí han colapsado carreteras, aviones, casas, hospitales, colegios, es decir, el colapso total. Pero probablemente el colapso lo haya sufrido algún miembro de la Academia y en su real acepción, o sea, Síncope, Vahido, Ataque, Desmayo, Indisposición o simplemente Patatús.
Todo parece indicar que se trata de un traslado periodístico del “collapse” en inglés, que ha sido adoptado por nuestro Nuevo Periodismo.
Igualmente ha recrudecido el uso de “Efectivo” para referirse a miembros de la policía o del Ejército.
Pediremos ayuda al gran español Fernando Lázaro Carreter y su “Dardo en la Palabra” (Galaxia Gutenberg, 2001) en comentario sobre la primera guerra en el Golfo:
“… Lo más seductor de la jerga en estos días es el empleo que prensa y radio están haciendo de los ‘efectivos’. Se lee, se oye, por ejemplo, que ‘las tropas iraquíes alcanzan los 430 mil ‘efectivos’. Habíamos localizado ya esto en varios locutores deportivos: ‘El Atlético avanza con tres ‘efectivos’, es decir, con tres jugadores…”.
(…)
“Y así, un recluta, un ‘marine’ o una rata del desierto son ‘efectivos’. Pero ‘efectivos’ son las fuerzas militares, estimadas cuantitativamente, que se hallan en disposición de combatir (…) Llamar ‘efectivo’ a un solo combatiente, es tanto como denominar orquesta al piano o tripulación a una azafata. Nada constituye obstáculo, sin embargo, para la intrepidez con que se está edificando el neoespañol”.
Es decir, que han sido los colegas españoles quienes nos enviado el virus del “efectivisismo” que ha contagiado hasta al mismísimo presidente García y sus ministros y demás efectivizados.
Y no es la única enfermedad porque ya el cirujano César Hildebrandt ha alzado la voz de alarma sobre la grave “Epidemia de Amor” que se ha desatado luego del siniestro. Pero mejor léanlo en “La Primera”, no me vayan a acusar de plagio… como a ya saben quién, cuya ética y vergüenza colapsaron hace tiempo…
……
Para salir de dudas ir a http://www.rae.es y preguntar nomás.
……….

TV criolla… qué verguenza

Cuando comenzó el bamboleo del terremoto la TV del amigo que visitábamos estaba
prendida. Tomé el Control remoto y cambié al 2, 4, 5, 8.. buscando el indispensable y urgente Flash. Nada… Luego de largos minutos en que recorría el dial criollo completo, opté por saltar a la CNN, en el Canal 31. Y allí estaban dando la noticia completa ¡antes que la TV peruana!
Qué barbaridad, qué falta de sentido periodístico, etc. Una vergüenza. Y en el Canal 8, luego de una breve nota se arrancó Jimena de la Quintana con noticias de economía como si nada hubiera pasado. Recién a las 7.30 pm. apareció Josefina Townsend agitada y maquillada de urgencia para unos pocos minutos de información, retornando después el Canal a la Economía que, estamos seguros, a nadie le importaba un pito en ese dramático momento.

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Guido, “de príquiti mangansúa”

Guido Monteverde Morzán era muy difícil de entrevistar, por lo fabulador y exagerado. A lo largo de años de trabajo se había elaborado una biografía  que no parecía corresponder a ese personaje viejito, calvo y barrigón que tecleaba en un rincón del discreto diario sensacionalista “El Popular”.

En el salón de su casa en Miraflores, tenía una mesita llena de fotografías en las que aparecía con diversos personajes famosos y contaba historias poco verosímiles. ¿Un ejemplo? Decía que su primer bisoñé se lo había regalado John Wayne y que era igual al que usaba Frank Sinatra y que éste mismo, poco después, le había regalado otro de su colección. Y se ufanaba de haber descubierto y lanzado a la popularidad, decía,  a la mayoría de artistas nacionales de los años cincuentas y sesentas.

Pero en medio de sus excesos o medias verdades había cosas ciertas pues por años fue el cronista de Espectáculos más conocido a la vez que promotor; y muchas de las palabras que inventó en sus columnas “Qué pasa en Radio” y “Antipasto Gagá” pasaron al lenguaje coloquial y quizá estén ya en algún diccionario.

Monteverde comenzó su carrera en el espectáculo como recitador, una especialidad artística ya no se cultiva, salvo a nivel escolar.  Con un impecable terno blanco de “chasque”, derramaba sus versos en emisoras de radio, instituciones como la “Casa del Pueblo”  en la av. Alfonso Ugarte y también escribía poemas.

Alguien lo recomendó a Eudocio Ravines, promotor del naciente diario vespertino “Ultima Hora”, en 1950, quien lo envió a Orlando Cabrera Leyva, el organizador. Al periodista chileno le pareció divertido, lo interrogó sobre el ambiente de la radio y luego lo contrató para que redactara una columna diaria titulada “Qué Pasa en Radio”, una clásica sección de datos y chismes de la farándula.

Al poco tiempo se hizo cargo de la sección de Espectáculos y fue entonces que comenzó a desarrollar sus talentos de organizador y promotor de espectáculos populares.

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Pocho Rospigliosi ¿Que pasó, qué pisó?

Los “Strikers” de Florida habían goleado al “Cosmos” del mismísimo Pelé, con tres goles de Teófilo Cubillas. 

El partido no había sido transmitido por televisión pero no importaba. Los aficionados  querían ver los goles de Cubillas y para cumplir con su viejo slogan “… esto es lo que le gusta a la gente”, Pocho Rospigliosi aguardaba con creciente nerviosismo la llegada de la grabación desde Miami que traía el propio Cubillas.

Cuando el futbolista dejó el casette en Panamericana TV en ese domingo, Pocho inició su programa “Gigante Deportivo” anunciando: -¡Después de los comerciales…vienen los goles de Cubillas! Y reclamando a los técnicos la edición de la goleada. Pero el formato americano era diferente y se requería un aparato que adaptara la grabación al protocolo criollo.

Fueron casi tres horas de angustias y hasta ataque de nervios en que el gordo conductor resoplaba, sudaba e insistía: “¡Ya vienen los goles de Cubillas!” mientras los técnicos desesperaban por la solución hasta que la encontraron y casi al final, Pocho pudo anunciar triunfante: -¡Ahora sí, aquí están los goles de Cubillas!

Ese programa tuvo tanto “rating” que la frase quedó para la historia del periodismo deportivo y esos famosos goles fueron repetidos por años.

Alfonso “Pocho” Rospigliosi Rivarola ha sido el periodista deportivo más conocido del Perú;  y desde su desaparición, en octubre de 1988  ninguno de sus colegas ha logrado sus niveles de popularidad.

Era tan apreciado como discutido y no solo por sus opiniones deportivas. Rospigliosi fue quizá el primero en confundir el ejercicio del periodismo con los negocios, quebrando el antiguo acuerdo ético no escrito que estipulaba que los espacios eran diferentes, es decir información y publicidad iban juntas pero no revueltas.

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El inolvidable Albert Brun

-Por favor, con el señor Klaus Barbie.-¿Quién? –contestaron en el intercomunicador de la finca El Carmen, de Chaclacayo.

-El señor Barbie, de parte de Albert Brun, periodista….

-Un momento –repuso el interlocutor, luego de una larga pausa..

Un rato después se abrió la puerta y apareció el propietario, el corpulento alemán Federico Schwend, sonriente, en actitud campechana, invitando a pasar al periodista francés que conocía bien pues lo había entrevistado por su pasado hitleriano.. Seguramente luego de consultar con su paisano se decidieron por el cinismo hasta que el nazi pudiera regresar a La Paz.

-Pasa Albert, pero te has equivocado, aquí mi amigo se llama Klaus Altmann, es comerciante, vive en Bolivia… entra, tomemos un pisco.

Brun, jefe de la agencia France Presse, llevaba un fotógrafo que tomó placas de la reunión en que compartió  brindis con Schwend y con el otrora  temible Klaus Barbie,  cruel oficial de la SS, asesino de judíos y líderes de la Resistencia francesa como el legendario Jean Moulin.  Le decían El Carnicero de Lyon y la justicia francesa lo perseguía para colgarlo.

Parecía un sencillo comerciante, tranquilo y amable que aceptó la invitación para tomarse unos tragos en el bar del Hotel Bolívar, y hasta se dejó fotografiar para Caretas en plena Plaza San Martín. La primicia de Brun dio la vuelta al mundo y no hubo dudas: era el Carnicero a quien pisaban los talones desde hacía años los esposos Klarsfeld, implacables “cazanazis”.

Corría el mes de enero de 1972, etapa dura del gobierno militar presidido por el general Velasco Alvarado.

Albert Brun, el embajador francés y los citados Klarsfeld hicieron frenéticas gestiones para que la Interpol lo detuviera y se iniciara un proceso de extradición pero el Carnicero regresó a Bolivia sin problemas obviamente con la anuencia del gobierno peruano, que no quería abrirse un frente diplomático con  dicho país. Barbie (Altmann) era ciudadano boliviano y protegido por sus autoridades.

Esta es solo una de las mil historias que tenía para contar el gran periodista Albert Brun, que vivió en el Perú casi 40 años. Aquí murió, rodeado de afecto y admiración, jubilado ya de France Press pero sin dejar nunca el periodismo, que era su razón de vivir.

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