El inolvidable Albert Brun

-Por favor, con el señor Klaus Barbie.-¿Quién? –contestaron en el intercomunicador de la finca El Carmen, de Chaclacayo.

-El señor Barbie, de parte de Albert Brun, periodista….

-Un momento –repuso el interlocutor, luego de una larga pausa..

Un rato después se abrió la puerta y apareció el propietario, el corpulento alemán Federico Schwend, sonriente, en actitud campechana, invitando a pasar al periodista francés que conocía bien pues lo había entrevistado por su pasado hitleriano.. Seguramente luego de consultar con su paisano se decidieron por el cinismo hasta que el nazi pudiera regresar a La Paz.

-Pasa Albert, pero te has equivocado, aquí mi amigo se llama Klaus Altmann, es comerciante, vive en Bolivia… entra, tomemos un pisco.

Brun, jefe de la agencia France Presse, llevaba un fotógrafo que tomó placas de la reunión en que compartió  brindis con Schwend y con el otrora  temible Klaus Barbie,  cruel oficial de la SS, asesino de judíos y líderes de la Resistencia francesa como el legendario Jean Moulin.  Le decían El Carnicero de Lyon y la justicia francesa lo perseguía para colgarlo.

Parecía un sencillo comerciante, tranquilo y amable que aceptó la invitación para tomarse unos tragos en el bar del Hotel Bolívar, y hasta se dejó fotografiar para Caretas en plena Plaza San Martín. La primicia de Brun dio la vuelta al mundo y no hubo dudas: era el Carnicero a quien pisaban los talones desde hacía años los esposos Klarsfeld, implacables “cazanazis”.

Corría el mes de enero de 1972, etapa dura del gobierno militar presidido por el general Velasco Alvarado.

Albert Brun, el embajador francés y los citados Klarsfeld hicieron frenéticas gestiones para que la Interpol lo detuviera y se iniciara un proceso de extradición pero el Carnicero regresó a Bolivia sin problemas obviamente con la anuencia del gobierno peruano, que no quería abrirse un frente diplomático con  dicho país. Barbie (Altmann) era ciudadano boliviano y protegido por sus autoridades.

Esta es solo una de las mil historias que tenía para contar el gran periodista Albert Brun, que vivió en el Perú casi 40 años. Aquí murió, rodeado de afecto y admiración, jubilado ya de France Press pero sin dejar nunca el periodismo, que era su razón de vivir.

Pocos periodistas hemos conocido con una historia de vida semejante.

Francés, había nacido en Marruecos y aprendido inglés y español perfectamente. De tez oscura y pelo ondulado, su acento no lo delataba y podía pasar perfectamente como latinoamericano. Y  a los 19 años ingresó como traductor a la agencia Havas.

Eran años previos a la Segunda Guerra, que lo sorprendió en América vendiendo los servicios de su agencia. Inmediatamente pidió enlistarse y estuvo entre cientos de paisanos que esperaban transporte en Venezuela para regresar a Europa. No lo consiguieron y debieron dispersarse a buscar trabajo.

Varado en Caracas decidió ser fotógrafo ambulante, se asoció con un amigo y salió a la calle a captar transeúntes. Les entregaba luego una tarjeta para que la compraran en su oficinita al día siguiente. Tuvieron éxito y pasaron a tomar fotos de fiestas y matrimonios.

Un día cambió su suerte porque encontró en la calle a Ernest Hemingway, a quien fotografió, le dio la tarjeta con su dirección y ante su sorpresa el famoso escritor fue a comprar la foto, que resultó excelente y entonces decidieron festejarla con un trago.

Fueron muchos tragos porque Albert era  tan buen bebedor como el propio Hemingway; se hicieron amigos y el norteamericano le ofreció trabajo en La Habana. Y se fueron a Cuba juntos, para trabajar una autobiografía ilustrada.

Fueron casi dos años gratos en la isla dividiendo su tiempo entre los trabajos para Hemingway y la fotografía que vendía a los periódicos habaneros. No se olvide que eran años de la Segunda Guerra y Batista controlaba la situación con mano autoritaria.

Brun había tomados fotos a Hemingway y una, que le parecía muy graciosa, la pasó a un diario.  El norteamericano aparecía tumbado en una hamaca mientras una niña negra lo abanicaba.

El gobierno consideró la foto como denigrante y ordenó al francés que se marchara inmediatamente y debió volver a Caracas y al oficio de fotógrafo ambulante; pero terminó la Guerra, la agencia Havas fue reemplazada por la novísima France Presse y Brun se encargó de instalar la oficina en la capital venezolana. Y luego hizo lo propio  en Santiago de Chile y después en Bogotá, haciendo recorridos promocionales por América, luchando por hacerse un lugar al lado de las grandes agencias de noticias norteamericanas.

El siguiente encargo, en 1952, fue igual de difícil: fundar la oficina de AFP en Lima, en plena dictadura del general Manuel A. Odría.

 

 

Albert Brun ya había estado en Lima y conocía bien el Hotel Bolívar que en esos años cincuenta gozaba de esplendor y comodidades. Allí se instaló el flamante corresponsal en 1952 usando su télex para enviar sus despachos a París, mientras buscaba oficina.

Es necesario describir mejor a Brun para explicar sus éxitos. No solo era magnífico fotógrafo y un muy inspirado redactor sino que era capaz de hacerse amigo de cualquiera. Políticos, poderosos, militares, sindicalistas eran seducidos por su extrema simpatía, su permanente sonrisa y cordialidad, su buena disposición para sentarse a cafetear, ofrecer un pisco sauer en su bar favorito, en el Bolívar. Para sus colegas tenía siempre el dato necesario,  la información que necesitaba; a nadie le regateaba un dato. Y en tiempos de dictadura su calidad de extranjero le permitía asistir a sus amigos periodistas.

Desde que abrió la oficina comenzó a fichar personajes, de tal manera que a los pocos años era el corresponsal mejor informado y en especial sobre los militares; y tanto que hasta se aseguraba que era agente secreto de la “Sureté”.

Brun se reía  de las sospechas y organizaba su oficina. El diario El Comercio tenía a la Associated Press como agencia exclusiva y sus oficinas estaban en el local del viejo periódico. Entonces France Presse hizo lo mismo con el diario La Prensa, instalándose en el tercer piso del viejo edificio del jirón de La Unión, con dos transmisores, uno propio y otro alquilado a la empresa All American Cables, lo cual le daba independencia técnica.

Allí llegaban los despachos de Parìs que traducían para los clientes un pequeño ejército de intelectuales reclutados por Albert, como el lingüista Alfredo Torero, Juan Chang (que morirìa después con el Ché Guevara), el luchador sindical César Lévano, Juan “Cancho” Larco, el historiador Juan José Vega, y otros.

Más tarde se instalarían en un nuevo edificio en la esquina de los jirones Huancavelica y Cailloma, en pleno centro de Lima, donde funcionarían muchos años.

En los años sesenta promovió la fundación de la Asociación de Prensa Extranjera en el Perú (Apep). Y nos dejó testimonio de su formación en texto que redactó cuando la organización cumplió 25 años, en 1989.

Allí contó que la idea de Apep nació en 1963 en reuniones entre la oficina del corresponsal de Time y Life, Alejandro Loayza y el Salón de Té D’Onofrio del Pasaje Olaya. Allí se reunían Albert Schazin de United Press,  Diego Gonzales de Associated Press, Marcelo Ongania de Ansa,  Pedro Araneda de Novedades de México, Manuel Olivari de Cruzeiro de Brasil y el propio Brun.  El nacimiento formal, con las actas correspondientes, se hizo el 7 de setiembre de 1964 siendo su primer presidente Loayza. Luego le seguiría el propio Albert Brun, por varios años, contribuyendo a su prestigio.

Yendo y viniendo a  Bolivia, que también estaba a su cargo, asistió a importantes acontecimientos, como varios golpes de Estado. “He estado en seis revoluciones en el Perú” solía contar a los amigos mientras sorbía café tras café y consumía cigarrillos sin descanso, en exceso que ni siquiera su magnífica salud podía resistir.

Fue muchas veces entrevistado por jóvenes colegas. Uno de éstos, J.J. Vega Miranda le preguntó:

-¿Y alguna vez estuvo cerca de la muerte?

-Sí, durante la guerra del fútbol me detuvieron los hondureños, me metieron bajo una ducha y me tuvieron  bajo el agua 72 horas, sin parar, sin comer, sin hablarme. Y en otra ocasión, y no me gusta contarlo porque parece huachafo, en Paraguay me hicieron un simulacro de fusilamiento. Claro que yo no sabía que era un simulacro. Pero en esos momentos uno dice “bueno, bueno, qué vamos a hacer… Es igual que cuando mi médico que me dijo que tenía un 8 % de posibilidades de salir vivo. ¿Lo opero o no lo opero? Pues opéreme le dije.

La enfermedad lo derrotó finalmente y en una de sus últimas entrevistas enfatizó: “Dos cosas no se aprenden, a ser poeta y a ser periodista”.

 

 

 

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