Guido, “de príquiti mangansúa”

Guido Monteverde Morzán era muy difícil de entrevistar, por lo fabulador y exagerado. A lo largo de años de trabajo se había elaborado una biografía  que no parecía corresponder a ese personaje viejito, calvo y barrigón que tecleaba en un rincón del discreto diario sensacionalista “El Popular”.

En el salón de su casa en Miraflores, tenía una mesita llena de fotografías en las que aparecía con diversos personajes famosos y contaba historias poco verosímiles. ¿Un ejemplo? Decía que su primer bisoñé se lo había regalado John Wayne y que era igual al que usaba Frank Sinatra y que éste mismo, poco después, le había regalado otro de su colección. Y se ufanaba de haber descubierto y lanzado a la popularidad, decía,  a la mayoría de artistas nacionales de los años cincuentas y sesentas.

Pero en medio de sus excesos o medias verdades había cosas ciertas pues por años fue el cronista de Espectáculos más conocido a la vez que promotor; y muchas de las palabras que inventó en sus columnas “Qué pasa en Radio” y “Antipasto Gagá” pasaron al lenguaje coloquial y quizá estén ya en algún diccionario.

Monteverde comenzó su carrera en el espectáculo como recitador, una especialidad artística ya no se cultiva, salvo a nivel escolar.  Con un impecable terno blanco de “chasque”, derramaba sus versos en emisoras de radio, instituciones como la “Casa del Pueblo”  en la av. Alfonso Ugarte y también escribía poemas.

Alguien lo recomendó a Eudocio Ravines, promotor del naciente diario vespertino “Ultima Hora”, en 1950, quien lo envió a Orlando Cabrera Leyva, el organizador. Al periodista chileno le pareció divertido, lo interrogó sobre el ambiente de la radio y luego lo contrató para que redactara una columna diaria titulada “Qué Pasa en Radio”, una clásica sección de datos y chismes de la farándula.

Al poco tiempo se hizo cargo de la sección de Espectáculos y fue entonces que comenzó a desarrollar sus talentos de organizador y promotor de espectáculos populares.

Era sin duda un buen lector y recibía revistas como la argentina “Radiolandia” de la que copió el estilo de entrevistar. Pero su mayor influencia la tuvo del famoso columnista  Walter Winchell, del Daily Mirror de Nueva York, que inventaba palabras como “presstitutes” o chicagorillas”, y que le traducía su esposa.   Dicen que también copió algo de un columnista popular venezolano. Igualmente conoció bien los estilos de Hedda Hooper y Louella Parsons.

Pero Guido tenía imaginación y  buen oído popular y lanzó adjetivos como “gagá”, “superchurrísima”, “nikísima”, “marlonbrandeado” para  la Alta Sociedad, que fueron adoptados sin problemas. Y usó otros más de origen igualmente desconocido y significado dudoso, como “de príquiti mangansúa” cuando algo era muy  bueno o “masas buitrecito”.

Tenía ayudantes que le conseguían información, como un flaco macilento que se hacía el misterioso, Rafael Ruiz, que firmaba como “La Sombra” y que más tarde que luego sería también columnista de Espectáculos. Otros jóvenes que lo ayudaron en aquella década de los cincuentas fueron Pablo Mesías y el novel y jovencísimo  César Hildebrandt.

Su fama llegó pronto cuando en febrero de 1951 promovió en el Diario el famoso concurso de mambo cuya final se realizó en la Plaza de Acho y con la presencia de la ya legendaria orquesta de Dámaso Pérez Prado. Se hicieron tan amigos que el músico compuso el mambo “Antipasto Gagá” que está en la lista de sus mejores composiciones.

 

 

-Masas y bataclanas

 

Los muchachos que hacían “Ultima Hora” de los cincuentas no solo descubrieron  las masas como público lector sino también como consumidor de una propuesta cultural inédita en la Gran Lima, esto es, la música tropical como espectáculo. Es verdad que desde Cuba bajaban desde hacía mucho la rumba, la conga, el bolero, el merengue pero eran bailes de clases medias y hasta de salones aristocratizantes.

El mambo, en cambio, con la promoción del vespertino, tuvo una insólita acogida masiva en nuestra Lima mestiza y tanto, que el Cardenal Guevara terminaría excomulgando a todos lo que lo bailaran o escucharan. Fue un fracaso para la Iglesia pues se hizo caso omiso a la admonición y el mambo siguió reinando en las radios y bailes.

Luego de la presentación de Dámaso Pérez Prado en la Plaza de Acho y comprobada la capacidad de convocatoria y movilización del diario, Guido Monteverde propuso a Raúl Villarán la formación de una compañía de revistas con bataclanas, “vedettes”, tal como había ya en Buenos Aires o en Santiago de Chile con las “Bim Bam Bum”.

El dinero lo puso Guillermo Wiesse Thorndike, un raro de caso de vocación por el periodismo. Era millonario y no necesitaba siquiera trabajar pero la redacción y la bohemia lo atraían tanto que no tenía reparos en unirse a las aventuras de sus coleguitas.

Pusieron entonces un gran aviso: “Se necesita 20 chicas para una compañía de revistas” y armaron un jurado para seleccionarlas pues la respuesta fue magnífica. Decenas de jovencitas criollas acudieron al llamado y bailaron en la boite “Cotillón” (entre Cailloma y Ocoña) ante nada menos que Yolanda  Montes,  “Tongolele” que se presentaba en la boite “Embassy” de la Plaza San Martín.

En los primeros lugares de las elegidas estuvieron las jóvenes veinteañeras Betty Di Roma, Alejandrina Población y Consuelo Loyal Cavallini a quienes Monteverde “bautizó” como “Mara” y “Anakaona” respectivamente. A Betty no hubo que cambiarle el nombre.

Debutaron como las “Bikini Girls” en el Teatro Monumental de la avenida Venezuela en febrero de 1951 y se hicieron famosas aunque el negocio al final no resultó tan rentable.  Años más tarde Guido insistiría en el rubro con  las compañías “Chá Cha Cha”,  “Bim Bam Bum”, “Parampampán”, llamando jovencitas a participar, promocionándolas en los diarios en que trabajaba.

Cuando Raul Villarán  organizó la Empresa Periodística Nacional para el magnate Luis Banchero Rossi no dudó en proponerle a Guido Monteverde que se trasladara con sus viejas y populares columnas al futuro diario ”Correo” de Lima, que circularía en 1963.

Guido abandonó “Ultima Hora” y pasó al edificio de la avenida Wilson pero el nuevo diario no tuvo nunca la receptividad del anterior y sucesivos esfuerzos de organización  de espectáculos populares fracasaron.

Intentó después con la televisión y no le fue mal  pues su “Escalera del Triunfo” de Canal 9 alcanzó buena sintonía gracias en parte a que llamó para conducirlo a Augusto Ferrando, que ya era popular en los barrios con su “Peña Ferrando” un verdadero circo de espectáculos. (Después Ferrando se pasaría al Canal 5 para dominar la sintonía de los sábados con “Trampolín a la Fama”).

En medio de sus actividades de periodista y negociante de espectáculos, Monteverde hallaba tiempo para cultivar dos aficiones, la pintura y la cocina. Y hasta organizó una exposición de sus obras en una galería céntrica. En la inauguración recibió a los invitados disfrazado de pintor, con mandil, boina, y paleta y pinceles en mano, ofreciéndoles para brindar una taza de quáker caliente…

 

-Guisos y  un Picasso

 

Guido Monteverde, decíamos, tenía gran afición por la cocina y se preciaba de conocer recetas de dulces limeños antiguos. Se lamentaba tanto de que no hubiera un lugar para un buen Ranfañote, Frejol Colado o Arroz Zambito con Coquitos que alguien lo retó a montar su propio negocio para vender  sus famosas recetas caseras.

Y lo hizo. Alquiló una estrecha tienda al lado del cine City Hall en la avenida Venezuela y puso sus magníficos dulces en venta y convocó a todos sus amigos a probar. Total, siempre hubo más amigos y parientes que clientes y cerró a los pocos meses.

Pero después, cuando los avatares del Gobierno  Militar lo alejaron del periodismo diario se animó a fundar un restorán de “haute cuisine” en la avenida Pardo, en Miraflores. Allí estaba él mismo, cocinando supervisando en “Guido’s”, con precios  altos pero buena cocina. Inventaba platillos  como el que llamó “Fetuccini a la BB” con salsa de queso gorzonzola y camarones, inspirado, dijo, en el mal olor de la famosa artista francesa. “Víctor Raúl iba mucho a  comerlos en mi restaurante”. Dijo en una entrevista.

Fue en su restorán que se realizó en junio de 1974,  una reunión de miembros destacados de la oposición al gobierno militar y que hizo noticia porque se pensó que formaba parte de una conspiración para derribar a los paranoicos generales velasquistas.

En 1981 cometió un grueso  error al aceptar trabajar con Carlos Landberg, aparentemente un militante un aprista  fanático de Haya de la Torre.  Le pidió que organizara el diario “PM”. Imaginamos que no sospechó Monteverde que aquél era un narcotraficante, cuyas andanzas fueron reveladas más tarde por una apabullante investigación de Gustavo Gorriti para “Caretas”. Guido duró pocos meses en el periódico, se peleó con Landberg y se retiró a seguir pintando.

Y también viajando. En 1983, por ejemplo, pasó una temporada en Nueva York, visitando museos, alternando con pintores famosos y proponiéndoles canjes. Y no le fue mal porque en su casa exhibía dos grabados del famoso Willem De Koonin, ciertamente muy valiosos, y otros trabajos.

Pero lo más notable de la colección de pinturas que colgaban de la pared de su sala era un óleo de Picasso.

-Guido… ¿Ése es un Picasso… original? ­-Le preguntamos con ocasión de una entrevista hacia 1995.

-¡Un auténtico Picasso, por supuesto! Era mi amigo, lo visité en Cannes y me lo regaló.

Parece que la historia era así: Monteverde había viajado a Europa y llevaba unos cuantos huacos valiosos en la maleta, para venderlos o canjearlos. Y efectivamente, visitó la casa de Picasso, creo que en Cannes,  y con el portero le envió un magnífico huaco mochica.

Picasso apreció la magnífica pieza y lo hizo pasar, se interesó por lo que llevaba en la bolsa y le pidió precios.

Guido no dudó: -Un cuadro, maestro y todos son suyos..

Picasso, conocido amarrete, tampoco dudó. Entró al taller y salió con un óleo de mujer de tamaño mediano: -Es tuyo. Adiós amigo.

Guido lo enrolló y lo trajo a Lima. En aquella entrevista le pregunté cuánto valía la tela.

-Unos 250 mil dólares, mal vendido… -afirmó.

Luego se integró al diario sensacionalista “El Popular”, de la familia Mohme, con su vieja columna y su más viejo todavía estilo de datos con puntos suspensivos; pero ya no movilizaba a nadie. Lo sorprendió la muerte en junio de 1996.

¿Y el cuadro de Picasso?  Sería interesante saber cómo se resolvió la controversia familiar que provocó tan interesante herencia.

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s