Robinson varado en Trujillo

Se llama Hermi Arthur Derek, tiene 56 años, es hijo de pescadores australianos y está viviendo en una frágil choza en una playa norteña alimentado por la caridad pública. Y es un auténtico naufrago, sin nada que envidiarle al legendario Robinson Crusoe.

Ha tenido la mala suerte de llegar al Perú donde ha encallado con la burocracia.

¿Cuál es la historia?

Hermi es un navegante solitario, miembro de aquella rara estirpe de marinos valientes que se lanzan al mar en pequeñas embarcaciones para dar al vuelta al mundo. Quizá nuestro crédito latinoamericano fue el gran Vito Dumas.

Hace cinco años que salió Derek de Australia en su sólido yate “Cumulus” –9 metros de eslora- equipado con todo lo necesario y decidido a dar la vuelta al mundo. Logró, afirma, visitar decenas de países sin problemas hasta que llegó al Pacífico, donde comenzaron sus problemas.

En noviembre del año pasado perdió el control de su pequeña nave cuando pretendía llegar a Costa Rica desde México y fue a encallar finalmente en la playa Punta Verde, en Manati, Ecuador. Lo recibieron pescadores que le indicaron  donde podía pedir ayuda mecánica.

Sacó su bicicleta y fue al poblado más cercano y al volver sufrió su primer contratiempo: le habían robado todo, especialmente su GPS, aquel artilugio indispensable para navegar.

Le costó meses reparar un poco su yate y largarse de ahí cuanto antes. Pero, ay, pasó a las costas peruanas.

Cuado llegó a Talara a duras penas, las autoridades le pidieron papeles, que por supuesto no tenía. El peligro de quedarse allá para siempre se resolvió cuando una comprensiva empresa naviera le extendió un certificado que le permitió marcharse.

Pero debió atracar enPacasmayo pues su motor fallaba. Y otra vez le pidieron papeles, incluso de prueba de la propiedad del abnegado “Cumulus”, etc.

Superó el trance y partió pero de nuevo se malogró el motor y fue a parar a la playa El Encanto, en Chao, Virú, a una hora al sur de Trujillo, víctima de las olas. Una logró romper una compuerta, inundándolo y haciéndolo escorar hasta casi voltearse, varándolo en la playa..

Pobre Hermi. Fue al Centro de Salud de Chao pues tenía dolores terribles de muelas y cuando regresó, el “Cumulus” estaba hundido. Le habían robado lo poco que quedaba, incluyendo el ancla con que lo sujetó a unas rocas.

Nuevamente pidió ayuda a embajadas, instituciones, periodistas pero eso sí: se negó a abandonar su amado yate afirmando con energía que no se movería de allí hasta que lograra sacarlo de la arena para marcharse hacia el Cabo de Hornos, meta de su viaje.

Entomces construyó su endeble choza donde todavía espera que se cumplan las promesas  de recuperar su nave.

Muchos lo han ayudado con ropa, comida en conservas y ha hecho amigos entre los lugareños. Incluso tres perros tan solitarios como él lo han adoptado y hasta lo cuidan, enseñando los dientes a los visitantes.

¿Cómo terminará esta historia? ¿Volverá al mar el curtido australiano, o se quedará a vivir para siempre en Trujillo?

 

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