Archivo mensual: enero 2008

Uchuraccay (Final): La otra masacre

Los comuneros de Uchuraccay no abandonaron su actitud agresiva hacia propios y extraños luego asesinar a los periodistas. Un informe de Amnistía Internacional dice que los uchucaraínos formaron patrullas comunales para perseguir a
presuntos subversivos, grupos que en la práctica se transformaron en pandillas de ladrones y asesinos, alentados por los militares.
“El domingo siguiente a la matanza, guardias civiles entregaron en Tambo a comuneros de Uchuraccay suministros de alcohol y coca confiscados a traficantes de la región” dice el informe, uno de tantos que se han venido haciendo desde
el histórico suceso.
Era pues beneficioso ubicar y perseguir subversivos; y las comunidades vecinas, como Balcón, cerca de Tambo, se quejaron de un asalto el 10 de febrero. También el 16 incursionaron en la comunidad de Huayllay y otras, como Miscapampa, Aco.
En suma, las fuerzas del orden convirtieron a Uchuraccay en una base de patrullas comunales que detenían y hasta ejecutaban sospechosos. Eran parte de la estrategia antisubversiva de las fuerzas del orden y por esto fueron inmediatamente señalados por Sendero Luminoso como un objetivo importante.
El 20 de mayo en la madrugada, aprovechando los estragos de una gran borrachera comunal, una columna senderista entró a Uchuraccay y asesinó a 20 pobladores, provocando el pánico y la huida de algunos pero la mayoría todavía tenía confianza en que serían protegidos por el Ejército.
El 16 de julio aprovechando la fiesta de la Virgen del Carmen, otra columna armada entró al poblado, registró las casas y mató a una veintena más de campesinos.
Y el 24 de diciembre, cuando se aprestaban a celebrar la Navidad, una nueva incursión senderista masacró a ocho comuneros más, acusándolos de traidores.
A los uchuracaínos solo les quedaba la huida, el desbande, el abandono de sus casas. Muchos fueron a la selva, a Tambo, Huanta, Huamanga e incluso llegaron a Lima.
Para colmo, al año siguiente, 1984, los “Comités de Defensa Civil” iquichanos junto a militares, incursionaron varias veces en Uchuraccay. En abril, las rondas de Carhuahurán saquearon la Iglesia y la escuela, en agosto cinco mujeres fueron acribilladas desde un helicóptero y el buscado  Fortunato Gavilán, teniente gobernador fue asesinado por Sendero en Taccata, cuando escapaba del pueblo. Otro, que dirigió la masacre, se suicidó. Varios se refugiaron en Carhuapampa y fueron ubicados y muertos por Sendero, en 1988.
La Comisión de la Verdad dice en su Informe: “Las cifras son catastróficas. Murieron 135 personas de una comunidad que en 1981 tenía 470 habitantes”.
La aldea quedó abandonada hasta1993 en que 24 familias decidieron volver para reconstruirla y rehacer su historia, discutiendo mucho sobre si debían conservar el nombre ancestral o adoptar uno nuevo, que no recordara el estigma de la masacre de los periodistas en 1983.

Decidieron seguir con Uchuraccay y afrontarla lucha por la vida.

FIN

Uchuraccay (Tres). Vargas Llosa vs. el Juez Huayhua

 

Si bien el gobierno nombró la llamada “Comisión Vargas Llosa” para ofrecer al mundo un rápida explicación de la tragedia de Uchuraccay, no podía obligar a la justicia de renunciar a su obligación, la de juzgar formalmente a los culpables del asesinato masivo.

El general Noel Moral obstruyó la lusticia.  Con apresuramiento, solo para guardar las formas,  llevaron un fiscal no autorizado, un juez instructor para levantar los cadáveres, se hizo una autopsia apurada, nombró a un “sinchi” de Actuario, no se autorizó a la policía a investigar y menos a detener  a los criminales. Todo se volcó al apoyo de la explicación oficial.

De paso, el general denunció ante el Poder Judicial a Luis Morales, el corresponsal del Diario Marka “por delito de homicidio por negligencia”  en agravio de los periodistas muertos. Absurdo pero con efecto publicitario.

Los magistrados ayacuchanos tenían justa razón de sentirse marginados de su rol justiciero. Lástima que quien representó el resentimiento fue el juez Hermenegildo Ventura Huayhua, un militante aprista.

Luego de algunas investigaciones, la Corte Superior de Ayacucho abrió instrucción contra veinte iquichanos, de los cuales solo se pudo capturar a tres, desestimando la denuncia del General contra Morales y citando para Juicio Oral el 28 de setiembre de 1984.

La lista de testigos obligados a concurrir era larga e incluía a varios notables, destacando los nombres de los “comisionados” Vargas Llosa, Castro y Guzmán Figueroa, que viajaron a Ayacucho en noviembre para lo que, pensaron quizá, sería un trámite rutinario con el que culminaría su colaboración con  la sociedad.

Pero Huayhua y sus dos vocales se revelaron como interrogadores incisivos y hasta agresivos. Vargas Llosa fue su primera víctima. Citaron a los tres a la vez  y cuando llamaron al escritor enviaron  a Castro y Guzmán ¡al balcón! porque no había donde aislarlos.

Antes de preguntarle algo, Huayhua dijo que el tribunal tenía elementos suficientes para probar que elementos extraños intervinieron en la masacre y luego bombardearon a Vargas con preguntas tan insólitas como:

-“Practica usted la filosofía hedonista?”

Vargas Llosa, sorprendido, contraatacó:

-“¿Qué entiende usted por filosofía hedonista?”

-“El hombre que solo busca dinero…”.

Huayhua quería hacerle decir que había cobrado por estar en la Comisión, que estaba ganado mucho dinero por escribir sobre el caso, que admitiera que el Informe estaba lleno de errores, que todo estaba equivocado, que debía retirarlo. Y en el colmo, luego del primer día ordenó que los guardias lo aislaran en su dormitorio sin  permiso ni para ir a comer. (Tuvo que convencer a un policía por un frugal pan con carne).

Pero Vargas y los otros se mantuvieron en sus trece y luego volaron a  Lima, espantados por la conducta del Tribunal y protestando con energía. Y tanto, que hasta la Cámara de Diputados les dio su apoyo, armándose, en fin, un revuelo mayúsculo.

Pero el juez no se arredró y siguió acusando a Vargas de encubrimiento y complicidad ante la prensa extranjera y ante todo quien quisiera escuchar que “pronto se sabrá la verdad, haré revelaciones sensacionales…”.  Hasta dijo que le habían ofrecido ser Ministro.

Nada, no reveló nada. Un fiasco.  El juicio era un festín de errores, Huayhua resultó suspendido por indisciplina por la Corte Suprema y al año siguiente el proceso fue trasladado a Lima.

Vargas Llosa tuvo que seguir defendiéndose por mucho tiempo de las imputaciones del juez que aseguraba que sabía que “hubo extraños en Uchuraccay”.

Dicho sea de paso, es verdad que escribió una magnífica crónica para “The New York Times” titulada “Historia de una Matanza”, que se publicó algunos meses después del trabajo de la Comisión.
 

Uchuraccay (Dos): La Comisión Vargas Llosa

 ¿Fue el presidente Belaunde o Luis Alberto Sánchez? ¿Quién logró convencer al ya famoso Mario Vargas Llosa de aceptar integrar una mediática “Comisión  Investigadora de la muerte de los periodistas en Uchuraccay” al día siguiente de la matanza?

No fue nombrado “Presidente” pero su prestigio y popularidad lo hicieron tal inmediatamente. Los otros eran el Decano del Colegio de Periodistas, el aprista Mario Castro y el jurista, muy prestigiado también, Abraham Guzmán Figueroa.

Fue una decisión muy rápida, rara en el usualmente parsimonioso Belaunde. Pero es que el escándalo era mayúsculo. Y probablemente las Fuerzas Armadas habían advertido que no se dejarían manosear por el Poder Judicial, porque se advirtió que los resultados se las indagaciones no serían vinculantes, es decir, no servirían para llevar a nadie ante la justicia. Fue un triunfo militar.

Sin embargo la “Comisión” parecía una buena jugada política  destinada a aplacar a los que clamaban venganza.

Vargas Llosa formó un equipo compuesto por tres antropólogos, un jurista, un psicoanalista, dos lingüistas, un historiador… pero ninguno hablaba quechua así que quedaron librados a las explicaciones militares y a las versiones de los intérpretes contratados.

Viajaron inmediatamente a Ayacucho para interrogar oficiales, testigos, familiares pero la cita clave era con los comuneros, allá en las gélidas alturas de Uchuraccay a la que se llegaba por helicóptero o a pie por la ruta de los mártires. Y durante cuatro horas escasas escucharon a los comuneros quejarse del “señor gobierno”, de los senderistas, y en fin, autoinculparse justificando el crimen con su presunto primitivismo e ignorancia.

La cita terminó cuando el interrogatorio impacientó a los iquichanos y en particular a las mujeres, que comenzaron a gritar “¡Basta! ¡basta!”. Entonces todos, civiles y militares, abordaron los helicópteros y se marcharon para no volver más, abandonándolos a su suerte.

Al día siguiente comenzarían a asesinarlos de manera sistemática.

El 4 de marzo Vargas Llosa entregó el Informe que proponía una técnica de Convicciones “Relativas”y “Absolutas”  y entre éstas estaba la ya citada que exculpaba a las Fuerzas Armadas de cualquier tipo de intervención en el suceso, contradiciendo las versiones de parte del periodismo y sobre todo de los familiares de las víctimas que inmediatamente lo acusaron de haber claudicado ante los militares.

La entrega del Informe no significó el descanso para Vargas Llosa porque debió asumir con energía su defensa en  el Perú y en el extranjero. Mario Castro, político aprista al fin, se hizo el desentendido y Guzmán Figueroa se refugió en su ancianidad.

Lo malo para el escritor no vendría más adelante por el ángulo de los ataques de la prensa de izquierda y las familias sino desde el Tribunal Superior de Ayacucho y su Presidente, Hermenegildo Ventura Huayhua , quien le hizo pasar los que han sido quizá los peores ratos de su vida. 

Continuará

Uchuraccay, después de la tragedia (I)

-“Tal vez confundieron los teleobjetivos con armas de fuego” –dijo el nervioso general Clemente Moral a los numerosos periodistas que lo rodeaban  en el comedor del cuartel Los Cabitos, el mediodía del domingo 30 de enero.

-“¿No cree usted general, que esa información es una grosera mentira?” –replicó César Hildebrandt mientras los demás casi gritaban sus reparos ante las afirmaciones del militar.

Ya poco antes la reacción de rechazo había sido unánime cuando planteó que los periodistas llevaban una bandera roja y debió retirar el argumento ante el alud de protestas de los colegas, parlamentarios, familiares, autoridades de la Iglesia que además le reclamaban: “¿Por qué no hay ningún detenido?”

La confirmación del asesinato masivo de Uchuraccay del miércoles 26 de enero llegó a las redacciones limeñas recién el sábado 29 en la mañana, pese a que el Ejército tenía el dato desde el día anterior temprano, cuando los infantes de marina llegaron al lugar de la tragedia y comprobaron  el aviso recibido.

La información saltó en “flashes” en radio, televisión, despachos de agencias de prensa. En poco tiempo las redacciones de El Diario Marka, La República, eran un hervidero de colegas que querían datos, fotos de los colegas asesinados, entrevistas  con la familia.

Es de imaginar que en el Gobierno y las Fuerzas Armadas había discutido ya intensamente sobre la explicación a ofrecer decidiendo aferrarse a la ignorancia y primitivismo de las comunidades iquichanas, versión que sostuvieron hasta el final.

Guillermo Thorndike dirigía entonces La República y arregló el alquiler de un avión “Faucett” para viajar a Huamanga con una numerosa delegación. Partieron el domingo temprano, vieron a Noel Moral y después un grupo abordó los helicópteros que los militares pusieron a disposición para llegar hasta las alturas de Uchuraccay.

Los periodistas que fueron testigos de cómo los comuneros desenterraban a sus víctimas fueron, entre otros, José María Salcedo,  , Alfredo Pita (El Diario), José Olaya, Ismael León, Lorenzo Villanueva, Humberto Castillo, Ernesto Chávez (La República) , Arturo Salazar Larraín (La Prensa), César Hildebrandt (Visión, de Canal 4), Mario Castro Arenas (Correo y Colegio de Periodistas).

El cuadro era espantoso. “Desfigurados, abiertos a golpes de hacha, perforados por armas punzocortantes, golpeados con piedras y palos, los cuerpos de los ocho periodistas de Lima y Ayacucho fueron  plenamente identificados por los hombres de prensa que viajaron ayer al caserío de Uchuraccay (‘Galpón pequeño’ en quechua) escenario de la salvaje matanza”, describió La República.

En El Diario Marka el corresponsal Luis Morales escribió: “En tumbas dobles, cavadas a 80 centímetros de profundidad, fueron enterrados, desnudos, los ocho periodistas horriblemente masacrados el último miércoles”.

Humberto “Chivo” Castillo escribió más tarde su famoso testimonio “Adiós pueblo maldito”, que cuenta la llegada de los periodistas al lugar: “… desde arriba habíamos divisado los cuerpos de los periodistas. El helicóptero descendió hasta casi unos dos metros del suelo y empezamos a saltar. Caíamos sobre unos aguajales en los que crecía una tupida mata de totoras. Y casi enfangados hasta las rodillas empezamos a correr.

Cuando llegamos a la faldas del pequeño cerro, nos dimos cara a cara con ese cuadro horrendo y sobrecogedor: los ocho cadáveres, golpeados, algunos desfigurados, atrozmente maltratados, estaban  tendidos en el suelo, al borde las tumbas.

Fuimos reconociéndolos: Retto, Pedro Sánchez, De la Piniella, Sedano, García, Mendívil, Gavilán, Infante… Cada identificación provocaba más asombro, más cólera, más angustia…”.

………..

Continuará.

 

 

 

 

“Ultima Hora”… los viejos buenos tiempos…

“Chinos como cancha en el paralelo 38” es, por muy lejos, el titular más importante de la historia del periodismo peruano. Y lo publicó el tabloide vespertino Ultima Hora, uno de los diarios más importantes de nuestra historia periodística.

Este domingo 13 de enero se cumplirán 58 años desde que salió a las calles para fundar un estilo de periodismo que todavía se practica, esto es, el sensacionalismo con humor y uso del habla coloquial limeña.

Por ejemplo, la noticia era dramática pero ¿quién no sonrió cuando leyó: “Tranvía divide en cuatro a profesor de matemáticas” O  no se enterneció con “Enfermerita da mal paso” o no se interesó por el “Club de Suicidas” fundado por sus redactores policiales?

El diario, como se ha comentado muchas veces,  (yo mismo he publicado un libro sobre su historia germinal, su fundación) fue un fracaso inicial. Pero así sucede normalmente con los diarios. Se diseña, planifica, pero al salir a la calle encontrará perfil propio con el viejo método de ensayo-error que hace rectificar la política editorial buscando lectores. En la mayoría de los casos a las pocas semanas de su aparición un diario se parece poco al primer número.

Esto pasó con Ultima Hora, cuya concepción original de vespertino fue un fracaso hasta que lo asumieron dos jóvenes que luego serían periodistas notables: Raul Villarán (22) y Efraín  Ruiz Caro (20).

Me pregunto si hoy alguien entregaría un diario a dos muchachos como aquellos, que tenían tan poca experiencia –aunque Villarán ya venía trabajando en el ramo desde hacía unos tres años. Y el resto de la redacción andaba por las mismas edades.

Hay que reconocer que fue un gesto de audacia del solemne Pedro Beltrán dejarles la responsabilidad al hiperactivo y audaz Villarán, que ya rozaba los cien kilos, y al perpetuo entusiasta Ruiz Caro que prácticamente se mudó a la redacción.  Se añadieron Luis Loli, Guillermo Cortez Núñez, Carlos Meneses (creo que el único que había estudiado periodismo, en San Marcos), Emilio Bobbio, Pedro Alvarez del Villar, Guido Monteverde, Manuel Robles, y otros que olvido ahora, formando un sólido equipo de bohemios veinteañeros que fumaban como chinos y bebían como cosacos disfrutando como nadie del placer de hacer periodismo.

Esa sala de redacción era un espectáculo. Cargada de humo, con la radio con mambos a todo volumen, gritos y maldiciones de Villarán y un cartel en la puerta “Prohibido el ingreso a cobradores y poetas”.

“Chinos como cancha…” apareció en primera página el sábado 9 de diciembre de aquel 1950 pero ya hacía  semanas que el diario era otro porque aquel “Zurdo del Higuamo pegaba con la izquierda y jalaba con  la derecha” llamó la atención.

El equipo inicial se deshizo hacia 1954. Villarán se marchó a fundar el semanario “Extra”, Ruiz Caro entró de lleno a la política y fue elegido diputado en 1956. Alvarez del Villar emigró a México y, en fin, otros muchachos tomaron la posta haciendo de Ultima Hora un diario entretenido, con buena sintonía para temas populares.

Con los años fueron fundados tabloides quizá mejores pero hay que reconocer que ninguno ha tenido, hasta ahora, tal redacción con la calle y esquina de esos muchachos. Esa fue una de las claves de su éxito hasta hoy irrepetible porque aquello ¿adónde se aprende?

……………… 

PS.: Todavía tengo algunos ejemplares del libro “Ultima Hora. La fundación de un diario popular”. Encantado de regalarlo a quien se interese.

Raúl Villarán: “Soy el mejor”

¿Saben de alguien que haya redactado editoriales como éste?

“Saldremos a la calle, destrozados, con los nervios al hombro y la ropa sucia de tinta y limaduras, con ganas de arrojarnos a descansar en cualquier parte, maldiciendo. Pero vemos una nube de ‘Ultima Hora’ en las manos de muchos transeúntes y alguien dice, al pasar, a nuestro lado: -Está firme el periódico.

Y entonces nos olvidamos de nuestros anhelos de conseguir un empleo lógico y cómodo o de nuestro intenso sueño de comprar una granja para criar gallinas y pensamos, fervorosa y decididamente:

-Así es el periodismo. Así somos nosotros”.

Solo Raul Villarán, quien fundó o editó una decena de periódicos antes de morir destruido por el alcohol y la diabetes a los escasos 49 años, en 1977.

Egocéntrico hasta el ridículo, neurótico sin remedio, Villarán encontró en el periodismo el escenario ideal para desarrollar sus talentos de organizador y exhibicionista. Hubiera podido ser cantante, compositor de boleros, futbolista estrella, bailarín de tango, torero suicida pero no tenía el talento necesario y además era demasiado gordo. Con más de 100 kilos no se luce bien en ningún escenario… salvo en la redacción.

Difícilmente se encontrará declaraciones o puntos de vista políticos en sus textos, Alguna que otra vez dijo que era anticomunista, lo que se evidenciaba en sus líneas editoriales pero lo único que lo obsesionaba era la mejor foto, la mejor noticia, el mejor titular que provocaran la frase “Bravo don Raúl… usted es el más grande… el mejor”.

Con eso le bastaba.

Ya a los veinte años había desarrollado un estilo personal copiado de películas de Hollywood. Amaba a Broderick Crawford y Orson Welles, gordos como él, y fue en el cine que aprendió a fumar calando el cigarrillo, enjugándose la frente, moviéndose como un gangster, pateando puertas y tirando teléfonos.

Era todo un actor del periodismo. Confieso que me impresionó cuando lo conocí, en octubre de 1961, a los pocos días de la fundación del diario Expreso.

Por supuesto había oído mucho hablar de él y hasta lo vi en alguna ocasión de lejos en La Crónica, agitado, gordísimo, llevando ejemplares de la minirevista Jueves, que estaba editando. Para entonces ya circulaban muchas de sus anécdotas o historias.

Buscaba empleo cuando obtuve una cita con Encinas, el director, quien me envió al instante con Villarán, en el segundo piso, luego de contarle sobre mi experiencia..

-Buenas… ¿el señor Villarán? –dije, luego de tocar la puerta entreabierta de la oficina del Jefe de Redacción.

Pude verlo. Corpulento, coloradote, de terno y camisa arrugadísimos, corbata zafada, sudando copiosamente, gritó:

-¡Pase! ¡¿Dónde está mi Coca Cola?!

Sorprendidos ambos, nos quedamos callados hasta que atiné a decirle que yo era el periodista del que seguramente Encinas ya le había hablado, etc.

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