Raúl Villarán: “Soy el mejor”

¿Saben de alguien que haya redactado editoriales como éste?

“Saldremos a la calle, destrozados, con los nervios al hombro y la ropa sucia de tinta y limaduras, con ganas de arrojarnos a descansar en cualquier parte, maldiciendo. Pero vemos una nube de ‘Ultima Hora’ en las manos de muchos transeúntes y alguien dice, al pasar, a nuestro lado: -Está firme el periódico.

Y entonces nos olvidamos de nuestros anhelos de conseguir un empleo lógico y cómodo o de nuestro intenso sueño de comprar una granja para criar gallinas y pensamos, fervorosa y decididamente:

-Así es el periodismo. Así somos nosotros”.

Solo Raul Villarán, quien fundó o editó una decena de periódicos antes de morir destruido por el alcohol y la diabetes a los escasos 49 años, en 1977.

Egocéntrico hasta el ridículo, neurótico sin remedio, Villarán encontró en el periodismo el escenario ideal para desarrollar sus talentos de organizador y exhibicionista. Hubiera podido ser cantante, compositor de boleros, futbolista estrella, bailarín de tango, torero suicida pero no tenía el talento necesario y además era demasiado gordo. Con más de 100 kilos no se luce bien en ningún escenario… salvo en la redacción.

Difícilmente se encontrará declaraciones o puntos de vista políticos en sus textos, Alguna que otra vez dijo que era anticomunista, lo que se evidenciaba en sus líneas editoriales pero lo único que lo obsesionaba era la mejor foto, la mejor noticia, el mejor titular que provocaran la frase “Bravo don Raúl… usted es el más grande… el mejor”.

Con eso le bastaba.

Ya a los veinte años había desarrollado un estilo personal copiado de películas de Hollywood. Amaba a Broderick Crawford y Orson Welles, gordos como él, y fue en el cine que aprendió a fumar calando el cigarrillo, enjugándose la frente, moviéndose como un gangster, pateando puertas y tirando teléfonos.

Era todo un actor del periodismo. Confieso que me impresionó cuando lo conocí, en octubre de 1961, a los pocos días de la fundación del diario Expreso.

Por supuesto había oído mucho hablar de él y hasta lo vi en alguna ocasión de lejos en La Crónica, agitado, gordísimo, llevando ejemplares de la minirevista Jueves, que estaba editando. Para entonces ya circulaban muchas de sus anécdotas o historias.

Buscaba empleo cuando obtuve una cita con Encinas, el director, quien me envió al instante con Villarán, en el segundo piso, luego de contarle sobre mi experiencia..

-Buenas… ¿el señor Villarán? –dije, luego de tocar la puerta entreabierta de la oficina del Jefe de Redacción.

Pude verlo. Corpulento, coloradote, de terno y camisa arrugadísimos, corbata zafada, sudando copiosamente, gritó:

-¡Pase! ¡¿Dónde está mi Coca Cola?!

Sorprendidos ambos, nos quedamos callados hasta que atiné a decirle que yo era el periodista del que seguramente Encinas ya le había hablado, etc.

Y entonces asistí a su primera actuación:

-Mire, estoy volando de fiebre –y me mostró un par de frascos de pastillas, secándose el sudor con un sucio pañuelo. -Tengo que cerrar la edición… no tengo tiempo de escucharlo… ¿usted es periodista? ¿sí? vaya a la Mesa y demuéstrelo… estoy deshecho, hace tres días que no duermo. Venga a trabajar desde esta noche y le advierto… no se tome nunca mi Coca Cola…

Al día siguiente apenas me vio llegar me recibió con una foto en la mano:

-¡Un título para esto, rápido!

Era la imagen de un niño llorando, tapándose la cara con las manos, sentado en un ladrillo ante los escombros de su casa arrasada por un tornado, en los Estados Unidos. A su lado un perrito lo miraba, como intentando consolarlo.

Mis propuestas no le gustaron y luego de probar con todos los que llegaban aceptó al fin la que hizo Jorge Donayre, “Un buen amigo para llorar”. Feliz, mandó foto, título y leyenda al taller indicando que era para la primera página. Y se marchó. Todo lo demás era irrelevante, dijo, porque esa imagen conmovería a sus lectores más que cualquier noticia.

Varios días después bajé en la noche, ya tarde, a un pequeño restaurante al lado de Expreso. Lo llamábamos el nombre del dueño, “Marcelino” y allí preparaban, entre otras cosas, un magnífico tallarín saltado a la criolla.

Cuando esperaba el pedido apareció Villarán, agitado como siempre, se sentó al frente, pidió el menú y lo revisaba cuando llegó el mozo con mis humeantes y apetitosos tallarines.

-Tráigame uno igual –dijo, sin apartar la vista del manjar. Y cuando yo me aprestaba a comer me arrebató el plato y los cubiertos.

-Perdóneme, me muero de hambre –balbuceó, atacando los fideos con fiereza ante mi sorpresa. Callado, terminó en un instante, pagó la cuenta y se marchó cuando su plato, ahora mío, todavía no llegaba.

Donayre después me explicaría, muerto de risa: -Así es él, tienes que acostumbrarte, nos hace lo mismo a todos…

Solo estuve un par de semanas más en Expreso porque Benjamín Cisneros Diez Canseco, el hombre de imagen y prensa de la empresa Backus y Johnston me hizo una buena oferta y marché a trabajar al Rímac, al viejo local de la cerveza Cristal. Encontré que mi compañero de escritorio era nada menos que Jorge Donayre, que ya no estaba en Expreso porque Villarán también había dejado el diario, peleado con el Director Encinas.

Un año más tarde, en 1962, leí en un diario que Villarán y Luis Banchero Rossi convocaban a una conferencia de prensa en el Hotel Crillón para anunciar el lanzamiento de la cadena de diarios de nivel nacional; y ese mismo día el propio Villarán me llamó para invitarme y decirme “venga a trabajar con nosotros, déjese de vainas…”. Una tentación irresistible.

Abandoné Backus al día siguiente, renunciando ante el subgerente Schick, un gringo que se asombró por mi retiro a un empleo con menor sueldo y frágil. No pudo comprender que aquel empleo de ocho de la madrugada a cinco de la tarde redactando la revista “CristalVisión” y otras cosas era lo más aburrido imaginable en comparación con una redacción humeante y bulliciosa.

Las oficinas de Epensa estaban todavía en La Colmena, en el edificio Internacional y el día de la cita me enviaron a la oficina de Banchero, en el edificio El Sol, en Colmena y Camaná, donde ya estaban los periodistas Guillermo Thorndike y Julio Higashi. Los tres fuimos presentados juntos al magnate de la pesca por Villarán que ahora ya muy elegante, se pavoneaba tratando con familiaridad a Banchero.

La redacción se estaba pasando al antiguo local del colegio La Recoleta, toda una manzana de la que Banchero había comprado casi la mitad. Higashi y Thorndike se unieron al grupo que preparaba el lanzamiento de Correo de Lima y a mí me enviaron a Tacna, a dirigir Sur, el primer diario de la cadena, reemplazando al veterano Jorge Hani, al que llamaban a Lima.

Al hacerme cargo de Sur comprobé que a Banchero y Villarán, los habían sencillamente estafado con la maquinaria comprada de remate en los Estados Unidos yo en otros lugares. Un linotipo, varios cajistas y una vetusta impresora rotoplana de museo, un pequeño taller de fotograbados, un laboratorio fotográfico elemental era todo lo que había para editar el diario que era efectivamente una novedad para Tacna, la ciudad natal de Banchero Rossi. La mayoría del personal gráfico era de Arequipa. La redacción ya no era la de antes y tres o cuatro reporteros conseguían lo que podía.

Apareció por fin el 11 de junio de 1962 luego de largos meses de gastos y mantenimiento de personal de redacción de primera línea que más se dedicaba a la bohemia que a la noticia.

La competencia era el antiguo diario La Voz de Tacna, de la familia Carvajal y su hundimiento era la obsesión de Villarán. Quería, por ejemplo, ganarle la concesión de los avisos judiciales, la principal fuente de ingresos y le provoqué un serio disgusto a Villarán cuando dejé pasar la fecha de presentación a concurso en la Corte Superior.

Villarán sospechaba que nos copiaban las informaciones que recibíamos por sistema morse y eran fáciles de interceptar. Un magnífico transmisor comprado en Holanda hacía llegar sus señales desde Lima a medio planeta… pero no a Tacna.

Entonces a Villarán se le ocurrió una idea, una buena broma, que encargó ejecutar a Efraín Ruiz Caro, que ya estaba en la redacción central. Efraín me llamó por teléfono advirtiéndome que me enviarían la noticia de la muerte del Cardenal Landázuri como primicia de última hora. En La Voz de Huancayo no cayeron, por supuesto, porque no copiaban; se mantenían al día escuchando radio, de Lima y de la Argentina. Con eso era suficiente.

Con la correspondencia de Lima siempre llegaban papelitos de Villarán con órdenes, pedidos y constantemente reclamaba que le escribiera contándole todo lo que pasaba en Tacna, cualquier cosa, chismes, precios, turistas, clima, viajes, aviones, todo de todo. Y a veces llegaba el mismo Banchero Rossi en su avión para visitar a su mamá que todavía mantenía la antigua bodega de vinos de la familia.

Una vez cometí el error de pedirle un adelanto de sueldo. “Tiene que decirme para qué lo necesita” fue la respuesta. Entonces le contesté: “Quiero comprar llantas para traer mi auto a Tacna”. La nota final de Villarán fue: “Acabamos de negar adelantos a varios trabajadores que necesitaban dinero para enterrar a sus padres. ¿Y usted pide para llantas? No sea ridículo”.

 

-Correo de Lima, en 1963

 

Correo de Lima circuló desde el 10 de junio de 1963. Ya se habían fundado antes el citado Sur (que cambiaría nombre más tarde a Correo), Correo de Arequipa, Correo de Huancayo y Correo de Piura. Ahora faltaba la capital.

Banchero y Villarán viajaron a los Estados Unidos y Europa para ver modelos de diarios y buscar la rotativa, linotipos , etc. para armar el gran taller. Y efectivamente luego de visitar el diario “Bild Zeitung” de Alemania quedaron encantados con el formato tamaño “standard” y también aseguraron la compra de la maquinaria necesaria.

Aquello fue un fiasco. Cuando regresé de Tacna para sumarme al equipo limeño, el futuro taller estaba lleno de obreros que lijaban el material recibido que estaba absolutamente oxidado. Alguien les había mentido. Y la rotativa era un armatoste que solo entendía un técnico viejito contratado en Alemania. Estaba retirado y se animó a venir por una jugosa oferta; solo él hizo caminar la rotativa que rompía el papel a cada instante.

Cuando abrieron los cajones de los linotipos descubrieron que sus hornos para fundir el plomo eran calentados a gas. En Lima no había instalación de gas y se usaba la electricidad y por tanto se debió gastar más en técnicos para adaptarlos, aumentando los gastos y desesperando a Banchero.

Mientras tanto, Villarán tenía ya lista una soberbia redacción que aguardaba con expectiva el día de la salida. Para mantenerla trabajando se hacía “números cero” y juntábamos material para los llamados “Inactuales”, que llegaron a convertirse en un enorme archivo de crónicas y reportajes para echarle mano cuando hiciera falta.

Efraín Ruiz Caro y yo no estuvimos en la aventura porque nos marchamos a trabajar a Expreso. Encinas era todavía el Director y ahora Jesús Reyes comandaba al equipo periodístico, encargo que compartiría con Efraín. Yo fundé el nuevo suplemento dominical “Estampa”.

Desde Expreso contemplamos la salida de Correo y leímos su editorial, todo un himno de guerra al periodismo redactado sin duda por el propio Villarán:

 

“Este es Correo, su nuevo diario de la mañana. Tras él un equipo de hombres con los nervios tensos como cables de alto voltaje.

Trabajando angustiosamente, incansablemente, para ofrecer este puñado de hojas recién impresas.

En ellas va lo mejor de nosotros mismos.

(…)

¡Compren una localidad de primera fila en el gran espectáculo del mundo leyendo Correo desde hoy!

(…)

Mientras Ud. duerme, estaremos preparando para Ud. este diario. Queremos hacerlo alegre.

Queremos hacerlo fresco, vistoso, desenvuelto, cada mañana.

En él, la vida es formato Standard. Ni más ni menos que la vida en 16 páginas y sólo por un sol.

La pasión y el crimen.

La belleza y la victoria.

La guerra y la esperanza.

La muerte y la sabiduría.

¡Vengan con nosotros cada mañana!

¡Miremos juntos cómo gira este fulgurante, dramático carrousel!

(…)

Este es Correo, su nuevo diario de la mañana.

¡Participe con él en esta gran aventura de la vida!”.

 

-Su iniciación periodística

 

¿Cuándo y cómo comenzó Villarán en el periodismo? Ya hacía revistas en el colegio Maristas de San Isidro y apenas terminó la secundaria logró relacionarse con el mundillo del periodismo deportivo.

Con Guillermo “Cuatacho” Cortez Núñez editaron el semanario deportivo Equipo para los hermanos Belmont, fundadores de la Empresa Tipográfica Nacional (Etinsa) desde 1947. También trabajaban allí periodistas que serían importantes más tarde, como Carlos (Coco) Meneses, Rodolfo Espinar, el ingeniero calculista La Rosa (“Roberto Villa”), entre los principales.

A mediados del 49 Villarán dejó Equipo en manos de Cortez Núñez y fundó otra revista, Gaceta Deportiva, que sólo alcanzó a vivir dos números. Estaba sin empleo cuando lo llamaron al nuevo vespertino Ultima Hora para proponerle la dirección de la sección Deportes y entonces convocó a sus colegas de Equipo, para formar una redacción de buen nivel, con experiencia.

Ultima Hora fue su oportunidad pues, como se relatado ya, Pedro Beltrán, aconsejado por Eudocio Ravines, quería un vespertino popular. Tenían en La Prensa una buena rotativa, un gran taller, buen archivo, oficinas en el tercer piso. Valía la pena hacer el esfuerzo.

El diario circuló a partir del 13 de enero de 1950, con poca suerte y sin llamar la atención. El director era Jorge Luis Recavarren, del equipo de La Prensa, con muy poca experiencia más allá de la redacción de editoriales políticos.

En abril se desató la crisis. El real organizador del periódico, el chileno Orlando Cabrera debió salir del país y Ravines fue acusado de conspiración y deportado a México (recuérdese que se vivía el peor momento de la dictadura militar del general Manuel A. Odría).

Beltrán entonces decidió cerrar el diario y convocó a una reunión para anunciar la decisión a los trabajadores. Lo acompaña su socio político el industrial Pedro Rosselló.

El histórico episodio siguiente nos fue relatado por Efraín Ruiz Caro, testigo de privilegio, y publicado en mi libro sobre la historia de Ultima Hora:

 

“En la reunión en que todos estaban de pie, atrás, medio escondido, escuchaba Raul Villarán, jefe de Deportes, alto, robusto, blanco, que elevando la voz decidió jugarse el todo por el todo cuando los amigos se aprestaban ya a retirarse dejando al grupo de trabajadores sumido en la consternación del inminente desempleo:

-Don Pedro, si tenemos sueldo, papel… ¿por qué no sacamos el periódico hasta fin de mes? Nosotros podríamos fácilmente quintuplicarle el tiraje…..

Beltrán quedó tan sorprendido como los demás, y levantando la cabeza, como buscándolo, preguntó:

-¿Y quién sería el jefe de redacción?

Villarán no perdió tiempo en contestar con energía y audacia, abriéndose paso hasta la primera fila:

-!Yo!

-¿Y el jefe de informaciones? -preguntó entonces con calma Beltrán, dibujando una sonrisa entre burlona y escéptica.

-Ruiz Caro -repuso Villarán- señalando a su colega que también asentía con entusiasmo.

Titubeaba todavía Beltrán cuando el corpulento Rosselló se inclinó volteó hacia él y le dijo algunas palabras al oído, intercambiaron frases en voz baja y finalmente Beltrán sentenció con voz suave:

-Está bien señores, háganse cargo… por un mes.

Y sin añadir palabra salieron ambos de la redacción, dándoles, y dándose, un mes escaso de plazo para convertir ese fracaso en algo atractivo.

Quedó así la parte noticiosa en manos del medianamente experimentado Villarán y del novel Ruiz Caro. ¿Por qué Villarán propuso a Ruiz Caro si apenas se conocían de vista? Una crónica escrita sobre la universidad Agraria titulada :”A la Molina no voy más” había sido comentada con entusiasmo por Villarán y Ramírez del Villar. Para probarlo, dos o tres días antes de la reunión con Beltrán, Villarán se acercó al escritorio de Ruiz Caro y le pidió que por favor le pusiera una leyenda imaginaria a una foto que no sabía de qué se trataba. Cuando el cusqueño regresaba después de entregar la leyenda, escuchó a sus espaldas el comentario: “Este serranito maneja bien el castellano”. Inmediatamente después de la reunión con Beltrán y antes de ir a almorzar por primera vez juntos al restaurante Cream Rica ubicado casi junto a La Prensa, Villarán le regaló a Ruiz Caro su libro de cabecera: “El reportero profesional” de Philip Porter”.

 

A partir de ese momento y por dos años, el diario fue suyo. Villarán tenía 22 años, Ruiz Caro solo 20 y el resto andaba por ahí.

Inmediatamente se cambió de escritorio y comenzó a disparar órdenes, imponiendo un ritmo de trabajo inédito en aquellos tiempos. Viendo que no tenía buenos artículos para publicar, tipo reportaje, mandó comprar revistas de todo tipo y tijera en mano recortó lo más interesante. “Al taller” ordenó. “¿Y la fuente?” preguntó alguien. “Pongan Agencia CRS, porque… con recortes salvamos…”.

Así nacieron sus recordados “Inactuales”, método que llevó de diario en diario para cubrir espacios.

Y también fijó su estilo personal, impositivo, de gestos teatrales que festejaban sus buenos amigos como el buen periodista Alvarez del Villar.

El cambio fue notorio en la primera página; mejoraron el diseño y buscaron noticias protagonizadas por personajes populares. El 1º de Mayo, por ejemplo, tituló “Alvarado y Chachi Tremendo Duelo”, dando preferencia a las carreras de autos por sobre otras cosas. Y en la página 6 un titular que anunciaba el tono futuro: “El Zurdo del Higuamo: pegaba con la izquierda y jalaba con la derecha” sobre un boxeador que había sido detenido por drogas. “¡Queremos noticias que hagan vibrar!” repetía, a veces a gritos..

Cada mañana su obsesión era el título de primera página, el que debían vocear los canillitas que aguardaban la salida.

De esa preocupación cotidiana nació el famoso titular “Chinos como cancha en el Paralelo 38” que significó la entrada del habla popular coloquial en el periodismo, práctica que se haría usual años más tarde en los tabloides de bajo precio.

Villarán, Ruiz Caro, Alvarez, Luis Loli, etc. lograron elevar el tiraje tanto que Beltrán decidió continuar con su edición y darles facilidades.

De aquella época data también su aventura empresarial con la boite “El Pinguino”, del jirón Quilca, en la que Carlos Wiese ponía el dinero para el arriendo y Villarán y Amadeo Grados Penalillo el entusiasmo. Las mejores vedettes del medio y a veces hasta internacionales desfilaban por allí llevadas por Guido Monteverde que había obtenido éxito con sus “Bikini Girl´s” en el Teatro Monumental.. Iba mucha gente pero lo malo es que los amigos firmaban su consumo en vales que nunca pagaban y la empresa debió cerrar.

En 1951 pasó una noche en la Carceleta del Palacio de Justicia en única experiencia . Como todas las noches, iba de boite en boite a la hora del show cuando sorprendió al temible Director de Gobierno del dictador Odría. Entonces escribió al día siguiente: “Anoche, recién desembarcada, llegó Anita Vásquez Moyano, y esa misma noche se sudó tres mambos en el Ciro`s entre estruendosos aplausos. En primera fila se encontraba el señor Alejandro Esparza Zañartu, gran aficionado a la música tropical”.

Furioso, Esparza lo mandó detener bajo acusación de traficante de cocaína pero no pudo retenerlo más de un día porque Villarán era ya muy conocido y los motivos eran obvios para el mundillo político criollo.

Beltrán conocía bien el periodismo norteamericano y en diciembre de 1952 decidió enviar a Nueva York a Villarán para viera en acción a los periodistas del tabloide “Daily Mirror” y recogiera experiencias para aplicar a su diario.

Estuvo allá pocos meses, en 1952 y cuando anunció su regreso un nutrido grupo de colegas fue al antiguo aeropuerto de Corpac a esperarlo. Cuando llegó el avión y bajaron los pasajeros nadie lo reconoció porque había pasado el tiempo en un plan de adelgazamiento y ahora, con treinta kilos menos, era un flaco elegante y buen mozo que se reía de sus amigos.

Muy poco duró la esbeltez porque volvió a las andadas de los buenos restaurantes criollos y en unas cuantas semanas volvió a ser el mismo de antes.

Poco después se retiraría de Ultima Hora por disensiones con Bernardo Ortiz de Zevallos; y entonces asumió la revista Extra, una aventura periodística con Roberto Alvarez del Villar, Jorge Moral , Jorge Donayre y Efraín Ruiz Caro, quien también se retiró del vespertino que pasó a manos de Guillermo Cortez Núñez, en diciembre de 1953.

Domingo Tamariz cuenta que tuvieron mala suerte en la salida en noviembre de 1954 porque todo el mundo estaba pendiente de la salud del Cardenal Guevara; Villarán pensó que era la noticia de la semana y lanzó la primera edición con el título “Mejora la salud del Cardenal”. Y el prelado murió esa noche, sumiéndolos en el ridículo. Pero siguió batallando, buscando noticias dignas de ser convertidas en “Casos”, convocando a nuevos periodistas como José Adolph, Domingo Tamariz y el estudiante de literatura Mario Vargas Llosa, que escribía la columna “Horas Vacías”. En el colmo de búsqueda de popularidad llamó a integrar la redacción al delincuente más conocido de la época, Luis D’unián Dulanto (a) Tatán.

En 1957 renunció a la revista. Quizá porque se le presentó una nueva oportunidad de dirigir un diario aunque esta vez el reto era muy difícil. Luego de las elecciones de 1956, ganadas por Manuel Prado, el Partido Aprista encargó a Manuel Seoane, el mejor de sus periodistas, que relanzara La Tribuna, el antiguo periódico fundado por los apristas en 1931 y clausurado por la dictadura de Odría.

Seoane llamó a Villarán para que dirigiera la nueva edición y le concedió amplios poderes para que convirtiera aquel órgano oficioso en un diario, decía, noticioso y ágil, aplicando las virtudes y experiencia que se le reconocían.

El líder aprista era llamado “El Cachorro” por sus copartidarios porque lo veían como sucesor de Haya de la Torre, el Jefe indiscutido. Durante un largo destierro en Chile había hecho una carrera de periodista de primer nivel. De ahí que el resto de dirigentes le dejaran aparentemente manos libres para contratar a Villarán.

Reunió un buen grupo de redactores –que no eran apristas- se sumergió en la organización de la producción noticiosa pero no pudo cumplir con el encargo de hacer un buen diario. El local del jirón Camaná era malo, sin archivo y los talleres precarios.

Pese a todo, el diario reapareció en julio de 1957 con un nuevo aspecto, con la dirección formal de Antenor Orrego pero con Villarán a cargo de lo noticioso. Pero las dificultades iban en aumento y en el colmo el Partido le exigía que consultara cada noche el titular principal, le enviaba militantes que no eran periodistas para que los enrolara en la redacción, le remitía artículos impublicables por lo aburridos y extensos. (algunos de ellos el propio Haya de la Torre, que no se podían rechazar)

Cada día era una discusión interminable con los “compañeros” que le exigían más noticias apristas hasta que se hartó y dejó el cargo, aunque las presiones no fueron el único motivo porque un irascible dirigente lo abofeteó en público al negarse a interrumpir su cena para atenderlo en la redacción. Y con él se marchó el resto de los profesionales, sumergiéndose La Tribuna en la mediocridad partidaria, perdiendo el APRA una buena oportunidad.

Luego siguió Jueves, ya citada, una revista pequeña, de farándula, sin éxito alguno, en sociedad con Daniel Muñoz de Baratta.

Formaría después, en 1960, de un grupo numeroso de periodista que hizo viaje a China, donde conoció a los legendarios líderes chinos Mao y Chou En Lai. De aquel periplo conservaría el recuerdo amargo de dos días en París sin hotel y dinero debido a un problema de boleto de avión. Durmió en bancas del aeropuerto y hasta recogió colillas usadas para poder fumar pero no pudo conseguir nada de comer.

A mediados de 1961 lo llamaron para asumir la jefatura de redacción de Expreso, el diario del millonario terrateniente Manuel Mujica Gallo. Ya estaba siendo organizado por Manuel Jesús Orbegozo, otro periodista de gran experiencia que fue retirado por presión política. Allí fue, en el viejo local del jirón Ica, donde nos encontramos.

 

-De Ojo a Costa Rica

 

No ha sido posible establecer con certeza el alejamiento de Villarán de la influyente Cadena de los diarios Correo. Se ha especulado que Banchero Rossi estaba harto de sus gastos desmedidos y una noche le aceptó la renuncia con que el periodista lo amenazaba día por medio.

Quizá había ya otros personajes que influían en el magnate como el editorialista aprista Mario Castro Arenas, que sucedió a Villarán en el cargo o el político Roberto Ramírez del Villar, que fue director desde 1968 por un par de años y que interpretaba mejor los intereses de la industria de la pesca de Banchero Rossi. También tenía ya importante presencia el cuñado, Enrique Agois, que apreciaba poco a Villarán.

Porque no hay que obviar que la Sociedad Nacional de Pesquería encontró en los periódicos Correo la mejor caja de resonancia para sus maniobras empresariales. Con un verdadero “lobby” en el Congreso, los pesqueros maniobraban a favor de sus negocios logrando leyes, excepciones tributarias, etc.

No era pues Banchero Rossi el romántico absoluto que describen los biógrafos que contrató la familia para contar su vida fatalmente tronchada en 1972 cuando fue asesinado, como suelen decir los periodistas “en misteriosas circunstancias”.

El problema es que el explosivo Villarán no admitía ingerencia en cuestiones periodísticas y los pesqueros se alegraron cuando dejó el cargo. Y seguro más aquel socio de Banchero que fue a reclamarle algo y le contestó: “¡Lárgate de aquí anchovetero de mierda!”

También es cierto que la edición de Lima no era negocio, que se perdía dinero a manos llenas por los abultados gastos operativos y lo administrativo sería al final el pretexto perfecto para alejar a Villarán de la empresa.

Pero la amistad no se rompió y pocos después, en 1967, se pusieron de acuerdo para la edición de un tabloide en el que Villarán pudiera aplicar mejor el sensacionalismo que había aprendido en los días de Ultima Hora.

El resultado fue la aparición de Ojo, el 14 de marzo de 1968, llamando la atención porque estaba impreso en papel verde. Su titular principal fue: “La verdad… Sr. Presidente Esto Está Corrompido”.

Tenía un nuevo equipo, con Gonzalo Añí de jefe de redacción y Jorge Donayre encargado de los consabidos “Inactuales”. Para la sección policial llamó al periodista chiclayano RicardoCervera, quien con el tiempo se convertiría en su mejor amigo y confidente.

Desplegaba su mejor sensacionalismo logrando buen éxito de ventas lo sorprendió el golpe militar del general Velasco Alvarado, la “Revolución de la Fuerza Armada”, que obligó a Banchero Rossi a negociaciones con los nuevos dirigentes del país, los generales.

Cuando Banchero Rossi fue, repetimos, asesinado, Villarán ya había dejado la edición del diario a Cervera para ser solamente asesor. Al poco tiempo debió retirarse porque el nuevo jefe de la cadena, Agois, no lo quería en su plantilla.

Pero le llegó una mejor oferta en aquel 1973. Su buen amigo Alvarez del Villar, instalado en México y con muy buenas relaciones en el periodismo y la política lo recomendó para liderar un proyecto periodístico de nivel latinoamericano.

Parece que la idea fue del mexicano Julio Scherer, que dirigía el diario cooperativista Excelsior de México, planteándose la creación de una “Cadena Excelsior” con diarios similares en Panamá, Caracas, Los Angeles y Costa Rica previéndose otras ciudades. Para comenzar el proyecto, Julio Figueres, presidente de Costa Rica , ofreció su capital, Costa Rica, pues estaba a punto de terminar su segundo mandato presidencial y quería reforzar su partido “Liberación Nacional”, adscrito a la social democracia.

Figueres tenía además otro interés: la opinión pública estaba en manos del diario La Nación y sus dueños no permitían siquiera que se publicara una foto del Presidente, en el colmo de la oposición.

Villarán viajó a San José con el hijo de Scherer, y tuvo su primer disgusto con los figueristas cuando lo llevaron al local del futuro diario. Un gran cartel anunciaba que allí funcionaría Excelsior que sería, decía en letras enormes “El fin de las mentiras de La Nación”. Lo hizo sacar de inmediato pese a las protestas de sus empleadores.

El estilo de trabajo del peruano era inconcebible en la provincia ciudad de San José. Ni siquiera sabían a quién contratar así que Villarán pidió refuerzos a Lima y llamó a Gonzalo Añí para guiar la redacción, a Salustio Pauta como diagramador y Carmen Ibáñez como reportera. Solo así fue posible imprimirle ritmo de pre-salida al nuevo equipo que trataba de armar y entrenar el periodista limeño.

Villarán tuvo varios enemigos en la experiencia costarricense, como la falta de periodistas experimentados, los enfrentamientos con los figueristas que ponían el dinero pero, sobre todo, por la falta de interlocutores que combatieran su creciente melancolía. Por las noches llamaba a sus amigos a Lima, como Cervera o Donayre, y les contaba sus dificultades, sintiéndose preso del compromiso.

El proyecto cuajó finalmente. Llegó una moderna rotativa offset, los obreros gráficos fueron entrenados por un equipo de Excelsior de México, ingresaron unos 25 nuevos periodistas, se armó un enorme archivo de Inactuales, se diseñó un Dominical a todo color, todo quedó, en fin, listo para la orden de partida.

Pero los propietarios estaban hartos de Villarán, su estilo, reclamos, pedidos, postergaciones, aunque reconocían el valor de su trabajo. Y cuando por fin, en diciembre de 1974 apareció Excelsior en las calles de la tranquila capital, con 64 páginas, tamaño Standard, arrasando con el mercado, le pidieron su renuncia..

Al día siguiente Villarán les envió una carta diciéndoles “Ahí les dejo el periódico, pero recuerden que las estructuras se llenan con talento…”.

La empresa estaba tan bien organizada que siguió su marcha, disputando lectores con La Nación y haciendo el buen periodismo inculcado por el peruano. Pero en las elecciones de 1977 los propietarios lo lanzaron a la ruina al convertirlo en simple vocero partidario y al perder credibilidad, vigor noticioso y, sobre todo, las elecciones, se decidió el cierre en marzo de 1978.

El gran “Proyecto Excelsior” de nivel latinoamericano también fracasó porque Scherer debió dejar su diario por intrigas del presidente Echeverría (cuyo “tapado” Moyano Palencia no logró el apoyo del PRI), Carlos Andrés Pérez perdió en Venezuela, murió Torrijos en Panamá.

Villarán regresó al Perú en 1975 con la salud ya deteriorada, a buscar trabajo.

 

-La última entrevista

 

Era el tiempo del gobierno militar y los espacios periodísticos estaban cerrados para un nuevo diario. Además había sufrido ya Villarán varios quebrantos serios de salud, con internamientos en clínicas donde los médicos le exigían cambios drásticos en sus hábitos, algo que era imposible.

Tenía una pequeña casa en el balneario Santa Rosa y a veces se retiraba allá por temporadas pero luego volvía a Lima… y los viejos hábitos. Frecuentaba a pocos amigos periodistas, como Donayre, Moral, Cervera que seguía en Ojo y con el que llegó a tener una estrecha amistad pidiéndole que le tomara el dictado de sus memorias. Eran clientes cotidianos del Haití de Miraflores o el Superba de San Isidro.

Con Ricardo Cervera fundó la agencia de publicidad “RV Publicidad” en 1976 y lograron un cliente, la tienda “Cónsul” de ropa para hombres de Alberto Sevilla, un viejo conocido. Menudeaban las ideas para ganar algo de dinero. Intentaron una revista para radioaficionados con Francisco Alava Estrada, que no salió nunca. Luego otra sobre Perros. Luego entraron en negociaciones con el historiador Juan José Vega, nombrado director de Expreso y Extra por el gobierno militar.

Vega quería renovar Extra, pidió asesoría y tentó a Villarán con la jefatura de redacción pero el periodista detestaba a los militares y recomendó que Cervera se hiciera cargo de los cambios, pero comprometiéndose a ayudar. Para el relanzamiento del “Nuevo Extra” en 1977 contrataron a Guido Monteverde, Sofocleto, Pocho Rospigliosi, Alfonso “Pocho” Delboy y hasta a una conocida modelo de TV, Cuchita Salazar.

El diario tuvo éxito aunque no siguieron la plantilla sugerida por Villarán que insistía en un vespertino tamaño standard llamado “Extra de la Noche”.

Su última idea fue editar una colección sobre los mejores futbolistas titulada “Los Mundialistas” (“Ediciones Colibrí”) y logró imprimir el primer número titulado “Yo, Hugo Sotil”, debiendo seguirle el dedicado a Teófilo Cubillas.

Poco antes de la aparición de la revista, el conocido Guido Monteverde le hizo una larga entrevista para la revista Gente. Las fotos lo muestran ya delgado, con la ropa sobrándole, con mal aspecto. Pero sin abandonar el narcisismo que lo caracterizó en toda su vida.

Monteverde le preguntó:

“-¿Es verdad que te crees una leyenda?”

La respuesta fue rápida:

-No me creo una leyenda. ¡Soy una leyenda!”.

Murió meses después, el 22 de noviembre de 1977 y casi todos los periódicos lamentaron su desaparición y le dedicaron textos de recuerdo. Y no dejaron de hacer notar que en el entierro estaban sus hijos Raul y Gilda, a quien llamó así, por supuesto, en recuerdo del amor de su vida, Rita Hayworth.

……………

 

 

Bibliografía consultada.-

 

Cervera, N., Ricardo. Hoy: cinco años de verdes amaneceres. En “Ojo”. 14 de marzo de 1973.

Cervera, Ricardo. La presencia de la muerte en Raúl Villarán. En “Ojo”. 25 de noviembre de 1977.

Donayre, Jorge. Un periodista de primera plana. Semblanza de Raúl Villarán. En “El Nacional”. 1º de octubre de 1989.

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Thorndike, Guillermo. El Caso Banchero. Barral Editores Peruana Hispánica Nova. Barcelona. 1973.

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Vivas Sabroso, Fernando. En Vivo y en Director. Una historia de la televisión peruana. Universidad de Lima. Fondo de Desarrollo Editorial. Lima. 2001

 

Entrevistas.- Ricardo Cervera, Jorge Hani, Salustio Pauta, Efraín Ruiz Caro, Carlos Meneses,

 

 

 

 

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