San Valentín de Antología (I)

Nada como San Valentín para recordar historias de amor. Les voy a contar varias:

Cuando trabajaba en el diario Sur de Tacna, teníamos un jefe de almacén que era un verdadero energúmeno. A cada rato venía la esposa a quejarse de sus malos tratos, a veces con el ojo hinchado, otra con el pelo despeinado, llorando a mares. Entonces lo llamaba, lo resondraba y prometía portarse bien… hasta la siguiente golpiza.

Era un puneño bajito, rudo, de manos fuertes pero era, sobre todo, un primitivo de película; no sé como había recalado en la empresa.

Tenía una hija quinceañera que promovía miradas en el personal de la imprenta. Coqueta, sonriente, de trenza larguísima, agachaba la cabeza cuando estaba con su papá pero alcanzaba a dirigir miradas ardientes a un bello linotipista arequipeño que le guiñaba el ojo y le sacaba la lengua…

Era un amor imposible. El cafre no la dejaba ir sola ni al baño.

Inútilmente, el characato la espiaba, seguía, aguardando un instante de descuido… nada.

Pero siempre hay un día en que el amor traspasa cualquier obstáculo.

Así, una tarde llegué al diario y escuché un escándalo. En el taller los hombres discutían a gritos y se elevaban sollozos de mujeres.

-!!Siñor Juan!! -me llamó el empleado, sujetando con fiereza a su hijita,  que ya convulsionaba de tanto que lloraba.

Se hizo silencio cuando le reclamé con energía que soltara a la niña y me explicara, a lo que respondió:

-!!La Micaela está embarazada!!

-“Caray, y en qué momento habrá sido eso ” pensé, y miré al linotipista que se hacía el desentendido.

-Y lo pior -sollozó el hombre- es que no sabe de quién es. Dice que fue al río a lavarse nomás  y suácate, quedó preñada.. Y aquí los señores me dicen que cuando on hombre se hace so paja en el agua… la semiente baja por la corriente y si hay una mujer se mete en sos partes éntemas y queda embarazada… ¿eso está poseble, siñor Juan?

Se hizo un silencio sepulcral. Todos me miraron, la Micaela sorbía los mocos y entornaba los ojitos hacia el characato; el jefe del taller, el gordo Mortadela sonreía, socarrón;  aguardaban mi respuesta que seria, además de sabia, definitiva.

Y entonces, pensando en el amor, le contesté, con calma:

-Sí, por supuesto.

Los obreros intercambiaron discretas miradas y suspiraron, aliviados.

-¿Ya ve usté, apá? -dijo Micaela, envalentonada, soltándose del brazo férreo del papá.

-Caracho, señor Juan, no sabía..

-Conozco muchos casos, ha sido un error dejarla ir al río sin fijarse si en la curva de arriba había algún muchacho que..

Y ahí nomás la emprendió a golpes con la madre:

-!!Borra, estópida, cómo dejaste a la Micaela sola en el río, tú tienes la culpa!!

Ahí ya me calenté y los boté a todos a empujones, aunque antes llamé al linotipista:

-Amigo , ¿y ahora?

Sonriente, el joven me contestó:

-Esta noche me la robo y me la llevo a Camaná… guárdenos el secreto.

Efectivamente, desaparecieron y yo perdí un prometedor linotipista.

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