-La vaca sagrada del periodismo

“La vaca más sagrada de periodismo… es el periodismo mismo” escribió alguna vez, más menos, el famoso George Seldes, pionero del periodismo de investigación en los Estados Unidos. Y era a principios del siglo pasado. Poco después otra leyenda del periodismo del país del norte, Upton Sinclair, comparaba con prostitutas a los periodistas de los grandes diarios neoyorkinos en su ya raro libro “La ficha de bronce”.
Ambos críticos de la prensa llamada de referencia de su tiempo reclamaban a los colegas que fueran capaces de autocriticarse, revisarse, rebelarse ante las imposiciones empresariales que hacían condicionar la información a sus intereses.
Los periodistas argentinos acuñaron el “perro no come perro” para describir la negativa de los colegas del Plata a criticarse. Y en el Perú la frase de Henry Pease “Otorongo no come otorongo” fue más expresiva todavía para evidenciar el falso sentido de solidaridad que hacía que los parlamentarios se protegieran entre ellos bajo el “hoy por tí mañana por mí”.
En nuestro periodismo Rosa María Palacios expresó su desacuerdo con las críticas a los radicales cambios en el diario Perú21 con la frase (no se debe) “Hacer periodismo de periodistas”.
En nuestro medio había un pacto tácito de no agresión por lo menos hasta los años 70 en que las opciones y decisiones velasquistas sobre el periodismo nos separaron de manera tajante porque la competencia no era solo profesional sino partidaria e ideológica.
Más adelante la década del 90 fue testigo de la corrupción generalizada de la prensa que controlaron Fujimori y Montesinos y de los noticieros de TV comprados groseramente por el Asesor Presidencial. Y se debe enfatizar que el periodismo fue el crítico más violento de ese otro periodismo envilecido que desprestigió a la profesión de manera casi irreparable.
Ya no es ahora el periodismo peruano “vaca sagrada” de nadie y menos de los periodistas mismos, que mas bien se han convertido en los jueces principales de lo que consideren desviación de los fines que la sociedad concede a los colegas. No se respeta ya más el “perro no come perro” o como se le llame.
Esa actitud de control y reproche ¿beneficia a la profesión? Puede ser, en la medida en que convierte a los fustigadores en vigilantes de un oficio que exige por encima de todo probidad y como consecuencia credibilidad. Solo faltaría instituir entonces quién vigila a los vigilantes y establecer si tienen las condiciones elementales para ejercer de tales. Antes teníamos instituciones tutelares pero ya no existen más y en consecuencia debemos defendernos solos.

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