Archivo mensual: abril 2009

Periodismo, enemigo principal del idioma

No hay peor enemigo del idioma que el periodismo. Nos imaginamos siempre a los académicos desesperándose por el destrozo que hacen los periodistas de las palabras que ellos se comprometieron a “limpiar, fijar y dar esplendor” como reza el célebre lema de la Real Academia Española.
Pero ya hace muchos años que los colegas decidieron utilizar el idioma como les diera la gana porque de lo que se trataba era de pintar, describir, colorear, dramatizar , aunque el vocablo elegido no estuviera en el Diccionario que hasta hace poco nos decía lo que estaba bien o mal dicho.
García Márquez fue el primero de los grandes que reclamó plena libertad para escribir como hciera falta. Recordarán su famosa ponencia en el Congreso de Zacatecas en 1987 y que tituló “Botella al mar para el dios de las palabras”.
Allí dijo que había que simplificar la gramática. “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna; enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nost trajeron como si fueran dos y siempre nos sobra una?”.
Los periodistas españoles reaccionaron de mala manera. Uno de ellos, por ejemplo, pidió que escribiéramos “Zien años de Zoledad” pero al final el tiempo ha dado la razón al novelista porque ya los periódicos se alejan cada vez más del “Habla culta” para recurrir al lenguaje de la calle.
Pero en comparación a los españoles, nuestros jóvenes hablan castellano a la perfección. A veces exageran algo comiéndose las sílabas finales pero los amigos de la península se pasan , tanto en pronunciación como en el uso de la jerga. ¿Quién podría decirnos qué significa esto?: “Es un mojón hacer una operación gamba con esa churri?”
Y no es lenguaje carcelario como el que quiso enseñar Ney Guerrero a Magaly Medina pidiéndole que hiciera un esfuerzo para no caer en “la pensadora” (es decir, que no se deprima).
Y curiosamente el diario que más contribuye al uso y popularización del lenguaje/jerga popular carcelario o de la calle, es un matutino pertenecienteal Grupo que posee el diario que más reclama el habla culta. O sea que en esto del idioma y el buen decir también hay criterios comerciales.
(¿Y qué decían los españoles que cité arriba? Simple: “Es una tontería intentar ligar con esa chica”).

El ejercicio ilegal del periodismo

¿Es posible el ejercicio ilegal del periodismo? O preguntado de otra manera ¿puede nuestra justicia perseguir y eventualmente sentenciar a quien funja de periodista sin tener los títulos e inscripciones necesarios?
En el Perú la respuesta es rotunda. No, no es posible. Porque cuando se creó el Colegio de Periodistas cuya ley fundadora decía que sería necesario ser colegiado para ejercer la profesión… se añadió un artículo clave, que mandaba que dicha ley no podía atentar, etc. contra el derecho al trabajo.
Un par de líneas que abrieron las redacciones a todos los que una empresa contratara como periodistas o que simple y llanamente alegaran serlo.
Hubo una discusión en aquellos años 80 porque muchos colegas que habían recibido el flamante Título Universitario que los habilitaba para ser “Colegiados” estaban por la opción de cerrar las puertas del oficio a quienes no lo fueran.
Esa controversia había recorrido antes América Latina enfrentando a los periodistas que llamaremos “excluyentes” y a los empresarios representados por la Sociedad Interamericana de Prensa , la primera organización en poner el grito en el cielo cuando se aprobó en varios países y en particular en Venezuela, que nadie que no fuera Titulado y Colegiado podría pisar una redacción.
Costa Rica, República Dominicana, etc., dieron paso atrás pero no los gremialistas venezolanos, que porfiaron por la consagración de la ley excluyente.
Hemos tenido aquí en el Perú casos de varios jueces provincianos que pretendieron sancionar a colegas que no estaban inscritos en los Colegios respectivos pero los avances judiciales no prosperaron porque las protestas llegaron hasta Lima y hasta saltaron al exterior.
Hace pocos días también, fue desestimado un proyecto de ley de una funcionaria argentina que pretendía resucitar el viejo anhelo de los “Periodistas”.
En Venezuela, en cambio, la ley que data ya de treinta años ha seguido vigente y aunque ha habido algunos casos de vista gorda, recientes casos nos hacen saber que la vieja disposición tiene plena aplicación. En suma en el país del norte no se puede ejercer la profesión de periodista si no se está inscrito en el Colegio correspondiente.
Esta disposición ha hecho posible el respeto de las empresas a los derechos profesionales del gremio porque el Colegio es una entidad de peso y vigencia que los periodistas peruanos deberíamos envidiar.
Nuestro Colegio de Periodistas, es bueno recordar, cayó en manos del APRA al nacer y fue ultimado por Fujimori. Así que, escriban nomás muchachos, no hay problema.

Deudas de Fujimori con el periodismo

¿”Está probado que el acusado y su asesor de inteligencia amenazaron, manipularon y corrompieron a parte importante de los periodistas y empresarios de la prensa, la radio y la televisión nacional, para promover y encubrir sus acciones dolosas, recurriendo incluso al asesinato?
Sí lo está”.
Hubiéramos querido escuchar lo anterior como una de las Cuestiones de Hecho que se leyeron en la histórica mañana del martes 7 de abril. No se hizo pero quedará para la historia del periodismo nacional como una de las deudas sociales y sentencias pendientes del ahora sentenciado Fujimori.
Debemos insistir en recordar que en aquellos aciagos años del fujimorato circuló una prensa amarilla de la peor ralea que era promovida y financiada por los aparatos de inteligencia estatales que dirigían Montesinos y sus presuntos expertos en “Operativos Sicosociales”. Gracias a numerosos testimonios (incluyendo varios libros) está acreditado que se fundaban y mantenían diarios de bajo precio que tenían como fin insultar, desacreditar a sus adversarios, llegándose incluso a fundar periódicos falsos.
Y fue el propio Montesinos quien se encargó de probarnos el creciente rumor que circulaba por redacciones y entornos políticos, esto es, que los Canales 4 y 5 estaban al servicio del régimen y que sus periodistas de primera fila decían lo que sus propietarios les decían lo que decía Montesinos… que debían decir. Y ahí están los repugnantes videos en que los Crousillat y Schutz venden la línea editorial de sus empresas recibiendo a cambio costalillos de dólares.
Esto no ha sido un episodio más en el recorrido republicano del periodismo, proceso repleto de historias de dictadores que utilizaron al periodismo y que han sido ya olvidados. Se ha recordado y hecho analogías con la dictadura civil de Leguía, por ejemplo, que persiguió a los periodistas opositores encerrándolos o deportándolos y cerró periódicos; con Odría y su Ley de Seguridad Interior; con los militares velasquistas que llegaron al extremo de la confiscación.
Pero con el proceso de corrupción de tantos colegas y la consecuente sistemática demolición de la decencia periodística, el oficio sufrió un durísimo golpe del que se tardará años en recuperarse. Porque el periodismo “chicha” que sembraron Fujimori y Montesinos está vivo todavía y es probable que sea nuevamente usada por el neofujimorismo de Keiko y Kenji. Ya está en los blogs. Pronto la veremos en los kioskos.

Recordemos el “Ojo” falso de Fujimori

“Todo este debate ha sido muy serio y formal, pero lamentablemente voy a tener que hacer una denuncia muy grave que echará por tierra la seriedad política de mi oponente. Tengo aquí una publicación, una especie de encarte con el logotipo del diario Ojo que ha sido impresa, hasta donde sabemos, en número de 500 mil ejemplares para ser distribuidos el día de mañana (…) Si las cámaras pudieran enfocar…”
Con gesto de triunfador, Alberto Fujimori levantó el impreso que alguien le había deslizado y que, efectivamente, con el logotipo del diario Ojo, decía en grandes letras a seis columnas: “Mario presidente noqueó a Fujimori en primer round”.
¿Cuántos televidentes vieron aquella impactante imagen en esa noche del 3 de junio de 1990? Millones, pues culminaba una campaña política sin cuartel que enfrentaba al famoso escritor Vargas Llosa con el desconocido ingeniero de origen nipón que, surgido de la nada política, amagaba la Presidencia con audacia.
Fue un sucio y bajo golpe de Fujimori, que dejó atónito a Vargas Llosa quien no pudo replicar porque el japonés había esperado hasta el minuto final para su teatral exhibición.
-¡Es falso, es falso! –gritaron algunos pero ya era tarde. El moderador Guido Lombardi no podía concederle tiempo de respuesta al novelista pues el debate había terminado.
Montesinos había confeccionado un libreto que incluía varios golpes bajos, como referencias a la Comisión Uchuraccay, la alusión al consumo juvenil de drogas del novelista y finalmente, como jugada maestra, el ejemplar de “Ojo”. Vargas Llosa no estaba preparado para las bajezas fujimoristas.
Al día siguiente “Ojo” editorializó en primera página: “Nos vemos en la obligación de protestar en los términos más enérgicos, por la alevosa y calumniosa acusación hecha al terminar el debate por el candidato de Cambio 90, quien en la maniobra más sucia que se haya elaborado en contra nuestra -incluido el robo velasquista- presentó un ejemplar supuestamente editado por nosotros”.
El director de “Ojo” (de propiedad de la familia Agois Banchero) era por entonces Fernando Viaña, quien reclamó con insistencia a Fujimori que probara la existencia de la edición mostrada. Pero el japonés no se dio por aludido, pues ya había ganado la batalla. Y además había diarios que afirmaban que era verdadera como los desaparecidos “Novedades” o “Página Libre” y hasta el Canal 7, el canal oficial que dirigía Mauricio Mulder en las postrimerías del gobierno de Alan García.
Hubo denuncias policiales, demandas judiciales, intervención de fiscales, editoriales como el de “El Comercio” titulado “Un caso indigno y bochornoso”.
Alberto Fujimori nunca aceptó la falsificación y el caso judicial quedó, como se dicen en el Perú “en nada”. Fue elegido y lo soportamos por más de diez años.