Archivo mensual: mayo 2009

Víctor Jara en la redacción

Pelo largo y alborotado, sonrisa abierta y constante, fuerte y dinámico, de abrazo afectuoso. Así era el Víctor Jara que conocimos aquel día de junio de 1973 en la sala de redacción del diario Expreso, entonces administrado por sus trabajadores.
Primero conversó con los dirigentes, los redactores sobre el proceso político chileno y sus esperanzas por el socialismo y luego, a modo de despedida, se acomodó encima de un escritorio de Locales con la guitarra que había llevado “por si acaso….”.
Todos nos reunimos a su alrededor. Periodistas, gráficos y algunos invitados de excepción (como mis hijos Eduardo y Juan Luis), ajustó clavijas, rasgueó afinando y entonó su famosa canción romántica “Te recuerdo Amanda”, aquella del obrero enamorado. Luego hizo algún chiste y nos divirtió con su “Casitas de Resipol”, una tomadura de pelo a las derechas de su país. Al día siguiente volvió a Santiago.
Jara, todos sabemos, fue asesinado el 15 de setiembre de aquel año por los militares que liderados por Pinochet derrocaron a Salvador Allende y su proyecto.
¿Porqué lo eligieron, quién dio la orden, quiénes obedecieron y descargaron sus armas sobre el famoso cantante? Muchos y en especial periodistas, trataron por años –casi 37 años para ser exactos- de hallar respuestas pero el Ejército chileno escondía, regateaba, amañaba información.
Finalmente hace pocos días, José Paredes Márquez, de 55 años, confesó ante los jueces que formó parte del grupo de soldados que acribillaron a balazos al artista en un rincón del Estadio Nacional. Fueron 44 disparos.
Pero en aquel entonces los acusados de hoy eran veinteañeros que llegaron al Estado en plan de relevo de los batallones que habían dado el golpe. Era un regimiento que estaba al mando del teniente Nelson Haase Mazzei y el subteniente Pedro Barrientos. Estos fueron los que dieron la orden, aunque quizá fue alguien de más rango cuyo nombre sigue oculto.
La fama del cantante se fue acrecentado a medida que pasaban los años y sus canciones persisten. Algunos de sus conciertos, entrevistas, pueden verse en “youtube” para que se aprecie cómo era. Y se entenderá entonces el porqué los militares lo tenían seguramente listado, es decir, señalado como uno de los socialistas que había que eliminar porque ese hombre era inquebrantable y enemigo temible.
La investigación ha dado un vuelco y ha escapado de las manos del Ejército que siempre protegió a los oficiales implicados; y la prensa de derechas de Chile no ha tenido más remedio que recoger la historia. Será con seguridad en estos días que todos aquellos reclutas (“éramos solo unos pelaos” dicen) darán detalles del abyecto crimen con que Pinochet inauguró su mandato.

Aquí les paso la dirección de Youtube para que admiren su famosa canción de amor.

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“La Crónica” y la historia de los Prado

La muerte hace poco de un prominente miembro de la familia Prado ha hecho emerger iejos episodios, resentimientos y quizá cuentas históricas por saldar. Y entre esas historias está la suerte que corrió el diario “La Crónica” que fundó Moral en 1912.
Fue nuestro primer tabloide que quiso imitar a los dinámicos diarios de los países del norte; y efectivamente, gracias al uso generoso de fotograbados y mucha crónica policial, logró un primer lugar pero en la zona de “segunda” pues nunca logró los niveles de calidad y credibilidad de los otros, “La Prensa” o “El Comercio”.
Fue siempre un diario ligado al poder y la política. Desde su aparición fue puesto al servicio de Leguía y su director Clemente Palma no disimuló su adhesión total al dictador, y tanto, que en 1930 debió abandonar el periódico, tal como lo hizo también Aramburú al cerrar la famosa “Mundial”.
Vendieron el diario (ediciones de La Mañana y la Tarde) al millonario norteño Carlos Larco Herrera (hacienda Chiclín) en 1932, quien lo puso a disposición de Manuel Prado Ugarteche para su campaña, con la condición de acompañarlo como Vicepresidente,
En 1939 el dueño de “La Crónica” era pues el número dos del país pero la relación se hizo imposible y en 1942 se vio obligado a venderlo a la familia Prado porque había acumulado enormes deudas con el Banco Popular.
El periódico pasó así a ser controlado por el llamado “Imperio Prado” en la zona más débil, menos rentable, esto es, periodismo, teatros y cines. Otras inversiones, textiles, de seguros, etc. daban rentas enormes al grupo que sin embargo comenzó a debilitarse hasta convertirse en un enorme cascarón que lideraban Mariano Prado y su hijo Marianito (“El zarevich” le decían).
Manuel Prado logró un segundo gobierno entre 1956 y 1962, dando un respiro al magnate pero al iniciarse los años setenta, ya con el general Velasco Alvarado en el poder la crisis era un secreto a voces, como lo era también la negociación que mantenía con el Chase Manhattan Bank para venderle el Banco Popular.
El gobierno militar nacionalizó el banco en junio de 1970 y se hizo de las acciones de “La Crónica” que ya editaba también de “La Tercera” y de Radio La Crónica, entre otras muchas empresas que estaban prácticamente quebradas. Mariano y Marianito fueron enjuiciados; el primero estuvo detenido en el Hospital de Policía y el segundo trasladó su buena vida a Torremolinos, en España, junto con el dinero que lograron seguramente sacar del país antes de la debacle financiera.
Pasaron entonces ambos diarios a la zona de propaganda del gobierno militar en condición distinta de los otros diarios expropiados o confiscados. En 1980 quedaron como estatales y finalmente los cerró el gobierno de Alberto Fujimori porque ya eran un lastre para las arcas públicas. Sus valiosos archivos reposan en el diario “El Peruano”.

¿Historias sórdidas? Los “Televangélicos”

Los famosos Televangélicos norteamericanos son descritos como máquinas de hacer dinero… y estafas y escándalos.
Son aquellos que predican salvación y castigos ante los cámaras de TV convocando multitudes que son sorprendentemente seducidas por los espectáculos que montan y que incluyen al carismático pastor, músicos, dolientes que alegan haber sido sanados y recaudadores profesionales de dinero. Los vemos en la televisión en grandes teatros tronando contra el demonio.
El primero que llegó a nuestra TV en los años 70s fue Pat Robertson, que había fundado el recordado “Club 700” y que ya tenía un verdadero prontuario. Reaccionario al extremo insistía en que judíos y masones y otros conspiraban para dominar al mundo. Y fue el mismo que años después diría que era más económico matar al presidente Chávez que iniciarle una guerra a Venezuela.
Pero no era el más famoso. Porque Jimmy Swaggart le ganaba largamente en popularidad, fortuna y conservadurismo salvaje. Para eliminar a la competencia contrató detectives y en uno de sus programas reveló que sus colegas evangélicos Jim Bakker y Marvin Gorman engañaban a sus esposas, sepultando su carrera.
Pero éstos hicieron lo mismo. Siguieron pacientemente a Swaggart y lo sorprendieron con una prostituta en un motel de Louisana, en 1988, tomándole fotos que luego
se hicieron públicas. El Televangélico suspendió su programa pero a los tres meses estuvo de nuevo en las pantallas alegando: “Si no regreso al programa esta semana, millones de personas irán al infierno”.
El buen Jimmy volvió a las andadas. En 1991 un policía lo sorprendió con otra prostituta y cuando sus fieles le pidieron explicaciones dijo de lo más fresco que “El Señor me ha dicho que esto no es asunto de ustedes”, y debe andar por ahí todavía esquilmando culposos.
La recaudación de dinero y fortunas de estos Televangélicos llegó a tal nivel que hace un par de años el Senado pidió a los más famosos y ricos que abrieran sus cuentas luego de comprobar que varios lucían valiosos Rolls Royce y poseían mansiones excesivas.
El más próspero en la actualidad es Joel Osteen, de Houston, donde su iglesia recibe anualmente un promedio de 75 millones de dólares en donaciones y venta de sus libros. Osteen llena cualquier escenario, estadio, teatro, coliseos y fascina a los asistentes con su carisma, teatralidad, promesas de salvación y amenazas de castigos satánicos si no contribuyen con dinero para limpiar sus almas…

“A ese asesino hay que ponerle nombre…”

“¿Qué nombre le inventamos a ese asesino?” pedía a sus redactores el famoso Becerra, jefe de la sección policial del diario La Crónica, allá por los años 40 y 50. Porque él sabía que los criminales deben llevar alias o, mejor, un adjetivo que asuste a los lectores; y también las víctimas (como ”La Chica del 17” o “La Mariposa Nocturna”).
Los europeos se llevaban la palma en esto de bautizar asesinos en serie y hasta hicieron el film “El Vampiro de Dusseldorf”, usando el mote que le puso el periodismo a un sanguinario alemán..
En Lima se recordará, por ejemplo a “El Monstruo de Armendáriz” que terminó siendo fusilado hace muchos años y también el reciente “El Loco del Desarmador”, un taxista que asalta mujeres y que todavía no ha sido capturado..
Pero lo máximo de criminal, policial y periodístico es sin duda el caso “Jack El Destripador”, o “Jack The Ripper”, apodo que el propio asesino asumió en una carta que –presuntamente- envió en 1888 al diario londinense “Star” en 1888 y en la que daba sus razones.
Al célebre “Jack” se le adjudicaron por lo menos cinco crímenes espantosos de prostitutas de la City provocando una extrema movilización de fuerzas de Scotland Yard, pánico en los bajos fondos pero, sobre todo, una ola de prosperidad periodística porque la historia de “Jack the Ripper” vendía más diarios que nadie.
Es por esto que el historiador británico Andrew Cook ha planteado, y con la seriedad del caso, que el Destripador fue un invento periodístico para mejorar las ventas del alicaído diario citado y que solo dos víctimas pueden ser atribuidas al asesino. Las otras son de otros…
¿Y la carta? Cook ha establecido que fue escrita por el redactor que manejaba el caso, el imaginativo repórter policial Frederick Best. Ha encontrado cartas personales del periodista, un experto las ha comparado y no parecer haber duda de que la nota de “Jack” fue inventada para mejorar la circulación del cotidiano.
Lo que sucedió, parece ser, es que luego del segundo crimen la investigación no avanzó, se liberó a sospechosos y la atención pública decayó hasta que hubo otro crimen que “Star” no dudó en adjudicárselo a su invención, “Jack the Ripper”. A partir de allí, mujer que moría… pasaba a la cuenta de Jack, el más famoso asesino en serie de la historia.
Pero nada parece desinflar la fama del Destripador que todavía ronda en las más oscuras noches londinenses perseguido por Holmes, interpretado por Freud e inventado por el coleguita Best.

El periodismo que nació con una peste…

Daniel Defoe solo tenía cinco años cuando una terrible peste asoló Londres matando a no menos de cien mil personas, entre los años 1664 y 1666. Era pues un sobreviviente. Pero el impacto de la tragedia había marcado tanto la memoria londinense que el gran escritor no tuvo problemas para recoger testimonios, historias, y redactar el libro “Diario del Año de la Peste” que fue publicado en 1720.
Algunos tratadistas lo describen como el “primer gran reportaje” de la historia del periodismo, calificación difícil de aceptar porque Defoe no estuvo allí y solo contó lo que le contaron, añadiendo de su imaginación lo necesario para convertir aquel relato en una novela, pero histórica.
Ya lo había hecho poco antes con su célebre personaje “Robinson Crusoe”, que recogía la historia del marinero inglés Alexander Selkirk abandonado por castigo en un isla desierta (peripecia que recogió también Garcilaso de la Vega, como se recordará).
Defoe se enfrentó entonces al dilema de combinar el relato de cosas que efectivamente sucedieron con ingredientes literarios que enriquecieran el relato, creando así una pieza de clasificación difícil pero sobre todo sentando bases para lo que muchos años después llamaríamos “Nuevo periodismo”. Las herramientas de la literatura aplicadas al periodismo, ni más, ni menos.
La historia es contada en primera persona por un personaje que es “inspector” y que recorre Londres. Va relatando los esfuerzos de sobrevivencia, los dramas de las familias que se encierran y van muriendo, los sufrimientos de los agonizantes, el problema del entierro de los infectados, la huída de los ricos y la Corte, el incendio al final de la plaga. Es en suma un relato estremecedor, redactado en desorden y sin los cánones actuales y que, efectivamente, se parece mucho a los relatos que presentan los cronistas actuales, aquellos del Nuevo Periodismo.
Hay otras novelas que tiene a la epidemia como eje de la historia, como la célebre “La Peste” de Camus, que comienza con una invasión de ratas en Orán, en 1940 y casi acaba con la población. Y varios films también, como “El húsar en el tejado” con Juliette Binoche, que dramatiza una peste en Francia.
Pero el “Diario” de Defoe es una pieza magistral de literatura y periodismo que ningún aspirante a periodista se puede dar el lujo de no leer.