Un fantasma en la redacción…

“Becerrita”, el más reputado cronista policial criollo del siglo 20, se pasea por las redacciones de nuestros diarios y hasta se ha vuelto audiovisual. No hay pared ni prosapia que lo detengan y cuando advierte que el editor tiene entre manos una nota que enrojece de sangre, le insufla al oído… “a primera página…”.
Porque a Becerrita no le importan nada el Parlamento, los glaciares, los migrantes, la ola de frío, los amazónicos, las crisis de cualquier tipo, el precio del pollo, invasiones ni bombas. Al cronista solo le interesa que la nota comience más menos así: “…entonces, el filudo puñal hendió la frágil carne del pecho de la bella rubia haciendo brotar un chorro de sangre…”. Y que aparezca en primera página al día siguiente.
Mario Vargas Llosa lo pasó a la inmortalidad de las letras en “Conversación en la Catedral” y luego en sus memorias, describiéndolo como feroz dictador de la zona de las notas policiales del diario La Crónica.
Luis Becerra Ferreyros fue, efectivamente, amo y señor de Policiales hasta que apareció el diario Ultima Hora donde Manuel Robles Alarcón, Emilio Bobbio, Norwin Sánchez, Carlos Ney Barrionuevo, principalmente, le salieron al frente para tratar de arrebatarle su hegemonía nacional de la tinta roja.
Becerra era especialista en el bajo mundo, que conocía al dedillo. No había policía, asesino, prostíbulo, mariposa nocturna… que él no conociera. Bebedor incansable, escandaloso, no dudaba en sacar su pistola y echar tiros al aire cuando era necesario incluso en la propia redacción.
A La Crónica de los años 40 y comienzos de los 50 los limeños le decían “la mentirosa”, seguramente porque intuían que exageraba en exceso, lo cual era verdad. Becerrita convertía cualquier parte policial de rutina en un caso sensacional. Un ejemplo: el anciano párroco de Yauyos don Gregorio cayó muerto de infarto en la iglesia. La Crónica dijo al día siguiente: “… fue brutalmente muerto a golpes por unos malhechores que inducidos por el bastardo móvil del robo, no respetaron ni la edad de la víctima, ochenticinco años que habían encanecido un rostro bondadoso y querido por todos, ni las sagradas vestiduras que llevaba al momento del ultraje”.
Todo era falso y la necropsia lo aclaró. Pero Becerrita lo tuvo entre manos por una semana y hasta envió a un redactor y un fotógrafo para cubrir el presunto horrendo sacrilegio… que no fue tal. ¿La verdad? Esto no era problema para Becerrita porque buscaba casos en los que nadie tenía nada que reclamar.
Murió en su ley. El infarto le sobrevino en su amada redacción y fue imposible salvarlo. De allí que su fantasma vaga de redacción en redacción hasta que alguien lo rechace. Pero eso es, hasta hoy, imposible.

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