Archivo mensual: agosto 2009

El cargamontón ¿género periodístico?

Cargamontón” es un vocablo que figura recientemente en el Real Diccionario. No lo había recogido Martha Hildebrandt en sus conocidos “Peruanismos” y varios lo ignoraban. Pero los peruanos sabemos hace mucho lo que significa, tanto en términos físicos como metafóricos, esto es, todos encima, a mansalva, colmando, abrumando, aprovechando debilidades.
Esto es lo que vemos ahora que hace el periodismo nacional con la joven Eva Bracamonte Fefer en el dramático caso de su madre asesinada, un lío en el que parece que no hay ningún inocente.
Hacía mucho que no contemplábamos un espectáculo semejante. Todos los medios dedican espacios importantes al caso. Leemos “dossiers” o suplementes especiales, vemos reportajes en la tele, oímos entrevistas, en los que colegas investigan, sacan conclusiones, arremeten contra los jueces y piden que manden a la cárcel cuanto antes a las jóvenes presuntamente implicadas.
Es decir, el periodismo criollo se ha convertido en corte suprema, en tribunal inapelable, poco menos que tribunales revolucionarios franceses. Poco falta para que alguien pida la pena de muerte.
En nuestra vida reporteril hemos visto casos de seguimiento prolongado (“follow up” le dicen los gringos) y quizá el más extenso que recordamos haya sido el asesinato de Marita Leandro en el Hotel Sheraton, que incluyó el juicio, repetimos, incluyó las sesiones del tribunal. Traemos a la memoria al doctor Segisfredo Luza, a Ingrid de Oliveira, y otros de gran resonancia periodística en los que los medios cubrieron la parte policía y luego aguardaron a lo judicial.
La Bracamonte y su abogado se defienden como pueden usando las mismas armas que los periodistas y de su hermano, quien también ha descubierto que cualquier cosa que diga, por absurda que sea, obtendrá titulares, fotos, cámaras…
Pero resulta que pese al cargamontón y a la multitud de noveles detectives de redacción, el abrumado juez no parece hallar motivos para enviarlas a Santa Mónica, donde ya le tienen una recepción lista gracias a la publicidad que la precede. La clave es, dicen, el sicario que está ahora en una cárcel argentina y que no podría ser extraditado hasta dentro de un año. ¡Un año!
¿Soportaremos un año más de ”Bracamonte”? Difícil. Los reporteros policiales deberán descubrir antes otro caso que lo reemplace.
Hace un par de días César Hildebrandt entrevistó a Miguel Angel Mufarech y reveló que el personaje ha enjuiciado a unos veinte periodistas. No tiene sin embargo el récord que, me parece, pertenece a Javier Alva Orlandini. Y todo esto por mucho menos que lo que soporta la Bracamonte. Y cuando está protestó, varios colegas dijeron: “Y encima se queja de la prensa”.

Hasta el Reader´s Digest ha quebrado….

Ariel Dorfman fue quien mejor trabajó la importancia de la revista “Selecciones” en el campo de la lucha ideológica. Quizá algunos melancólicos recuerden su trabajo “Reader`s nuestro que estás en la Tierra” o aquel de “La teología del Reader’s”, en los años de la denuncia del Pato Donald con Armand Mattelart.
El mensuario “Selecciones” era el más eficaz propagandista del conservadurismo pro norteamericano porque llegaba a vender, en los años 50 y 60, hasta 100 millones de ejemplares en sus 48 ediciones en 19 lenguas. Un adversario temible para los contestatarios del sistema.
Pero si bien era el enemigo principal de los que denunciaban la política norteamericana debemos reconocer que era una joya del periodismo. Qué bien la escribían. Qué artículos magníficos nos brindaba. Cada entrega mensual era una lección del oficio y en particular de crónica. No sé cómo estará ahora pues hace mucho que no la veo pero no puede ser como antes porque ya no están los famosos hermanos Cárdenas Nanneti, los colombianos que fundaron la versión en castellano que circuló a partir de 1940, en el momento justo para odiar a los enemigos del mercado libre, primero los alemanes, luego los japoneses, los comunistas, los cubanos, los vietnamitas, los musulmanes….
Y ahora el cable nos dice que la empresa se declarará en quiebra para refinanciar casi dos mil millones de deudas acumuladas.
El negocio editorial que fundó el famoso Dewitt Wallace parecía el más sólido del mundo, el que resistiría la crisis porque su público parecía inamovible y fiel. Sin embargo hasta Selecciones está siendo abandonado y ya no se vende como antes.
Recordemos algunas de sus secciones: “La risa, remedio infalible”, donde a veces brillaban los “sinlogismos” de Sofocleto; “Mi personaje inolvidable” de crónicas perfectas; “Enriquezca su vocabulario” que nos tendía trampas; la novela condensada, que era un prodigio de síntesis de textos famosos;
En el Perú era imbatible en los quioscos y tanto que los representantes fundaron su propia distribuidora, “Diselpesa”, un gran edificio en la av. Arequipa (hoy Instituto) donde se daba ejemplares a los canillitas a condición de que compraran otras revistas. Es decir,”salía con hueso”. Por años encabezó la lista de revistas más vendidas.
Todo eso se acabó sencillamente porque ya no se lee como antes o la oferta es enorme, aquí y en los Estados Unidos donde hasta “Playboy”, otro gigante editorial está derrumbándose derrotado por el porno “free” en Internet.
Hay que releer la vieja “Selecciones del Reader’s Digest”. Todavía se consiguen ejemplares en Quilca, o Amazonas o Camaná. Y me darán la razón sobre su enorme calidad periodística y literaria.

Los periodistas deciden quien es “mediático”

La política es una vocación, sin duda. En algunos casos es precoz y se inicia incluso en la escuela. En otros surge más tarde como interés en los temas públicos, la adhesión a ideas y se avanza hacia el partido, la acción directa, la porfía electoral, etc.
Así era antes por lo menos y había partidos políticos que instruían a jóvenes promisorios, buenos prospectos para integrar los futuros cuadros políticos.
Pero hay un elemento clave que dadas las condiciones no se puede desatender: si aquel joven, por más inteligente, preparado y astuto que sea, no es “mediático” no tiene futuro político en Primera División (o Las Grandes Ligas, dirían los americanos). Está destinado a ser un segundón.
La Academia de la Lengua tiene una pobre definición del adjetivo y lo llama sencillamente “relativo a los medios de comunicación”, pero todos sabemos que cuando adjudicamos condición de mediático a un personaje político estamos haciendo referencia a su capacidad de interactuar por medio… de los medios. Y leemos en una tesis: “Aquí es desde donde pierde valor en sí el político tradicional, para cobrar identidad dentro de la escena mediática. El político se amolda a las reglas del medio para entrar en competencia con los otros actores que se encuentran en ese espacio”.
Esta buena definición sin embargo es insuficiente porque no contempla la acción decisiva de los propios medios.
En efecto, la condición de personaje mediático la conceden los periodistas mismos pues no basta que el político los asedie y agobie. Son éstos, los profesionales de la noticia los que bendicen a un artista, político, reina de belleza, o delincuente como “mediático”. Incluso los propios periodistas pueden ser mediáticos o no.
Esto no es nuevo y hay muchos casos. La prensa norteamericana consagró como mediático al famoso aviador Lindbergh y lo persiguió toda su vida y Kennedy batió todos los records. En el Perú eran mediáticos Nicolás de Piérola, el propio Augusto B. Leguía pero el campeón sigue siendo Fernando Belaunde Terry. Sabía qué cámara lo enfocaba y dirigía su declaración hacia la TV. El resto, prensa, radio, era para otra cosa..
En los años 50 el diario “Ultima Hora” descubrió que un delincuente común conocido como “Tatán” llamaba la atención de la gente de manera inusual. Una primera página con Luis Dunián, un asaltante de poca monta, vendía más que otras y en consecuencia había que explotarlo (no se conocía todavía la palabra “mediático”) y su juicio público fue casi un circo. Terminó asesinado en El Sexto de puro famoso.
¿Y cómo se hace para ser mediático? No hay recetas. Ni los periodistas lo saben pero un buen profesional descubrirá pronto si aquel personaje posee el don y luego ni siquiera importará que piense.

¿Nuevo Periodismo? ¡Valdelomar!

Si aceptamos la definición norteamericana del Nuevo Periodismo surgida de los trabajos de Truman Capote, Tom Wolfe, etc. (la manera de hacer periodismo recurriendo a las armas de la literatura) el primer Nuevo Periodista peruano fue, por muy lejos, Abraham Valdelomar.
El escritor iqueño era un genio. Ha pasado a la historia de nuestra literatura como el narrador de “El Caballero Carmelo”, el líder del grupo Colónida y su poema “Tristitia” que tanto admiraba Neruda y muchos otros textos más. Su magnífica producción literaria nos ha distraído de sus trabajos periodísticos y no lo hemos rescatado para nuestro oficio –como sucedía con J.C. Mariátegui, expropiado por los políticos hasta la publicación de sus “Escritos Juveniles”.
El comentario tiene que ver con el auge del Nuevo Periodismo criollo cultivado por un grupo de periodistas jóvenes que sueltan riendas a su talento pero aferrándose a los datos, a la no-ficción y quedándose en consecuencia en el terreno básico del periodismo. El resultado es la nutrida publicación de crónicas en periódicos que luego se reúnen y toman forma de libro. El fenómeno parece universal y es una de las maneras con que se defienden la tinta y el papel ante el embate de Internet.
Pero sigue llamando la atención que se insista en recurrir a referentes del periodismo del norte cuando aquí, en nuestras hemerotecas reposan, entre muchas otras, las magníficas crónicas de Abraham Valdelomar.
Manuel Miguel de Priego hizo su biografía definitiva y Ricardo Silva Santisteban la mejor recopilación de sus obras que publicó “PetroPerú” en cuatro tomos, una edición que parece que solo se encuentra ya en bibliotecas.
Allí están sus textos obras completos incluyendo decenas de crónicas que fue posible rescatar de los diarios de su tiempo. Y citemos solo una titulada “La ciudad de las confiterías” (La Prensa. 1915) que contiene su célebre sorites, esa rara figura literaria. Aquí el fragmento:
“El Perú, dicen las gentes, es Lima. Lima, decimos nosotros, es el Jirón de la Unión y el Jirón de la Unión es hoy la esquina del Palais Concert. Total: el Perú es la esquina del Palais Concert. Nuestra capital es la ciudad de las confiterías, la metrópoli de los dulces y sus pobladores parecen de caramelo. Nuestras juventudes comienzan a ver la vida desde una mesita de Broggi o del Palais, a las cuatro de la tarde, delante de una taza de té con pasteles. Las confiterías reemplazan a las termas romanas. Son especie de Academia…”.
En síntesis, más de Valdelomar y menos de Tom Wolfe, sería más útil para el Nuevo Nuevo Periodismo nacional que tiene raíces en nuestra mejor tradición periodística literaria.

Esos “complots” ya no son noticia…

Eudocio Ravines, peruano de pura cepa, político y periodista, era agente de la CIA, según lo hicieron constar ex-agentes tan conocidos como Jim Wilcox o Phillip Agee: o periodistas de tanta reputación como Carl Bernstein, pionero del periodismo de investigación moderno. Nunca fue secreto en el Perú por supuesto pero la revelación temprana fue adjudicada a una treta… comunista.
Comunista arrepentido, fue un tránsfuga que luego de intentar liquidar a J.C. Mariátegui ofreció sus servicios a los Estados Unidos y fue reclutado para servir a propósitos específicos. Eran tiempos de la Guerra Fría, un contexto irrepetible.
Su tarea no era espiar, trazar planes subversivos… para eso estaban los embajadores y agentes de otro rango y especialización. A Ravines le encargaron la parte más sucia del oficio, esto es, cazar comunistas, denunciarlos, inventar complots antidemocráticos, desbaratar sindicatos, demoler voces contestatarias y si era posible llevarlos a la cárcel.
Resultó la encarnación criolla del senador MacCarthy, aquel que desató la célebre “cacería de brujas” o persecución cuando agitó su maletín frente a sus colegas y gritó: “Aquí tengo una lista de cien comunistas del departamento de Estado”. Era mentira, nada de lo que denunció era verdad pero no importaba porque servía a los propósitos de intereses distintos a la política.
Ravines editaba el semanario Vanguardia y hasta tuvo un programa de televisión en los que el único objetivo era denunciar comunistas. Reinó casi veinte años como el caza rojos favoritos de las derechas locales hasta que finalmente fue expulsado y terminó sus días en México atropellado en un parque.
Parecía que después de tantos años el mal espíritu ravinista se había disuelto, desaparecido, que el viejo sistema de anunciar hallazgos de complots había pasado a la historia. Pero quienes pensaban así estaban equivocados. MacCarthy y Ravines todavía habitan en algunas tiendas políticas porque son sumamente útiles para acallar voces y sacar adversarios del medio.
La reaparición del viejo método de señalamiento de enemigos imaginarios no sorprende en la prensa tabloide de ultraderecha pero no puede dejar de llamar la atención en nuestro Decano, cuyas notas son suscritas por una dudosa “unidad de investigación”.
Los mismos que revelaron la terrible amenaza de las casas del Alba, ahora descubren que el peligro rojo se cierne nuevamente sobre nuestra democrática nación, y dan argumentos para que otros y otros señalen más complots, convirtiendo al Decano en el guachimán criollo de la libertad de pensamiento. O con nosotros o contra nosotros, como dijo su editorialista hace pocos días.
Quizá no se percatan todavía de que ya es imposible tomarlos en serio.