Esos “complots” ya no son noticia…

Eudocio Ravines, peruano de pura cepa, político y periodista, era agente de la CIA, según lo hicieron constar ex-agentes tan conocidos como Jim Wilcox o Phillip Agee: o periodistas de tanta reputación como Carl Bernstein, pionero del periodismo de investigación moderno. Nunca fue secreto en el Perú por supuesto pero la revelación temprana fue adjudicada a una treta… comunista.
Comunista arrepentido, fue un tránsfuga que luego de intentar liquidar a J.C. Mariátegui ofreció sus servicios a los Estados Unidos y fue reclutado para servir a propósitos específicos. Eran tiempos de la Guerra Fría, un contexto irrepetible.
Su tarea no era espiar, trazar planes subversivos… para eso estaban los embajadores y agentes de otro rango y especialización. A Ravines le encargaron la parte más sucia del oficio, esto es, cazar comunistas, denunciarlos, inventar complots antidemocráticos, desbaratar sindicatos, demoler voces contestatarias y si era posible llevarlos a la cárcel.
Resultó la encarnación criolla del senador MacCarthy, aquel que desató la célebre “cacería de brujas” o persecución cuando agitó su maletín frente a sus colegas y gritó: “Aquí tengo una lista de cien comunistas del departamento de Estado”. Era mentira, nada de lo que denunció era verdad pero no importaba porque servía a los propósitos de intereses distintos a la política.
Ravines editaba el semanario Vanguardia y hasta tuvo un programa de televisión en los que el único objetivo era denunciar comunistas. Reinó casi veinte años como el caza rojos favoritos de las derechas locales hasta que finalmente fue expulsado y terminó sus días en México atropellado en un parque.
Parecía que después de tantos años el mal espíritu ravinista se había disuelto, desaparecido, que el viejo sistema de anunciar hallazgos de complots había pasado a la historia. Pero quienes pensaban así estaban equivocados. MacCarthy y Ravines todavía habitan en algunas tiendas políticas porque son sumamente útiles para acallar voces y sacar adversarios del medio.
La reaparición del viejo método de señalamiento de enemigos imaginarios no sorprende en la prensa tabloide de ultraderecha pero no puede dejar de llamar la atención en nuestro Decano, cuyas notas son suscritas por una dudosa “unidad de investigación”.
Los mismos que revelaron la terrible amenaza de las casas del Alba, ahora descubren que el peligro rojo se cierne nuevamente sobre nuestra democrática nación, y dan argumentos para que otros y otros señalen más complots, convirtiendo al Decano en el guachimán criollo de la libertad de pensamiento. O con nosotros o contra nosotros, como dijo su editorialista hace pocos días.
Quizá no se percatan todavía de que ya es imposible tomarlos en serio.

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