Ese 22 de noviembre de 1963…

No habíamos terminado de almorzar en el restorán cuando un mensajero sudoroso cruzó la calle y casi gritó: -¡Señor Efraín, le han metido bala al presidente de los Estados Unidos!
Como si fuera ayer. Abandonamos la comida y trepamos las escaleras de “Expreso” abriéndonos paso hacia el estrecho cuarto donde los teletipos de France Presse y UPI hacían sonar sus campanitas que advertían de urgencias. Los despachos eran arrancados de las máquinas y circulaban en una redacción asombrada por la noticia: “Han disparado al presidente Kennedy en Dallas, Texas”. Y poco más tarde, la confirmación: “El presidente Kennedy ha muerto asesinado”.
En cuestión de minutos llegó el director José Antonio Encinas, llamaron al jefe del taller y Efraín Ruiz Caro, el jefe de redacción, anunció que saldríamos con una edición extraordinaria. Todos nos pusimos a trabajar aunque yo estaba encargado del dominical “Estampa” pero es que una noticia así no se podía mirar desde lejos y el espectáculo de Ruiz Caro titulando y cerrando una edición (“¡Esto tiene que vibrar!”) era una lección de periodismo inigualable.
Muchos años después estuve en Dallas unos días alojado en el Hotel Lawrence, justo enfrente del edificio de ladrillos rojos desde donde se presume que Lee Harvey Oswald hizo los dos disparos que destrozaron la cabeza del Presidente. Es un museo, por supuesto, lleno de fotos y recuerdos macabros de aquella tarde del magnicidio.
Un poco más allá, un discutible “Memorial” como un cubo de enormes paredes blancas recuerda el suceso.
Pero lo más feo de todo es la ciudad misma, incluyendo a los pocos tejanos que fue posible ver caminando; porque allá todos, menos negros y chicanos pobres, cruzan raudos el centro, como escapando con sus autos del año.
Al día siguiente de llegar asistí al espectáculo insólito de un mitin contra la invasión a Irak. Solo eran unas 50 ó 60 personas con carteles, a las que me uní con entusiasmo y algún temor porque fuimos rodeados por una fuerza policial intimidante y excesiva. Patrulleros, motocicletas, caballería, gigantes con casco y varas que agitaban con impaciencia observando la fila que hicimos. Enfrente, un numeroso grupo que enarbolaban banderas norteamericanas gritaban y nos insultaban; felizmente mi precario inglés me salvó a entender las frases que coreaban.
El centro de Dallas, moderno, vacío, triste, con un espectacular tren eléctrico que circulaba casi sin pasajeros, sin negocios abiertos en las noches salvo un MacDonald y una estación de autobuses Greyhound donde vendían algo indescriptible para comer.
Las personas que conocí me describieron a los tejanos como racistas, indiferentes, agresivos, prósperos, sureños a rabiar. “No te olvides…estos son los que mataron a Kennedy” insistió un colega mexicano.

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