¿Asesinar a un periodista? Fácil…

-Otra notificación judicial para el periodismo

Ya estamos notificados: la Justicia peruana no ha olvidado los tiempos montesinistas que creíamos superados y ha vuelto a las andadas con la insólita absolución de quien todo indica que mandó eliminar al colega Alberto Rivera.
El 21 de abril del 2004 Rivera estaba en la puerta de su tienda en Pucallpa. El periodismo no daba lo suficiente para solventar los gastos familiares y debía por tanto compartir un pequeño negocio con su programa radial, lo que es común en el periodismo provinciano.
Lito Fasabi Pisando (a) Chino Lito portaba el arma en esa mañana y siguió la indicación que le hizo Alex Pandero Ventura (a) Trotón, quien señaló al colega. Sin vacilar Fasabi disparó y mató al joven periodista.
Fueron capturados relativamente rápido y desde el primer momento dijeron que ellos solo habían contratados para el crimen. Más tarde capturaron a otros implicados, como el mototaxista Edwin Pérez y el hampón Angel Mendoza (a) Gatillo.
Todos fueron condenados a severas penas, de 20 a 35 años de cárcel, como bien lo merecían.
Pero la pregunta clave era: ¿Quién mandó matar a Alberto Rivera? Desde los primeros interrogatorios fue claro que el sospechoso principal era el Alcalde de Pucallpa Luis Valdez Villacorta, junto con su gerente municipal Solio Ramírez Garay.
La historia es conocida. El alcalde Valdez se habían enriquecido de manera sorprendente y tanto y tan rápido que tales ingresos solo podían provenir del negocios ligados al narcotráfico.
Rivera insistía en las irregularidades de la gestión de Valdez y lo señalaba como parte de redes de negocios ilícitos. Al final pagó con vida su persistencia por acusar al poderoso personaje.
El Alcalde Valdez ha sido ya absuelto en dos oportunidades pese a las numerosas y aparentemente abrumadoras pruebas de su culpabilidad. Los juicios han estado saturados de irregularidades inconcebibles, como aquella vez en Pucallpa, en noviembre del año pasado, en que se le permitió que antes de escuchar la sentencia absolutoria, hablara durante 45 minutos para explicar que él era un hombre honesto, bueno, dadivoso, etc.
El clamor del gremio peruano por la insólita sentencia ha traspasado ya fronteras y numerosas organizaciones observan el proceso y la escandalosa absolución. Todavía queda la Corte Suprema para una decisión final pero los colegas son pesimistas porque todo indica que si los periodistas no presentan pruebas que los jueces llaman “concluyentes” no habrá justicia. Declaraciones de los sicarios, grabaciones, opiniones unánimes, testigos, nada ha sido considerado “concluyente” y han pasado a ser “meras suposiciones”.
Con esa jurisprudencia no habrá manera de hacer justicia en casos como éste. En suma, la libertad de prensa está en duelo en el Perú ante la tumba de Alberto Rivera.

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